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viernes, 26 de agosto de 2016

Lo festivalero (Sobre la propensión a lo incorrecto)

Ya vendrás a Madriz...

Hughes
Abc

El otro día leí un artículo interesante de Juan Claudio de Ramón. Lo leí en internet, es decir, lo leí mal, en diagonal, caminando, nervioso y puede que incluso saltándome un semáforo, pero si no entendí del todo mal le daba la razón a “los progres” al denunciar el síndrome opuesto: ser sistemáticamente incorrecto políticamente.

Ya quisiera yo ser un representante de la incorrección, pero sí que observo en mí cierta propensión. Qué pesada la gente que tiene que decir siempre las verdades del barquero, venía a decir el autor. Esas “verdades del barquero” tan del Butano, tan distintas de la verdad como la conocíamos (¡Qué fantástico heraldo era ese barquero, que traía las verdades como merluzas frescas!).
Tenía razón en el fondo, claro. Sobre todo por el riesgo que entraña: el atajo cognitivo, la simplificación. Eso le concedía yo al articulo.

Ayer lo recordé a la hora de cenar. Estaba con unos amigos muy queridos por mí y salió el tema del Brexit. Después, por si no fuera bastante, el de Trump. Las opiniones de mis amigos eran juiciosas, inteligentes, razonadas, bien intencionadas (sobre todo bien intencionadas), pero yo… yo me retorcía las manos por debajo de la mesa, nervioso, y cuando las sacaba a la superficie era para hacer montículos de migitas (vicio horrible), que para mí eran penínsulas, islotes de callada contrariedad.

Sí, en mi pecho ardían tantas cosas por decir, mi lengua ardía como en un cunnilingus extraconyugal… Tantas que no sabía por dónde empezar. Me di cuenta de que he pasado muchas horas este verano investigando las sombras de la campaña de Hillary, de que como un placer culpable en las altísimas horas de la madrugada investigaba, por recovecos cibernéticos, las teorías más ambiciosas sobre su incapacidad. “¿Y como digo yo esto?”. No pude reaccionar, además me daba un poco de reparo. ¿Qué van a pensar de mí? Y las mesas de al lado, ¿me oirán? Así que resolví la cuestión con un gesto de moderado asentimiento y un “sí, pero”… o un “ya, bueno…”. Partículas verbales de objeción torpe, balbuceos mínimos que estaban muy lejos de los gloriosos “yes, but maybe” de Louis CK en su monólogo de la incorrección política.

¿Por qué soy así, me pregunté de vuelta. Incluso: ¿por qué soy asín?

¿Es esta propensión a la incorrección como una sed nunca sofocada de contestación a lo establecido? ¿Es un complejo? La necesidad de ponerse siempre a contracorriente como el tonto que hay en todo vomitorio.

Recordé una sensación que había compartido precisamente con esos amigos. Hace años, muchos años, acudí con ellos a los primeros festivales. Las primeras ediciones del FIB, por ejemplo (dignas de recuerdo porque pasaban cosas como que los fans de la electrónica fueran silenciados violentamente por los guitarreros, que ya amenazaban con ser los nuevos cantautores). Allí acudíamos adolescentes u hombrecitos imberbes (pocas barbas había entonces, y sí patillas auténticamente jerezanas) a disfrutar de nuestra rara afición. Podríamos cantar por fin las canciones, los sonidos que resultaban casi subversivos en nuestra vida habitual. Quedábamos en diminutos bares a pincharlas, con una sensación que mezclaba el disfrute con cierto desprecio a los demás: el mainstream, Los Rodríguez, ¡el pop español!

El día del primer festival, sin embargo, yo sufrí una sensación inolvidable. Vi cómo los grupúsculos indies se encaminaban al velódromo formando una masa inconfundible. Algo me desagradaba. Algo que luego, pese a las copas, tomaría cuerpo: ¡eso era un comportamiento ovejuno! Había algo contradictorio en esa reunión de excelentes-hacinados. Esto me hacía sentir mal íntimamente de un modo que también me avergonzaba. Se espoleaba en mí una raíz que buscaba otra cosa, como quien en la penumbra busca otras formas de amor -otros gestos, maneras- menos convencionales.
¿No habría allí una puerta para una nueva manera de apartarse, apartarse en un sentido estricto y purísimo?

-Pero disfruta, chico, ¡disfruta!

Esa repulsión instintiva hacia lo festivalero (que es lo imperante ahora) no está muy lejos de mi rechazo inmediato hacia todas las formas de unanimidad feliz, pseudorrevolucionaria y ultracapitalista, sin embargo, cuantitativa, imbécil, lela, facilona, con un poquito del 68 y mucho de los 80, pero sin nada extremo de los dos, contradictoria y satisfechísima.

Esto es sólo la exteriorización clara de un “complejo”, de una incapacidad personal, pero, en tema tan largo y tan complejo y amplio (no me he puesto con la mano en la sien de pensieroso), hay otra razón que siempre me ha parecido definitiva: ¿dónde está la pasta? ¿Quién se lleva aquí la pasta y cómo?

Y no falla, no suele fallar.