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viernes, 4 de agosto de 2017

Macronettes


Con Maroto, Chernóbil no hubiera existido


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Javier Maroto es un español posmoderno en lucha contra todo de lo que no sabe. Un día contra su compañera de partida Rita Barberá, “que carece de dignidad y ejemplaridad” (en palabras de este lector de entrevistas de Gomá), y al otro, contra la energía nuclear.
    
Han sido muchos años trabajando por el cierre de Garoña. Quienes hemos luchado por ello celebramos hoy haberlo conseguido definitivamente.
    
Eso tuiteó el día del cierre definitivo de Garoña. Al rato, un modesto tuitero le contestaba: “Hola Javier, pues aquí sales entre los 126 diputados (del PP) que votaron por su mantenimiento el 7 de marzo”.

    Decir lo contrario de lo que se piensa con intención de engañar (catecismo del turolense Jerónimo Martínez de Ripalda) es propio de estos “macronettes” (hallazgo de Hughes), o bastoneros de Macron, su maestro. ¡Cielos, qué artículo tenía aquí, con los “macronettes”, el Tom Wolfe de “ve a Mississippi y entérate de lo que ocurre cuando quinientas bastoneras púberes se enfrentan en competencia formal”!

    En cuestiones de “macronettería”, Maroto, que presume (en falso) de correr delante de los reactores nucleares como los del 78 presumían (en falso) de correr delante de los grises, no tiene más competencia (si eliminamos, por edad, a Cifuentes, que también suele presumir de luchas épicas) que Toni Roldán, el homeópata de Rivera.
    
En los 70 al movimiento nuclear español lo acusaban de recibir subvenciones francesas. Cualquiera sabe. El caso es que renunciar a la energía nuclear en España supone seguir comprando electricidad a Francia, que la saca de centrales nucleares cuya nube radioactiva, en caso de accidente, respetaría el Condado de Treviño en Álava, donde los molinillos eólicos de Maroto se pondrían a dar vueltas, cosa que ahora no hacen, para devolverla a Biarritz cantando el “Tan sólo soy nubecita” de Winnie the Pooh.
    
Pero lo monstruoso en esta generación es su lucha para, todavía con bozo, echarle el guante a una nómina del Estado.