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lunes, 21 de septiembre de 2015

Misioneros y periodistas



 

Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    La distinción entre misioneros y periodistas la hizo Julio Camba cuando fue corresponsal en Constantinopla y decidió no hacer literatura (¡esos versos libres/liberales de Garrigues!) con los niños que languidecían pegados al pecho seco de sus madres muertas por la hambruna en la Anatolia.

    –La misión de conmover es misión de misioneros. Al periodista le basta con informar.
    
Un siglo después, los misioneros informan y los periodistas conmueven.
    
Es la historia de la sensiblería, que no puede ser más progre.

    Nuestro Ortega (“antes Lista”) llegó a decir que todo buen europeo debe conmoverse ante la figura histórica de Monsieur de Turgot, inventor de la idea de progreso según la cual el hombre marcha hacia el futuro… en inevitable progreso.

    En los felices 80, los guardias caídos en el Norte eran “funebreados”, por no herir la sensibilidad, en la estricta intimidad: los asistentes salían por la puerta trasera de la iglesia y algunas viudas quedaban tan desamparadas económica y socialmente que, para sacar a sus niños adelante, debían ponerse a hacer la calle.

    La evolución cultural de la idea de niño hizo posible que una ministra de España pudiera soltar en TV, como si de otro Monsieur de Turgot se tratara, que “abortar es como ponerse tetas”. Y hoy Madrid cuenta con un concejal socialmente celebrado por su ingenio para hacer “torrebrunos” sobre el Holocausto o las prótesis de Irene Villa.
    
Es la misma sociedad que se conmueve con la zancadilla de una periodista húngara (la nacionalidad de los célebres refugiados Puskas y Kubala) a un refugiado sirio que, oh, justicia poética, resultó ser… entrenador de fútbol.

    Lo de la periodista húngara era puro bilardismo, el “¡Qué carajo me importa a mí el otro, pisalo, pisalo!” de Bilardo con el Sevilla de Maradona en La Coruña.
    
Somos un ombligo mirando a un balón de fútbol (¡las esferas de Sloterdijk!). De ahí la indescriptible conmoción del caso del entrenador sirio, ya en Getafe, donde sus primeras palabras fueron:

    –Esto es como andar por el cielo.

    No sé qué hipótesis extraterrestres manejará Íker Jiménez, pero Getafe siempre ha inspirado sentimientos religiosos: los milicianos del 36 fusilaron tan ricamente (estos es, reglamentariamente) al Sagrado Corazón del Cerro de los Ángeles, justo donde Jardiel Poncela hizo aterrizar a Nuestro Señor en “La ‘tournée’ de Dios”.

    –Ya pisa la alfombra del Sagrado Corazón en dirección a la tribuna pontificia. “¡Divina Majestad! ¡Mio Signore!” Y entonces todos los presentes ven cómo  el “hombre” del hongo se inclina a recoger al Sumo Pontífice, y oyen cómo le dice paternalmente: “Levanta, que el suelo está algo húmedo… Y nada de Divina Majestad. ‘Señor’ y ‘de tú’. Como en el Padrenuestro”.
    
Fue el bombazo periodístico de Perico Espasa, con su sensacional reportaje “En un vagón del tren de Getafe: media hora hablando con Dios”.

    Son tantos los milagros de la justicia poética en el caso del entrenador sirio que, de prosperar los pitos piperos en el Bernabéu, Osama (“mi sueño es entrenar en Madrid”) podría acabar de segundo de Benítez en un banquillo donde todos recordamos a Cappa, a Carcelén, a Toni Grande, a Karanka e incluso a toda la familia Ancelotti.




LOS PIES DE ISCO
    El Bernabéu pita a Isco porque el piperío todavía no sabe de qué pie cojea. .“Aquí están las botas del socialismo bolivariano de la juventud”, dijo Maduro al presentar las “zapatillas Chávez”. ¿Qué botas calza Isco? Dicen que Mahoma preguntó a sus discípulos a qué se parecía su pie derecho. Oídas todas las respuestas, el profeta dijo: “Mi pie derecho se parece a mi pie izquierdo”. Isco es diestro, pero centra con la izquierda (su asistencia del sábado a Benzemá). Esto irrita a los piperos, que son muy de al pan, pan, y al vino, vino, y en España tardamos una generación en acostumbrarnos a la moda del extremo a pie cambiado, algo que hasta Cruyff (entrenador) sólo hacía Megido (jugador) cuando le daba el sol en su banda.