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lunes, 28 de enero de 2013

De lo gran aficionado que es Dios



José Ramón Márquez

Dios es sabio. Anoche uno se hacía todo tipo de preguntas sobre el fantoche palio de Las Ventas y, a buen seguro, a la misma hora que estabamos escribiendo apenadamente sobre la culminación del despropósito, la justicia Divina se cernía sobre la inmunda carpa y desbarataba ese infame invento, echado abajo por un oportuno Céfiro. Alabado sea Dios.

Y alabado sea porque la caída de la susocdicha carpa no se haya producido con la Plaza llena de gente o con media entrada, que entonces sí que la habríamos tenido, y bien gorda, que se nos habría repetido todo el drama del Madrid Arena en la blancuzca arena de Las Ventas, con el consiguiente disgusto para Manolo por el conflicto de Orden Público que podía llegar a formarse, con los extranjeros huyendo, con el cuerpo de acomodadores salvando las exquisitas provisiones que guardan bajo el tendido y con la sufrida afición o lo que queda de ella viendo desplomarse, una vez más, el cielo sobre sus cabezas entonando su jaculatoria a palmetazos: ¡Plas, plas, plas!

Cabe la posibilidad de que cuando don Ignacio González, presidente de la llamada Comunidad de Madrid, propietaria de Las Ventas como heredera de los Hospitales, declaró que no habría toros bajo la carpa, se refiriese con florentina ironía a lo poco fiable que se le antojaba el mamarracho que estaban instalando y a su premonición de que el menor golpe de viento sería capaz de echar al suelo lo mismo los palos que el sombrajo.

Lo que no cabe en nuestra imaginación es la desolación en que debe hallarse el felicísimo Abella, a quien todos sus esclavos llamamos Abeya, pues es bien conocida la ilusión que el hombre había puesto en la instalación de esta barretina sobre Las Ventas, símbolo a su leal ver y entender, de modernidad, estilo y finura. La verdad es que al hombre no le salen las cosas apenas bien, con el ímprobo empeño que pone en todo aquello a lo que se entrega, pero sabido es que el hombre propone y Dios dispone.
La naturaleza se ha coaligado con los que odiamos el cubrimiento de nuestra Plaza; la naturaleza, que se resiste a ser expulsada del tauródromo, se venga con un golpe de viento que desbarata toda la inmundicia de hierros y lonas que mancillaban nuestra Plaza y deja con las vergüenzas al aire a los que alentaron, impulsaron, consintieron y sufragaron esa agresión a un espacio protegido por una ley del embudo, aplicada de manera discrecional, según vaya conveniendo. Querían poner puertas al campo y, por esta vez, el campo no se dejó.

Ojala que ese viento que ha sido capaz de desbaratar la toldilla de Las Ventas pudiese venir también sobre la Fiesta y llevarse  en un vuelo a tanto cantamañanas y tanto logrero como hay suelto por ahí, limpiándola un poco de inmundicias. Entretanto seguimos en la firmísima convicción de que Dios es un magnífico aficionado, cosa que ha quedado sobradamente demostrada en innumerables ocasiones cruciales. Hoy también. Alabado sea.