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domingo, 28 de junio de 2009

CONVERSACIÓN CON JORGE LAVERÓN







JORGE LAVERÓN... EN V. O.


Por Vicente Llorca

Ganadero





De Jorge Laverón se tiene la confianza de que sabe de qué torero, novillero o becerrista estamos hablando.
- Jorge, ¿quién era ese torero de Felanitx?
- Gabriel Nadal.
- Jorge, he visto a un torero de Muro que nadie conoce.
- Has visto a Salvadorillo, y todo el mundo lo conoce.
- Jorge, el otro día en un tentadero salió un tío gordo de Almendralejo.
- Era Manolo, y le llaman el Curro Romero de Almendralejo.
Así es imposible discutir, claro, y los contertulios se retiran, amohinados.
Luego, el enciclopedismo laveroniano tiene otras ventajas.
- Jorge, ¿cuándo debutó Tomás Pallín?
- Debutó en el verano de 1982, con una corrida de Tulio.
- Ya decía yo. ¿Y cuándo he debutado yo, vamos a ver?
- Tú no has debutado todavía, que te enteres.
- Ya me parecía, también.
Lo que nadie sabe es cuándo debutó Jorge en una corrida de toros. Él dice que con pañales, prácticamente, en una feria de Málaga – dónde, si no – adonde le llevó su tío a ver a Rafael Ortega. Las malas lenguas dicen que en realidad era El Espartero el que figuraba en el cartel.
Será. A partir de esa tarde mitológica, sea El Espartero o el de San Fernando el que toreaba en Málaga, Jorge lo ha visto todo.
- ¿A que no ha visto al torero de mi pueblo?
- ¿Cuál es su pueblo, buen hombre?
- Muñoz, en el Campo Charro.
- Pues especifique. Porque de Muñoz era Joselito Muñoz, buen torero, que toreó otra después de la alternativa en Peñaranda. Y Salvador Herrero, que llegó a debutar con picadores. ¿A cuál se refiere usted?
El de Muñoz dice algo y se retira. Sin pagar, además.
Nadie sabe cuántas corridas ha visto Jorge. Y eso, sin contar novilladas, becerradas, encierros, los rejones, los festivales o las capeas, que también abundaban.
- Jorge, torea un novillero mañana en El Boalo. Dicen que es un monstruo.
- Vamos a verlo. ¿Tienes coche?
Y Jorge se iba a El Boalo.
No sabemos si el novillero era un monstruo. Lo que sí sabemos es que Jorge lo había visto.
Y así debió de empezar, habiéndolos visto ya a todos, cuando comenzó su carrera de crítico taurino en el diario El País. Allá por el año 1976. Allí estuvo alguna temporada, con el desaparecido Joaquín Vidal. Después pasó al Diario 16. El Diario fue, en aquellos años, el periódico más taurino de la prensa española –, después de La Gaceta de Salamanca, por supuesto. Allí, dirigido por Barquerito, publicaban páginas y páginas de noticias y vademecum taurino. Jorge reseñaba alguna de las corridas. Pero sobre todo se hizo célebre por sus dos columnas preferidas: una era una breve reseña de lo ocurrido en la feria, en donde se resumía, arbitraria y tajantemente, el festejo. (Fue célebre la del día X, titulada “Quien no quiere a Curro no quiere a su madre”). Y otra, la columna social, en donde aparecían desde el Ministro de Gobernación hasta el tabernero de La Dolores. Todo en la misma página, por supuesto. La gente compraba el Diario y confesaba : “Lo primero que abro es la columna de Jorge”. Y se mezclaban el temor y la esperanza de haber salido en ella. Nunca confesadas, por supuesto.
En esos años, Jorge escribía en los periódicos del grupo Correo. En La Voz de Almería, su preferido. En El Diario de Córdoba, en La Gaceta, etc. También daba conferencias. Y en unos años en los que proliferaron las tertulias taurinas, después de la corrida, Jorge tuvo la suya. La más disparatada, arbitraria, y multitudinaria que nunca se haya celebrado en San Isidro.
Era en el “Lola,”, el célebre bar de Lavapiés, cuyas puertas tenían que abrir de par en par para dar cabida al público, fervoroso y creyente, que allí se agolpaba. A la tertulia bajaban los toreros amigos de Jorge, diestros que desdeñaban en general cualquier otra tertulia. Por allí pasó El Inclusero, Antonio Sánchez Puerto, Joselito, Curro Vázquez, algún Dominguín… Nunca supimos a qué hora terminaba la tertulia. Lo que sí supimos fue que el bar cerró luego a los tres meses. No creemos que hubiera ninguna relación.
El Diario cerró también, como todo el mundo sabe. Jorge ha figurado, a partir de ahí, en el grupo Correo, en La Razón, en la agencia Efe, en Toros por la Gran Vía, o en revistas especializadas. O en una memorable reaparición en el diario El País, en el 2006, en un año en el que, por fin, el periódico volvió a recoger la tradición de los años 80, en donde el suplemento taurino fue el más culto y divertido de la prensa española. Esta vez, dirigido por José Suárez Inclán, quien volvía a reunir, en sus páginas, a las firmas más destacadas de la literatura y opinión nacionales. Para desaparecer al año siguiente, suprimida la sección de forma drástica.
Mientras tanto, aunque las apariciones de Jorge en la prensa periódica se han ido espaciando, no así sus libros, editados en pequeñas tiradas en editoriales mínimas. O en grandes grupos de distribución y lectura más populares. En 1988 había publicado un opúsculo, La tauromaquia de Antoñete, en donde, en tono lírico y admirativo, vertía su fascinación por el toreo del maestro de Ventas. Fascinación que se repartía a partes iguales entre ese toreo clásico, de pocos aficionados, y su postura en la vida, también clásica – a su manera – y para unos pocos, igualmente. Lejos de un creciente descubrimiento de Chenel, en sus últimas temporadas, Jorge evocaba aquellos años en que toreó dos, una o ninguna corrida. Para “un puñadito de pocos incondicionales”.
Después llegaron los libros – manuales del toreo. La historia del toreo, El toro de lidia, La lidia o el Diccionario de términos taurinos. En ellos, a despecho de su intención divulgativa, no podía evitar Laverón el incluir alguna de sus opiniones, personales y tajantes. Y sólo para aficionados.
Así, nos enterábamos que su santa preferida era Santa Coloma – hoy día un poco venida a menos. Que El Inclusero había toreado como muy pocos. Que José Luís Ramos era el mejor torero de Salamanca, después de El Viti. Que Paco Ceballos había sido uno de los mejores, y más efímeros, diestros de Málaga. O que la cuna del toreo, como todo el mundo reconoció después, era Albacete, la que más diestros y mejores había dado a la historia. A despecho de su manchega ubicación. (Unas páginas adelante, Jorge nos contaba que la auténtica dinastía del toreo clásico era la de los Amador- Cortés. Y, al poco tiempo nos hizo seguir a Manolo Amador y a Manuel de Paz donde torearan. Que no era en muchos lugares, la verdad).
O ese libro colectivo e inclasificable que fue A los toros. En él, prologado por Joaquín Vidal, se hablaba de cosos romanos y rituales paganos; de ganaderías desaparecidas y de tradiciones del campo. Y Jorge habló de sus toreros: los que duraron un cuarto de hora y tuvieron una tarde de gloria en esto. Pero que él recordó siempre.
De Eugenio, el peluquero de la calle Echegaray, ni siquiera recordaba haberlo visto – entre otras cosas, porque nadie lo vio. Pero ello no fue obstáculo para afirmar que toreaba con más arte que Curro Romero y Rafael de Paula juntos. Y con algo menos de arrojo, la verdad sea dicha.
Jorge Laverón es del Atlético, conocedor de la buena literatura, especialista en historia americana, lector de Ignacio Aldecoa, excelente poeta y entusiasta del boxeo. Y amigo de Manuel Alcántara, el mejor escritor malagueño, como él, que han dado los últimos siglos.
En estos últimos años, a despecho de sus crónicas escritas, la mejor crónica era la de después de la corrida: arbitraria y exacta. Sólo la arbitrariedad nos da la exactitud. Y la erudición. A Jorge le rodeaban algunos aficionados, después de la lidia, para saber su opinión sobre la corrida.
- Jorge, qué bien ha estado Morenito, ¿verdad?
- Ha estado fatal. Todavía está dando mantazos.
Al día siguiente le preguntábamos:
- ¿Qué tal estuvo Morenito ayer?
- Muy bien. Toreó de verdad.
Saltaba uno.
- No decías eso ayer.
- Ni hoy. Vosotros no sabéis nada de toros y no podéis entenderlo.
Los aficionados se callan. Por la tarde, vuelven a preguntar.
- Jorge, ¿de quién fueron las últimas corridas de Sánchez Bejarano en Madrid?
- De Luciano Cobaleda y Charco Blanco. Como las primeras.
- ¿Fue un torero clásico, verdad?
- Clásico y bueno. En Las Ventas cortó diez orejas.
- Con ese ganado.
- Con ése. Lo de Charco Blanco es lo que era de Enriqueta de la Cova.
- Para disfrutar.
- Para triunfar, sí.
Así pasan las cosas. Así seguimos aprendiendo.
Jorge pasea por la plaza de Santa Ana.
- Jorge, hay una novillada mañana en Villa del Prado.
- ¿Quién torea?
- Uno que me han hablado muy bien. De Sotillo.
- Bueno, pues vamos.
Y nos vamos a Villa del Prado.
Alguien le ha propuesto que escriba sobre sus toreros. Los del cuarto de hora. En eso estamos. Algún día el libro saldrá. Mientras tanto, a Jorge le gustan los buenos toreros, por supuesto. El Juli es una figura, Fundi también. Joselito fue la figura, dos o tres temporadas. César Rincón otras tantas. Caminista antes, ahora confiesa que cada vez es más de El Viti.
En sus tiempos fue de la andanada del 8. Iban a silbarle al Cordobés. Y a reverenciar a Antonio Bienvenida. Ahora ese mundo ha desaparecido.
- ¿Quién os gustaba entonces, Jorge?
- El que toreaba más clásico era Rafael Ortega. Pero yo siempre fui de Antoñete.
- ¿Y a los demás?
- A los demás primero Bienvenida. Después nadie. Después, El Viti… Pero yo creo en el fondo el que siempre les gustó fue Curro Romero. Lo que pasa es que no se atrevían a decirlo.
- Ya.
- Y Curro Vázquez. Ese es el que mejor ha toreado.
- Vale.
Una tarde de San Isidro alguien propuso ir a un festival en El Barraco. El cartel de Madrid era el mismo de siempre. Nos fuimos a El Barraco, al lado del Puerto de Somosierra.
Esa tarde nevó en la sierra. En la plaza, entre el viento y la cellisca, toreaban los hermanos Mora y los primos Cancela. Un festival de Albaserrada, por cierto. Sólo estábamos nosotros en la tarde invernal. Nos brindaron todos los toros.
- Como os conocen los toreros, ¿no? – preguntó una amiga, que venía con nosotros.
- No es que nos conozcan, niña. Es que no hay nadie más – contestó, entre tiritonas, Jorge.
Así se pasan las temporadas. En El Barraco nevó y la plaza estaba vacía. En Madrid no hubo nada.
Mientras tanto Jorge pasea. De la Plaza de Santa Ana a la plaza de las Cortes. Para el poeta y ganadero Fernando Villalón el mundo se dividía en dos: Cádiz y Sevilla. Pues eso. El mundo se divide en dos: Echegaray arriba o Echegaray abajo. El resto es silencio. Cruzar la Carrera de San Jerónimo es una aventura. Cruzar la Gran Vía, impensable.
- ¿Cómo ves la temporada, Jorge?
- Bien. Hay un novillero francés, Tomasito, que va a acabar con esto.
- Si tú lo dices.
Seguimos paseando. El domingo hay una novillada en Las Ventas. Dos manchegos y un colombiano que promete.
- Qué harán los ingleses el domingo por la tarde… - se interroga Jorge, en medio de la plaza.
Qué harán, nos quedamos pensando.




(Publicado por Vicente Llorca en camposyruedos2.blogspot.com)