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viernes, 27 de octubre de 2017

Montaigne, entre rumba catalana y juerga flamenca

 Bélgica

Jean Palette-Cazajus

Me cuenta la anécdota mi hermana pequeña que pasó un fin de semana en Bruselas, hace unas semanas. A la hora de registrarse en el hotel, el recepcionista le pregunta que de dónde vienen. Atolondrada, mi hermana contesta rutinariamente ante lo que le parece evidente: “¡Ben, d’ici!”. Risa del muchacho ante su “¡pues, de aquí!”. Mi hermana se da cuenta de su despiste en tanto el recepcionista, acorde con el “síndrome” belga, estará pensando: “Estos franceses, siempre dispuestos a anexionarnos”.  Los estudiosos del tema cuando hablan de los nacionalismos modernos los suelen definir casi siempre como etnolingüísticos. Dado que los criterios étnicos son siempre inciertos y no gozan de muy buena prensa en Occidente nos hemos acostumbrado a hablar de criterios lingüísticos y culturales. Pero si el hecho de que mi vecino no hable lo mismo que yo suele ser un pretexto básico de los nacionalismos, el despiste de mi querida hermana, muestra que hablar lo mismo, no significa forzosamente pertenecer a la misma nación.

El caso belga era, hasta el enconamiento del tema catalán, el arquetipo de las tensiones secesionistas en la Europa occidental. Por no decir el único caso serio si excluimos  la arlequinada de la sedicente Padania, en Italia, y el particular caso escocés. Frente a tales situaciones me acuerdo de Hannah Arendt. Ella rechazaba la noción de causalidad tan usada por muchos historiadores. La recusaba diciendo que no existe acontecimiento que pueda deducirse causalmente de otro como tampoco hay continuidad en la historia que pueda restituirse a partir del encadenamiento de las causalidades. En entregas anteriores he insistido particularmente en el paso, más bien los pasos, de la historia y seguiré haciéndolo. Insistiendo en la diferencia entre lo que fue y lo que no fue, lo que debió ser y lo que no pudo ser e incluso lo que pareció ser. El verdadero problema es que el resultado inapelable de la historia nos arrastra siempre hacia la tentación de percibirla como el resultado de una causalidad cerrada y a partir de allí como dotada de un “sentido”. Es el trágico peso sobre las cabezas occidentales del mito fundador del cristianismo: la idea de un final feliz. ¿Por qué les resulta tan difícil a los humanos asumir que la realidad de la historia sólo puede moverse entre lo insatisfactorio y lo catastrófico? En todo caso jamás según nuestros deseos. 

 Siempre Valón

En algún momento entre 1944 y 1945 unos oficiales franceses habrían solicitado a De Gaulle que anexionase a Francia la Valonia belga. A lo que De Gaulle habría contestado que los valones estaban demasiado cerca de Francia para que fuese necesario anexionarlos. No puedo garantizar la veracidad de la anécdota pero la creo posible. Cierto número de oficiales gaullistas procedían de la esfera ideológica tradicionalista de “Acción Francesa”, que resumimos brevemente en la última ocasión. La anécdota es muy propia de aquellos tics ideológicos. El país no acababa de salir de las peores tinieblas de su historia y aquellos descerebrados, entre ceguera y frivolidad, ya se estaban reincorporando al ecosistema de los nacionalismos expansivos. De Gaulle tenía razón, Francia y la Bélgica francófona comparten un mismo espacio cultural. Pero la propia desproporción entre los dos vecinos ha llevado siempre los valones a ser muy quisquillosos con su particularidad. Los belgas francófonos aplican a la letra aquella transcendental definición de Michel de Montaigne (1533-1592) que debería entenderse como el leitmotiv constante del tipo de dramas que estamos viviendo: “La ressemblance ne fait pas tant un comme la différence fait autre” (Ensayos III, 13, 1065). “La semejanza une menos de lo que separa la menor diferencia”.

En el caso de un fatal estallido de Bélgica, muchos francófonos tienen asumido que la única solución racional sería probablemente la unificación con Francia. Ningún interés tiene Francia en obrar en este sentido. Y no solamente porque las presuntas palabras de De Gaulle siguen siendo evidentes. Por minoritarios que sean, los nacionalistas periféricos existen en Francia y su etograma, como en todas partes, es furibundo. Sopla a su favor el viento de la ideología dominante europea. La ideología de la culpabilidad arrepentida, la que ya tratamos de analizar el año pasado. La que considera los grandes “estados-nación” como naturalmente agresivos, prepotentes, y a la postre “reaccionarios” por esencia. Es la ideología de la CUP, esa aberrante fe regresiva en el etnicismo emancipador. De modo que pronto oiríamos que si unos tienen derecho a unirse, por qué no tendrían otros el derecho de irse. En la historia de Bélgica, buena parte de “culpa” la tiene España. El país actual sólo adquirió su independencia entre 1830 y 1840. Pero corresponde a lo que eran los Países Bajos españoles tras la Paz de Westfalia, en 1648, que puso fin a la terrible Guerra de los 80 Años.  En el norte se independizó la antigua “Bélgica Foederata”, las llamadas Provincias Unidas, es decir los actuales Países Bajos. En el sur quedó la llamada Bélgica Regia, solo unificada por el catolicismo y cuyo dominio pasó a los Habsburgos de Austria, en 1714,  tras la Guerra de Sucesión de España.

 Banderas flamencas ante la Embajada española en Bruselas

Hoy tenemos en Bélgica dos comunidades que hablan cada una una lengua muy distinta de la del vecino, siendo al mismo tiempo la lengua oficial de un país limítrofe: el neerlandés y el francés. Pero en el momento de la independencia de Bélgica, tanto la burguesía flamenca como la valona hablaban el francés culto y oficial. La mayoría de la población valona se entendía mediante formas dialectales difícilmente comprensibles para cualquier francés.  En la parte flamenca, más pobre y rural, la diseminación dialectal era todavía peor. Emile Verhaeren (1855-1916) es un autor hoy bastante olvidado. Pero durante los primeros años del siglo XX su prestigio internacional fue inmenso. La hoy manida expresión de “ciudades tentaculares” fue inicialmente el título de una de sus obras. Verhaeren era un flamenco nacido cerca de Amberes y que escribía en francés. Cosa impensable hoy. A lo largo del siglo XX los flamencos fueron sustituyendo sus dialectos por la grafía y la sintaxis del neerlandés oficial. Y Valonia hizo lo mismo con el francés académico. Es decir que los problemas identitarios se vieron recrudecidos a partir del momento en que las comunidades empezaron a presumir, sino de una lengua nueva, al menos de una lengua adaptada, adoptada y modernizada. Lo mismo pasó con el Vasco y el Catalán modernos.

Recordemos que Bélgica era, en años anteriores a la Primera Guerra Mundial, uno de las mayores productores mundiales de acero y carbón, los cuales habían enriquecido una burguesía urbana entre las más cultas de Europa. El carbón y el acero engendraron también una clase obrera educada, dominada por las ideas socialistas y laicas. Enfrente estaba Flandes, rural y atrasada, cuyos jóvenes emigraban en masa hacia las minas y las fábricas valonas. Hoy Flandes es más próspera y más poblada que Valonia. Esta no acaba de extirparse de la tremenda crisis económica sucesiva al  desmoronamiento de todo su tejido industrial tradicional. Durante buena parte del siglo XX, Flandes había seguido dominada por un catolicismo de frente estrecha que, como en el caso de la iglesia bretona, veía en la lengua francesa el vehículo de los descreídos. Se puede decir que el sentimiento “flamingant” estuvo vinculado hasta la Segunda Guerra Mundial a los sectores religiosos más conservadores. Ciertamente la historia de Flandes nada tiene que ver con la de Cataluña. Pero hoy ambas regiones tienen en común la manipulación sistemática de su historia y la voluntad de mantenerla adherida a las tesis nacionalistas. 

 Diputados flamencos con estelada en el Parlamento europeo

La urdimbre del mullido nido ideológico dentro del cual los flamencos vienen practicando el onanismo victimista empieza a tejerse a finales del siglo XIX. Como en el caso de los catalanes, no se trata de negar la realidad de ciertos entuertos históricos. Pero la realidad descrita por los historiadores nada tiene que ver con el patético relato de discriminación y opresión aireado por los flamencos secesionistas, a imagen de sus homólogos catalanes. Así pintaron la heroica participación belga en la Primera Guerra Mundial como la historia de unos oficiales francófonos jugando a placer con la carne de cañón flamenca. Es interesante señalar que los nacionalistas bretones acusaron de algo semejante a los oficiales franceses. En ambos casos, el desconocimiento del francés por jóvenes soldados procedentes del mundo rural fue un problema real. Pero los historiadores y las estadísticas muestran la falsedad de las acusaciones criminales. Muchos flamencos fueron receptivos a la ideología nazi y durante la segunda Guerra Mundial Flandes aportó a Alemania 17 000 voluntarios que constituyeron la división SS “Langemark”. Los valones también tuvieron sus voluntarios alrededor de Léon Degrelle, refugiado desde 1945 en España, hasta su muerte en Málaga (1994). Pero los alemanes consideraban a los flamencos racialmente próximos e ideológicamente más fiables.

Contemplamos cada día la suma habilidad catalana en el tema lingüístico. Tratan de seguir vendiendo la estampita piadosa de una lengua vernácula acosada y preagónica cuando bien parece que las tornas se han invertido. “En Cataluña los colegios se están desentendiendo de la enseñanza del castellano” titulaba Le Monde el pasado 24 de octubre. Pero en este sector los flamencos siempre fueron unos maestros. Entre 1967 y 1968, la forma en que expulsaron los estudiantes francófonos de la Universidad Católica de Lovaina, en el Brabante flamenco, a los gritos de “¡Walen buiten!”, (¡Valones fuera!), ha pasado a los anales del cainismo intercomunitario en Bélgica. Los catalanes han conseguido convertir la imagen del asedio de Barcelona por las tropas borbónicas, en 1714, en el episodio fundador de un pequeño pueblo heroico y democrático acosado por una España genéticamente oscurantista. Los historiadores suelen considerar que ni los catalanes eran tan unánimes, ni todos ellos eran “austracistas” y los llamados “botiflers” eran bastante más numerosos de lo que admite la verdad oficial. Los héroes del “Fossar de les moreres”, honrados cada año en la Diada, permanecerán callados. Los flamencos se han mostrado todavía más audaces y se han atrevido a situar el nacimiento de la patria flamenca cuatro siglos antes que los catalanes, el 11 de julio de 1302, día de la batalla de Courtrai, también conocida como “Batalla de las Espuelas de Oro”. Aquel día, las milicias comunales flamencas consiguieron atraer los caballeros franceses de Felipe IV el Hermoso a unos pantanos donde despacharon un buen puñado de ellos mediante su legendaria pica corta llamada “goedendag”, quitándoles a continuación las espuelas, por cierto solamente doradas. Con los flamencos, dicen los historiadores, lucharon tropas muy heteróclitas sin que faltasen los inevitables...ingleses. Pero, sobre todo, la transición entre el medieval Condado de Flandes y el nacionalismo actual resulta harto azarosa y atrevida para cualquiera que se asome al vértigo de la historia.

 Goedendag y Espuelas de Oro

Por supuesto muchos flamencos contemplan entusiasmados el “tabarrón” catalán. El gobierno español expresó hace unos días su disgusto ante los silencios y las ambiguedades del gobierno belga. Creo que hay que entender los delicados encajes de bolillo a que tiene que dedicarse  el Primer Ministro Charles Michel, valón de Namur, para desbravar sus compatriotas de Flandes.

Es habitual la presencia de “observadores” procedentes del Quebec en cualquier consulta electoral catalana. Lo constato siempre con gran disgusto. No logro entender la ceguera de algunos canadienses franceses ante la total incompatibilidad entre su historia propia y la catalana. Porque, arriesgándome a chocar algunas sensibilidades, voy a confesar mi indulgencia frente al nacionalismo quebequés. 

Breve recordatorio: Cataluña y Castilla o lo que las antecedió, mantuvieron una evidente proximidad geográfica, cultural e histórica desde la más lejana edad Media. Luego siguieron más de seis siglos de vida complicada pero común. En cambio Francia e Inglaterra se fueron construyendo – tendremos que simplificar– desde la distancia y la una contra la otra. Cuando estalla la Guerra de los 7 Años (1756-1763) no existen ni Estados Unidos ni Canadá. Existen unas colonias llamadas Nueva Inglaterra y Nueva Francia. Notemos que quienes ya vienen usando la palabra Canadá, heredada de los indios Iroqueses, son los colonos franceses. La desproporción demográfica entre ambas poblaciones es inmensa. En aquellas fechas Nueva Inglaterra pasa ya del millón y medio de pobladores. La Nouvelle-France no pasa de 80/90 000 colonos. Cuando los ingleses atacan las posesiones francesas, a partir de 1754, el resultado estaba escrito de antemano. Así y todo tardaron 5 años en someter a los colonos franceses, poco auxiliados desde la metrópoli, en la batalla decisiva de los Campos de Abraham, en 1759, frente a la ciudad de Québec.

 Banderas del Québec

Posteriormente a la independencia de los Estados-Unidos (1783), decenas de miles de ciudadanos americanos leales a la corona británica emigraron hacia el norte. Los ingleses crearon entonces una provincia del Alto Canadá para diferenciarla del Bajo Canadá mayoritariamente poblado por franceses. Durante la primera mitad del siglo XIX creo que no es escandaloso resumir la política británica hacia los franceses como una firme voluntad de extirpar su particularidad lingüística y religiosa. Según el esquema tantas veces repetido, se les exige que dejen de hablar en francés y se expresen “en cristiano” o sea en inglés. Ante el fracaso del método coercitivo, durante la segunda mitad del XIX se tratará de ahogar la población francesa en el seno de las grandes oleadas migratorias de ingleses, irlandeses y escoceses. Será un segundo fracaso cuyas causas merecen explicarse. Totalmente aislados de la metrópoli y abandonados por ella –Voltaire dirá que unas cuantas fanegas de nieve no merecen una guerra– los colonos franceses se refugian en la cultura tradicional y particularmente la religiosa. La Iglesia Católica se convierte en el islote de resistencia contra la presión inglesa. Una consecuencia paradójica del poder omnímodo de los sacerdotes sobre las comunidades rurales francófonas será la fecundidad inaudita de las familias en total contradicción con lo que ocurría entonces en Francia. Aquella fecundidad que se prolongó hasta la Segunda Guerra Mundial salvó la comunidad francesa de la dilución en la masa anglohablante. Hoy constituyen aproximadamente un 22% de la población canadiense. 

Pero el control de las poblaciones francófonas por la Iglesia dará lugar durante  generaciones a una sociedad muy conservadora en las costumbres y estancada social y económicamente. Las cosas empiezan a cambiar seriamente después de la segunda Guerra Mundial. Tal vez pueda decirse que el subversivo “Vive le Québec libre” lanzado por De Gaulle, en 1967, desde el balcón del ayuntamiento de Montréal señala el principio de lo que se llamó la “Revolution Tranquille” que vio la modernización acelerada de la sociedad canadiense francesa y al mismo tiempo la consolidación del movimiento independentista. He tratado de resumir -vertiginosamente- la inconmensurabilidad de la historia del Quebec con la catalana. Lo único que comparten unos y otros es la división de la sociedad en dos mitades ideológicas. Bastante menos enfrentadas en el Québec. Los que aceptan la realidad canadiense, empezando por el actual Presidente, el francófono Justin Trudeau, saben perfectamente que la América anglosajona jamás aceptaría la presencia de un electrón libre francés en su coto cerrado sin extirparlo despiadadamente. 

En la historia de los pueblos hay aspiraciones legítimas y las hay ilegítimas, las hay racionales y las hay irracionales, las hay viables y las hay inviables, las hay éticas y las hay sórdidas, las hay actuales y las hay anacrónicas, las hay generosas y las hay odiosas. Es probable que las cosas sean a menudo menos contrastadas y más dosificadas. Si asumimos la fragilidad de nuestras propias identidades, si asumimos la precariedad  y la novedad de las adscripciones que quisiéramos creer inmemoriales, si escudriñamos el pasado histórico y prescindimos de la liturgia mítica, cualquier día de estos estaremos en condiciones de plantearnos las verdaderas preguntas. “Tanta diferencia hay entre nosotros y nosotros mismos –también decía Montaigne– como entre nosotros mismos y el prójimo”.

Michel de Montaigne