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lunes, 28 de agosto de 2017

Mayweather aplasta al Homo Erectus



Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Para refutar al obispo Berkeley, que negaba la materia (reflejo de la colitis que padecía, al decir de los psicoanalistas), el Dr. Johnson dio una patada a una piedra y exclamó: “¡Así lo refuto!”
    
Y así es como Floyd Mayweather refutó el sábado en Las Vegas a otro irlandés, Conor McGregor, en una pelea que merecía un capítulo en “La salida de la luna” de John Ford, si no fuera porque vivimos en unos tiempos sin John Ford ni luna.
    
Paisano del obispo Berkeley, McGregor quiso negar, a su modo, la materia en el pesaje, y se presentó en la báscula engorilado, o al decir de los tuiteros, “con una erección”, o sea, el “homo erectus”, rumor (burdo y kraheano) que también corrió a propósito de Macron embutido en un mono de aviador.
    
No sé tus escalas, por lo tanto eres muy dueña / de ir por ahí diciendo que la tengo muy pequeña / no está su tamaño, en honor a la verdad, / fuera de la ley de la relatividad… Etcétera.
    
De Ñito, portero setentero del Granada, un compañero de vestuario decía que gastaba la “merienda de un león”, ponderación que no llegó a manifestarse sobre McGregor, quien como boxeador, en lugar de sudar en la sauna, como los mal dotados, se valdría del arte de izar y/o arriar a voluntad para dar el peso requerido, como hacen los saxofonistas en los controles de alcoholemia.

    –Es al erguirse cuando el hombre se da cuenta de que la dirección de abajo arriba es única y privilegiada, con dos nuevas perspectivas: otra escala de valores y, con ella, el infinito –explica Madariaga en su “Retrato de un hombre de pie”, una teoría de la vaca (aquí, tratándose de Mayweather, estaríamos hablando del toro) y el árbol para entender las coordenadas –horizontal y vertical– de la vida humana. La distancia vertical incita, se nos dice, a un anhelo ascendente, condenado a perpetua insatisfacción: ambición, ansia de perfección, heroísmo, conocimiento, dominio, rebelión...

    –Napoleón, desde la copa de su árbol, hizo la observación más fina: “Para volver de la tragedia a la comedia, no hay más que sentarse”.
    
A McGregor, “homo erectus”, lo sentó Mayweather, “homo habilis”, cuando quiso, que fue en el décimo asalto, hora de cobrar los cien millones de dólares (¡lo que la Juve pide por Dybala!) de bolsa y el récord de Rocky Marciano, con dos pegas: una, que Marciano consiguió sus números en la categoría de los pesados; y la otra, que la bolsa contra McGregor es para el Fisco, circunstancia que hará a Mayweather cantar con Justin Bieber por Amaral, como Nicolas Cage en Living Las Vegas.
    
Para la cultura del tributo hay algo edificante en el hecho de darle una tunda a McGregor, que se hace retratar con tienda de campaña, para saldar una deuda fiscal. Ojala Messi o Cristiano pudieran presentarse en el Balón de Oro como McGregor (con una erección en el pesaje y con una botella de whisky en la rueda de prensa) y arreglar lo suyo con los impuestos como Mayweather, haciendo goles para el gobierno durante una Liga.
    
Y el Pichichi de este año, para Mariano, que ha de proveer para los gastos de Cataluña.
    
Es una pena que ya devora a Zapater, el centrocampista del Zaragoza, no el amigo de Goya: en el mundo que vivimos, todo lo mueve el dinero y se ha perdido la magia del fútbol, donde sólo hay dos equipos: “Ahora, si todo lo que haces no lo enseñas, parece que no lo has hecho. El mundo de las redes sociales es lo más falso que puede haber. Y todo eso va encaminado a cómo está el mundo del fútbol”.


VUELVE VILLA

    Lopetegui, uno de los cien españoles más influyentes, al decir de las encuestas que patrocinan los cien españoles más influyentes, ha rescatado a Villa para su Combinado Autonómico, cuya delantera, donde ya estaba Adúriz, tiene más años que una bandada de loros. Villa, que mete goles en Nueva York, vuelve a España para resolver el problema de los jóvenes con los goles, que saben darlos, pero no saben meterlos. Cuando uno era niño, Villa, el Guaje de Tuilla, jugaba en el Valencia, que se lo había comprado al Zaragoza, que lo había sacado del Spórting. Los madridistas lo querían con locura, pero una leyenda urbana decía que en el Madrid le cerraba el paso Raúl, que en su lenta decadencia no quería competencia, por lo cual Villa acabó en el Barcelona. Ahora regresa como una cara de Bélmez nada menos que a la lista de Lopetegui, que empieza a ser respetado como la nueva doctora Aslan.