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martes, 29 de enero de 2013

De Curro a Mickey. ¡Menos mal que Abella nunca nos invita a nada!

El incendio de las andanadas

José Ramón Márquez

Yo creo que la única referencia que hay en la moderna Historia a lo que ha pasado en Las Ventas, Der Untergang, el hundimiento del chamizo, es el naufragio de la nao Victoria, en la época de la Expo 92, el mismo día de su botadura, mientras la mascota Curro y otros invitados, entre ellos un afamado gafe, se abalanzaban a las aguas para salvar sus vidas cuando aquel cascarón de nuez zozobraba, incapaz de sostenerse en las aguas, ridículo retransmitido por televisión urbi et orbe.
 
La pasada noche, sin la presencia de las cámaras y ante lo que suponemos un huracán de proporciones bíblicas, cedió el sombrajo venteño sin haber llegado a ser estrenado y a la chita callando o de una vez, vaya usted a saber si de golpe o poco a poco, se desplomó hacia el suelo haciendo naufragar las ilusiones de tantos que las habían puesto en la instalación de ese mamarracho y en la pasta que le iban a sacar a la Plaza gracias a tenerla arropada bajo esa antiestética toldilla.
 
A esta hora no sabemos si aquí lo que más hay es codicia o estupidez e incompetencia -benditas sean en este caso- o si, simplemente, es que hay un espíritu que vela por Las Ventas y que aoja los intentos de los malvados por acabar con ella. Algo será ello, porque en Las Ventas las cosas pasan de noche sin riesgo para las personas, puesto que el único riesgo que debe haber en Las Ventas, riesgo calculado y asumido, es el que nace de ponerse frente a un toro de arrobas, casta  y pitones. En una noche de 1963 se incendiaron las viejas andanadas para que ganásemos un poco en comodidad en las alturas y en otra noche de 2013 el viento tumbó las ilusiones de los que abogaban por la cubierta, hojas de otoño a finales de enero.

Habrá que ver las explicaciones que se habrán dado entre ellos los involucrados en el asunto: los Choperón father and son, a la caza de las pelas del muñeco Mickey Mouse; Abella a quien sus incondicionales conocemos como Abeya, comisionado por la Administración como celoso custodio del coso; los de la empresa que montaron el mamotreto; el ingeniero que firmó el proyecto; el propio al que se le olvidó ir a pedir la licencia de obras; y así, burla burlando, hasta llegar al dueño de Las Ventas, a don Ignacio González,  presidente de la Comunidad de Madrid sumido en un sinvivir, puesto que el hombre, a la zozobra que le debe causar el detentar su cargo gracias a una carambola, debe ahora sumar la intranquilidad que produce el cerciorarse de que hay cosas que hacen sus colaboradores y de las que  él es el responsable final, que al mínimo vientecillo se vienen abajo, como fruta madura.

Parece mentira que la polémica se haya montado sobre esta birriosa cubierta. Parece mentira que cuando le fueron a los de la Administración con ese cuento del cucurucho la Administración se dejase embaucar en ese ridículo empeño de mercachifles en vez de aprovechar para exigir a los arrendatarios del coso que en vez de un sudario trajeran a Las Ventas corridas acordes a la importancia de la Plaza y que los cuatro millones de la boina se los gastasen en programar carteles de tronío y ganaderías fuertes que lleven la emoción a los tendidos, pero más bien parece que aquí todo se llevaba con la ligereza de un contemporáneo cuento de la lechera, cuyo acto más relevante socialmente era la inauguración del engendro que se iba a producir el próximo jueves.

No quiero ni imaginar la zarabanda que se podía haber liado si el accidente ocurre ese día con la cubierta descendiendo sobre las cabezas de tantos taurinos, empresarios, ganaderos, críticos, radiofonistas, políticos autonómicos y municipales, magistrados, ex directores de diarios, padres de toreros, zascandiles y abrazafarolas como podían haberse juntado allí, que de allí podían haber salido como de La Aventura del Poseidón, y no lo digo precisamente porque cierta dama me recuerde un montón a Shelley Winters en sus hechuras.
 
Entre tanto, contristados vemos cómo nuestro dilecto Abeya, absorto en pasearse por el callejón y en sus zalamerías, apenas tiene tiempo para meditar, mientras  su proverbial buena fe es engatusada por negociantes, que abusan de él distrayéndole y no le permiten el sosiego preciso para observar pausadamente la obra de las inclemencias del tiempo, que hacen aflorar el orín en la forja de las gradas, transforman la bandera de la Plaza en un trapo negro y deshilado y hacen que la malhadada cubierta a estas horas valga menos que un papelón de pescado cuando ya se acabó el pescado.
Por cierto: ¡menudo papelón!