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domingo, 29 de octubre de 2017

Mantequilla y nacionalismo

 ¿Venezuela? No, ¡Francia!

Jean Juan Palette-Cazajus

Hace 15 días,  recién regresado de Madrid me fui a reconstituir la despensa. Me llamaron la atención los numerosos huecos en las estanterías de mantequilla. Lo achaqué interiormente a la desidia del personal que no había repuesto existencias. Pero al día siguiente me llamaba la atención un artículo de Le Monde que hablaba de una penuria de mantequilla en Francia. Desde entonces, en los medios, se habla de la mantequilla y de su ausencia casi tanto como de Cataluña. Hay graciosos en las redes sociales que ofrecen una tableta por 200 euros, eso sí negociables. Esta tarde volví al súper a hacer la compra. Las estanterías de la mantequilla seguían prácticamente vacías. ¡De pronto entendí lo que era ser venezolano!

¡Penuria de mantequilla en Francia! Donde lo de la Gürtel, o lo de Bárcenas, o  lo de Pujol, o sea enriquecerse con malas artes (¿Hay alguna otra manera?), se dice “hacer su mantequilla”. Donde ir mejorando económicamente se dice “echarles mantequilla a las espinacas”. Donde, de los políticos en campaña se dice que “prometen más mantequilla que pan”. Donde aquello de que no “se puede estar en misa y repicando”, se dice literalmente “querer la mantequilla y el dinero de la mantequilla”. En varias catedrales góticas suele haber una “torre de la mantequilla”. Quiere decir pagada con las indulgencias que compraban aquellos que querían seguir saboreándola en Cuaresma. No sigo por temor a aburrirlos todavía más de lo habitual.

La semana pasada, en las cajas del sólito súper me di cuenta de que el señor que me antecedía se disponía  a pagar 7 u 8 tabletas de mantequilla tamaño grande, de ½ kilo. Se hizo la luz en mis deplorables neuronas donde convive la letal mescolanza del pesimismo con la ingenuidad. Como en las peores épocas, la gente, alarmada por los medios, atesoraba mantequilla y de paso empeoraba la situación. Esto que los especialistas en psicología social llaman “profecía autorrealizada”. 


 Torre de la Mantequilla
Catedral de Rouen

Me pareció inmediatamente que el susodicho acaparador tenía pinta de lo que estaba haciendo, la de un patán. Con esa pinta sólo podía ser lo que demostraba, mezquino e insolidario y su relación con la colectividad sólo podía estar marcada por el egoísmo, el cinismo y la indiferencia. Afortunadamente conseguí meter en el capote al toro bronco de la aversión y dejarlo parado en los medios. En realidad aquel señor tenía una pinta absolutamente inocua. En realidad podía ser un excelente patriota. Tal vez un nacionalista. ¡Claro, un nacionalista de sí mismo! objetarán.

Pero todo nacionalista es un nacionalista de sí mismo ¡naturaca! Para todo nacionalista la nación es la poltrona favorita de su estancia interior. Se acomoda en ella con supina pereza. La nación es también el espejo donde uno se mira favorecido. Un espejo que pierde el azogue con las preguntas. La interrogante y desbordante  complejidad de toda nación, el nacionalista tiende a embutirla en la camisa de fuerza de su exaltada estrechez personal. Los que creemos que nunca debe confundirse el amor a la nación con el amor propio, somos en cambio los noveleros. Los lectores eternamente adolescentes de la novela nacional. Una literatura erótica a la que le añadimos, cuando hace falta, el picante de las glosas y los horizontes siempre insatisfechos del deseo, es decir de la frustración. Nosotros, desde luego, no encorsetamos la nación. Tiene el cuerpo suelto y lo mueve libre, como puro producto de la voluntad y de la imaginación. Pero lo más probable es que su enigmática realidad, la más proteica que existe, bien poco tenga que ver con nuestras fantasías.

Para los nacionalistas de a pie la pulsión es más concreta. Eros/Thanatos; amor propio y odio por el otro. Pero, afortunadamente, nada en el fondo que una repentina penuria de mantequilla o de cerveza en el supermercado no contribuya a desactivar. Bueno, casi siempre.

Escuela y Nación, según Le Monde