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viernes, 25 de enero de 2013

El entubado

El esplendor individual de su pegada
(Colección Look de Té)

Jorge Bustos

 No seré yo, que he recibido tantas lecciones de periodismo de El País, gracias a las cuales asciendo penosamente la ardua senda del ascetismo deontológico, quien se mofe de su portada fallida a cuenta de un pobre entubado que resultó no ser Hugo Chávez y no merecía por ello el honor de hacer el ridículo global en español. De la leña caída del rival se encarga Pedro J. desvelando la intrahistoria pícara de la venta de la foto trampa, y tiene todo el derecho a hacerlo porque sabe que a él tampoco le habrían dado cuartel, pues vilezas peores de procedencia fácilmente reconocible acumula en su biografía. Ya es triste querer cortar la riada de exclusivas clamorosas de la competencia con una foto amarillista de ésas que el SEPI, el Sanedrín de la Ética para el Progreso Informativo, juró solemnemente no publicar jamás, y que encima sea falsa. La mañana de ayer en la redacción de El Mundo fue tan feliz que debió de transcurrir directamente en el Dunkin Donuts.

A nosotros, que contemplamos la pelea desde fuera, nos apena sin embargo el patinazo global de El País como le apenaría al último padawan ver patinar a Obi-Wan Kenobi, enredándose de mala manera con el sable láser y chamuscándose la capa. Uno tiene tanto que aprender en este espinoso oficio que deploraría la privación de referencias de peso como un huérfano prematuro. Y en ese sentido, la foto del entubado fantasma –que toma así el relevo de la columnista fantasma, que a su vez sucede a la crisis financiera del dinero fantasma, porque esto es la posmodernidad, una era puramente fantasmal a la espera de que nos llamen a filas– se comporta como una metáfora acabada de la propia situación del gremio, entubados los medios y con escasa credibilidad.

Claro que también he aprendido, pese a mi insolente juventud, a no conceder demasiado crédito a la jeremiada y a confiar en el eterno retorno nietzscheano del talento, el desenfado, la subversión y, en definitiva, el viejo periodismo. A una etapa imperial de la dinastía prisaica, concluida en medio de horrísonos estertores y rechinar de dientes –e incluso de fundada desconfianza en la viabilidad misma de la democracia española sin Prisa ocupando su cúspide providente–, puede muy bien seguirle un renacimiento cultural que al principio será modesto, protagonizado por partidas de guerrillas periodísticas, poco visitadoras de la Bolsa y de los partidos, pero confiantes, como dice Cristiano, en el esplendor individual de su pegada.

Esta nueva época durará un tiempo, durará al menos hasta que los guerrilleros devengan comandantes y sus conspiradores los saquen entubados en portada.