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viernes, 5 de agosto de 2016

El prohibicionismo taurino se extiende



Hughes
Abc

La de anoche pudo ser la última corrida en Palma de Mallorca. El tripartito de allí, PSOE a la cabeza, ha lanzado un par de iniciativas políticas que podrían ser aprobadas en otoño. Una de ellas aspira a prohibir «todo espectáculo que cause sufrimiento a un animal». Esto, que interpretado literalmente suena prometedor, se aplicaría directamente a la fiesta taurina. Los «correbous» se salvarían.

Hay dos formas de acabar con la Fiesta. Dejarla a su propia inercia, y otra, más lenta, la de los antitaurinos que quieren fulminarla pero que le están dando el encanto de lo prohibido. Resulta más subversiva y contracultural que oír ulular a roqueros de 65 años en festivales municipales –y claramente espesos–.

En defensa de la Fiesta podríamos sacar al balear Miquel Barceló, pero sería contraproducente. Cuando los defensores empiezan con Boadella y Lorca, los ritos mediterráneos y Hemingway es cuando verdaderamente apetece la prohibición. Barceló se va a África porque en España ya sólo podría pintar a socialdemócratas en pantalones cortos llevando el carrito (¡pintar varices de la pantorrilla socialdemócrata! ¡Formas orgánicas varicosas!).

Clint Eastwood dijo ayer que EE.UU. está lleno de «nenazas y lameculos» (lo que diría aquí...). Falta añadir, seguro que lo hizo, a los hipócritas. El animalismo es la excusa para la prohibición, pero en realidad, lo sabemos todos, es que se trata de algo simbólico, característico y casi antropológicamente español (¿se puede acabar con la Nación dejando, respetando los Toros?). Imaginen este secarral en agosto, este calor, esta nada llana y extendida, este silencio solar... sin toros. Sin toros y sin fichajes. Cuando no haya Dios, ni toros ni procesiones... ¿Qué seremos? ¿Qué habrá? ¡Sólo Consenso!

A Palma viajaron los toros en barco. Qué lirismo infecto sería imaginar sus cuernos entre las olas, ese ir a morir en barca, su mugido estigio... ¡Detente, plumilla!

A la corrida de ayer no pudieron asistir los menores de 16 años, no fueran a traumatizarse sus tiernas psiques (¿y torear pokémons?). En eso ya colaboró el PP, como en lo de Tordesillas. El mal está extendido. Contra la previsible prohibición autonómica cabrá recurso ante el Tribunal Constitucional, adonde van a morir todos los astifinos legales. Aún estamos esperando resolución sobre la prohibición en Cataluña. Suenen los clarines leguleyos.