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jueves, 3 de septiembre de 2015

Bromas


Gato en estado de derecho
Libardón, Asturias



Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Estado de Derecho es una tautología (no hay Estado sin Derecho) que nada significa, y por eso a nadie se le cae de la boca.

    Estado de Derecho (como el “patriotismo constitucional” de Sternberger que Peces Barba urraqueó en Habermas o como la “gobernanza” que Gonzalón le ha pispado a Strauss-Kahn) es la manzana que el barbero te mete en la boca. En la Europa continental se la usa como placebo de la democracia representativa, lujo exclusivo de América.

    Salvo (casi) en Francia, gracias al golpe de De Gaulle, Europa ignora la separación de poderes de Montesquieu (la sustituimos por la separación de funciones) recogida en el artículo 16 de la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano, que a nadie importa, pues afecta a la libertad, palabra “maricona” para el europeo, que va de machote socialdemócrata de la igualdad.

    –¡Se acabaron las bromas! –dice Albiol, que pasa por ser el primo de Zumosol de la derecha, para justificar una reforma del Tribunal Constitucional que la abeja de Rumasa volatilizó (el edificio de Bonet y Valdés tiene algo de panal) como los aviones de Bin Laden el World Trade Center.
    
Se acabaron las bromas es que a Arturo Mas le pueden caer tres mil euros de multa por dar un golpe de Estado de Derecho. Hombre, Albiol, que yo le tengo pagados mil a Ana Botella por ir por la Puerta del Sol con un botellín de Mahou en la mano.

    Sin embargo, ¡es tan español (tan europeo) esto de enviar a los abogados del Estado (del Estado de Derecho) a arreglar un “casus belli”! Los abogados son caros y pesados, y sólo por no verlos ya se cuidará Arturo Mas (ésta es la estrategia gubernamental) de meter en casa a Karmele, la “Pucelle” de Tortosa, y ahorrarnos a todos el espectáculo de la hoguera de Ruan, que aquí sería La Sexta de Roures.
    
Esta reforma del TC es el “¡Que te calles, Karmele!” de Mariñas, pero en papel de barba (timbre del Estado de Derecho) y firmado con la mano muerta de Montesquieu (¡como si fuera la otra mano!).