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lunes, 14 de septiembre de 2015

Antiguas leyendas

1974. La mejor Polonia de la Historia. Maszczyk, Gadocha, Musila, Lato, Szarmach, Kasperczak,
 Szimanowsky, Zmuda, Gorgon, Tomaszewsky y Deyna.


Francisco Javier Gómez Izquierdo

En aquellas ciudades sin representación futbolística digna de mención, tal que Ciudad Real, donde he pasado el fin de semana acompañando junto a mi doña la indeseable agonía de una prima de su quinta, se tiene por cosa cierta que el Valladolid, Osasuna, Mallorca, el mismo Oviedo, el Zaragoza... están en 2ª de paso y que son firmes candidatos al ascenso a 1ª. Andrés, madridista, retirado y políticamente correcto, dice que son capitales y tira de historia ejercitando la memoria con Higuita, Zabalza, Eto’o, Marianín, Marcelino.. y es que a Andrés le cuesta entender que hay pueblos donde el más tonto hace relojes.

Le suelto a las puertas del Tanatorio que el mejor equipo que he visto este año ha sido de pueblo, el Leganés, con un tal Szymanowski que no tiene nada que ver con el lateral de una defensa polaca que descansa en mi memoria y que empezaba en el portero Tomaszewski, y seguía con Gorgon, Zmuda... hasta acabar en Lato. A este Szymanowski, argentino de nación, le llamaban hace unos años en el Recre Alex, y estaba tan canijo que parecía impedido a jugar con aire, pero a pesar del famélico aspecto que le vi por entonces en El Arcángel, la verdad es que demostró mucha clase. No conozco sus peripecias, pero en Leganés están, imagino, contentísimos de que en su vuelta haya elegido un pueblo de España para ser apreciado como merece. Como ha hecho Eizmendi, un medio que no sé si tiene algo que ver con otro Eizmendi al que El Plantío llamaba “el sobrino”, porque sólo por la influencia del parentesco se entendía que Irulegui lo pusiera de titular. Luego, en esas resurrecciones a las que nos obligaba la FEF, Eizmendi marcó el gol del ascenso en El Helmántico y “el sobrino” se hizo un tío como un castillo. Equipo serio el Leganés, una especie de sucursal del Athletic, al que basta que un servidor lo mire con buenos ojos para que le acudan las desgracias. Sinceramente, no lo creo. ¡Veremos!

     El Córdoba ganó al Zaragoza en La Romareda con un fútbol ramplón y  amarrategui, fiando la victoria a una carrera de Nando o Andone. El que corrió sin impedimento fue Pedro Ríos, el futbolista más serio que se haya contratado este verano, que no tuvo más que lanzar un zapatazo al que no supo parar Bono, un portero con nombre de cantante y sin nivel para la categoría.

     Aunque La Romareda y el Real Zaragoza impongan por nombre y prestigio, el equipo maño es, digamos, cortito. Ha perdido a Bastón, Fernández, William José, Álamo... y Vallejo no anda bien de salud. Lo que ha llegado no mejora lo que ya tenía, y me llama mucho la atención que Pedro sea considerado el mejor jugador zaragocista por la crítica tribuletera y el exigente público zaragozano.
A Pedro, la preferencia de El Arcángel le llamaba “el jorobado” porque no miraba al centrar. Ahora se ve que tiene galones y saca las faltas y los córneres. Tanto ha prosperado que se atreve hasta con los goles olímpicos. Razak, nuestro extraño cancerbero, le abortó las intenciones. Rico, un lateral izquierdo de Gamonal con el que han jugado los hijos de mi cuadrilla, es aprovechable por su juventud y fortaleza. Bertran tiene mucha edad y a Cabrera el Atleti le ha dejado a su libre albedrío. ¿Y qué se puede decir de ese Rubén que rompía escaparates en su juventud castillista? El centro del campo es trotón y picapedrero: Dorca, Wilk, Lolo..., Hinestroza, posiblemente el más vertical por la izquierda. Jorge Díaz es mejor de lo que demuestra, pero le falta atemperar el músculo y el espíritu. Ángel, otro de la Fábrica, pareció romper en el Elche, pero lleva cuatro o cinco temporadas en ese ostracismo voluntario en el que caen los canarios que viven en la península. Ortuño es ariete valiente, pero de exagerada limitación... Y no hay más. Me pareció peor equipo que el Córdoba, aunque los nuestros parecieran avergonzados de sus últimas actuaciones y mostraron la debida aplicación y una intensidad de la que no teníamos memoria.