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lunes, 28 de julio de 2014

Qué buen Caballero, si hobiera buen mentor

 José Ramón Márquez

Lo primero, hay que ser agradecido a todas esas personas que se fueron a Las Ventas a echar la tarde, especialmente a los extranjeros que con tanta  asiduidad sueltan los leuros en las taquillas, sin tener ni idea de qué tipo de espectáculo van a contemplar ni haberse preocupado lo más mínimo en saber cuáles son las más elementales reglas que rigen el desarrollo del mismo. Es impresionante ver a todos esos ciudadanos de los más diversos países y etnias haciendo fila ante las taquillas, donde  reciben las zalamerías de los reventas de a pie de obra y las caricias de algún que otro carterista que se aprovecha de la natural candidez de los foráneos para hacer que su visita a Las Ventas les resulte un recuerdo inolvidable.

Al llegar a la andanada surge la sorpresa de ver que la puerta está llena de gente, como en una corrida de postín de San Isidro, pero gente con muchísimo más estilo, pues a nadie se le ocurre subirse a la andanada con un cubata en cada mano, una bolsa de pipas de tamaño XXL o un bocata de los que se intentaba zampar el Carpanta de Escobar. Gente educada, estos extranjeros, que se llevan una botella de agua para evitar la deshidratación, como recomienda la Organización Mundial de la Salud, que cuando salen los dos felipesegundos les dan la ovación de su vida y que acompañan al primero de los pasodobles, el del paseíllo, con las mismas palmas sosas y sin ritmo con que acompañan El Danubio Azul en el concierto de Año Nuevo en Viena. Luego, al final, en el sexto, la andanada está semivacía, acaso porque no les hayan gustado las admoniciones del aficionado J. dirigidas a los actuantes en orden a demandarles que sujeten las formas de su toreo al cánon clásico -¡ay!... parar, templar, mandar, cargar la suerte...- o acaso porque el espectáculo no les haya interesado lo más mínimo.

Bueno, pues hoy trajeron a La Monumental a los tres novilleros más destacados en las corridas de junio y julio, que resultaron ser Juan Miguel, Gonzalo Caballero y Miguel Ángel León. Para la cosa ganadera, por variar, se optó por un hierro de encaste juampedro, en este caso La Guadamilla, ganadería antaño santacolomeña que eliminó lo anterior, porque el amo es el amo y hace lo que le sale de los c... Sin entrar en mayores honduras digamos que los guadamillos cumplieron a la perfección lo que de ellos se esperaba y que, al menos, cuatro de los seis demostraron al selecto público congregado la manera en que un bicho puede obsequiar sus más pastueñas embestidas, sus más inocentes intenciones, su nulo deseo de agredir y su afán de favorecer el triunfo del tío que tenía enfrente. Ahí estuvieron los guadamillos, que, por cierto, unos parecían de su padre y otros de su madre en cuanto a tipo y zootecnia, sin dar una voz más alta que otra y tratando de echar una mano, que es lo que precisamente buscan todos estos eliminadores de lo anterior como el señor Torrego, digno propietario de la vacada, que se iría tan feliz a sus predios tras ver la educación con que se comportaron sus pupilos. ¡Con lo que hubiese dado el pobre Julián de San Blas por uno de estos en vez del aperreo que tuvo con los buendías de La Quinta!

Con uno de esos bonachones, Obcecado, número 47, hizo Gonzalo Caballero lo mejor de la tarde. Antes había entrado por gaoneras a hacer un quite al primero, con argumentos propios de Antonio Bienvenida, para sacarse la espina del formidable porrazo por gaoneras que recibió hace un par de semanas en esta misma arena. Luego, cuando le tocó enfrentarse al 47, planteó un inspirado inicio de faena, bastante desusado para lo que se ve por ahí, y dejó claro de nuevo ante la magra cátedra que es torero muy toreado, bastante por encima de las seis corridas que proclama el programa de mano, que tiene oficio y que está cuajado. Planteó toda su faena en un palmo de terreno y aprovechó las condiciones ovejunas del bicho para construir una faena de corte moderno, en el estilo de Perera, diríamos, en la que corrió la mano con autoridad y se olvidó de dar el paso adelante que hace grande al toreo. Faena de pases, más que de toreo, que fue culminada con una estocada contraria que hizo rodar al toro con prontitud. Es cierto que ese toro se les va a casi todos, como vemos cada tarde, y que Caballero supo aprovechar su bondad, pero es cierto también que con esos mimbres Caballero es sólo uno más. A Gonzalo Caballero le hemos visto con muchísimo menos oficio, estando más a merced de los bichos, pero con muchísima más verdad de la que ha traído a Las Ventas esta tarde. Por más que hoy haya hecho lo que todos y le haya salido bien, en el estilo que antes se señaló, eso no es lo que puede hacer de él un torero, sino simplemente otro y su falta de definición estilística no se sabe dónde le puede llevar cuando sea matador de toros, acaso a vérselas con los «rabiosos». Tiene ambiente en Madrid y en Sevilla, apenas torea por ahí... ¿por qué no desoye las monsergas con las que a buen seguro le están turrando el coco y decide dar el paso adelante para transformar sus templados pases de hoy en toreo del de siempre?

De los otros dos, lo mejor es no echar muchas cuentas, que no merece la pena andar fustigándoles a estas horas. A ver si tienen suerte.

De las cuadrillas diremos que todo lo mal que anduvo El Jaro con el capote estuvo de bien Antonio Chacón con los palos, que si no llega a tomar innecesariamente el olivo hasta le habríamos aplaudido. A caballo, Agustín Romero «Hijo» agarró un buen puyazo al segundo de Caballero.