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miércoles, 24 de agosto de 2016

El monasterio de Alveinte


 Nave

 Francisco Javier Gómez Izquierdo

 A Monasterio, la aldea donde se está haciendo un pantano para que no se inunde la ribera del Arlanza por Salas de los Infantes, Lerma y demás pequeños pueblos, le da nombre un edificio totalmente derruido escondido entre los espesos robledales de estos montes  que son entre los que me crié. Mi difunto padre, pescador y cazador como todos los hombres de la Demanda, conocía todas las  sendas, todas las cuevas y todos los riscos desde los que explorar la Sierra. Señalaba la estepa propicia para colocar el lazo y la sombra del roble en la que almorzar sin dar el tufo. Recuerdo que hace muchos años, más de cuarenta, y después de no sé cuántas horas andando, dejó la talega de los cangrejos junto al río y me hizo subir hasta un lugar fantasmagórico sólo visitado por esta raza montuna que se criaba en la tierra. Por primera vez vi el monasterio de Alveinte, una palabra que yo tenía de tanto oírla como el nombre de un término como los Allegares o Valdemama y no como el de un edificio histórico e inquietante.

    ¿Qué hiciste fraile que Alveinte viniste?  Allí entre valles y vallejos laberínticos, por inhóspitos caminos en los que reinaba el lobo y alejado por la orografía de toda población, el monasterio de Alveinte recibía a los hermanos menos piadosos de entre los franciscanos para que en soledad y alejados de toda tentación purgaran culpas y penas. No creo que Alveinte fuera prisión, pero no exageramos si lo tomamos como reformatorio.

      Poco se sabe de sus cinco siglos de vida, porque no hay monasterio ni siquiera cartuja en la que haya imperado la regla de silencio como en Alveinte. Mendizábal, el de la desamortización, yo creo que sin querer, liberó a aquellas criaturas pecadoras de sus trabajos y consiguió que el monasterio se abandonara. Al parecer, por un tiempo sirvió de cuartel general al cura Merino en sus luchas carlistas hasta el abandono definitivo. Desde mediados del XIX, piedra para tenadas, refugio de pastores, redil de ovejas... y luego nada. Ruina, meta de paseantes.

      No creo que haya ya nadie capaz de ir desde mi pueblo por el cerradísimo monte hasta el monasterio. Cada dos o tres años suelo acercarme hasta Monasterio pueblo y recorro los cinco kilómetros de ida y los otros cinco de vuelta con la satisfacción de hacerlo por la sombra y por un camino que ha quedado casi exclusivamente para los de la zona. Además este año me dicen que ha vuelto el lobo, un quitaganas insólito.

    En Alveinte y desde mediados de los 90, Emiliano, un franciscano nativo de Monasterio de la Sierra, se empeñó en celebrar el 1º o 2º sábado de agosto -creo que es así- la romería de la Virgen de los Lirios, imagen del siglo XV, originaria del monasterio y que está en la iglesia del pueblo. Ahora creo que, tampoco estoy seguro, dice la misa el Hermano Anastasio. No ha coincidido estar por allí ningún año, pero hago propósito de asistir algún agosto siempre y cuando se mantenga la reciente tradición.

Altar

 Trasera

Camino