viernes, 5 de marzo de 2021

La gran cuestión


 

Ignacio Ruiz Quintano

Abc


    Entre la Eutanasia y “la Coviz”, abordamos la primera gran cuestión del positivismo lógico (formulada en Inglaterra por sir Alfred J. Ayer, seguidor del Tottenham Hotspur, el equipo de Mourinho): “¿Es preferible ser en la senectud un campesino chino que uno francés, mal alimentado por tu nuera y al cuidado de los gansos?”
    

Sir Alfred ve poca correlación entre la bondad y la felicidad: para él la virtud tiene la recompensa en sí misma porque a menudo no tiene ninguna otra.


    –La disparidad obvia entre la virtud y la prosperidad de este mundo preocupó a Kant. Él creyó que debía existir otro mundo donde este balance fuera recompensado y de ese modo encontró una razón para creer en un Dios que llevara a cabo esto.
    

En España ese “Dios kantiano” es para Pablemos el comunismo chavista, y para Casado, el centrismo jacobino. (El Psoe sólo es sociología: la del franquismo posmoderno). En el centrismo jacobino estuvo Rivera, pero se perdió cuando dijo en TV “Yo no he leído a Kant un libro concreto”, error de nadador que no sabe guardar la ropa.


    –Ojo, que yo he leído a Kant –se le oyó decir al kantiano Ramoncín en una entrevista.
    

Pero lo que hay que leer de Kant es la “Ética de la razón pura” (sic), que es el libro que en el mismo programa de Rivera afirmó haber leído Pablemos, y que por lo visto con el pasteleo de la Justicia, también debe de haber leído Casado, el hombre con pala que nunca se ha preguntado por qué el mundo occidental (¡el europeísmo!) infringe día a día los principios que sin cesar proclama. No es ningún reproche. El cinismo es la soberbia del perdedor, y en una sociedad tan cínica como la nuestra, donde, “antes de que ningún tirano viniera a quitarnos nada, ya habíamos renunciado a todo”, su actitud ha permitido a Casado llegar a jefe de facción.


    –En nuestro interior, como reza la cita de San Agustín, habita la verdad. Pero ¿y la mentira? ¿Ha de ser ésta siempre engaño exógeno, venido de fuera a dentro? –pregunta el estudioso del animal ladino.

[Viernes, 26 de Febrero]

Del ciclón y otros olvidos inolvidables


 


Orlando Luis Pardo Lazo


Cibercuba

Lo recuerdo muy bien. De niño, los ciclones en Cuba eran un alivio contra el clima del resto del año. Además de la alegría inconmensurable que traían desde días antes, cuando podíamos reunirnos y perder el tiempo todos en casa: familiares, amigos, vecinos y hasta los desconocidos de paso por el barrio.

No había internet. Los satélites sólo se acordaban de Cuba para espiarla, como el peón que éramos en el ajedrez atroz de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la URSS (¿se acuerdan de aquellas siglas que por entonces iban a ser eternas, la URSS?).

Tampoco había luz (es decir, electricidad). Y eso significaba que por fin estábamos libres de la propaganda oficial, que por fin la Revolución y su retórica quedaban allá lejos, allá afuera: en ninguna parte. Por lo menos hasta que viniera y se fuera el ojo pacífico del guerrerista huracán.

Y eso significaba, también, que nos pasábamos las 24 y las 48 y las 72 horas despiertos, gozando la ventolera, respirando el aroma de la lluvia horizontal, viendo las alcantarillas desbordarse con la mierda comunitaria a la que todos aportábamos, amarrando las matas de mango y de aguacate como si de un dominó al aire libre se tratara (mientras jugábamos dominó de verdad, por supuesto, y parchís, y damas, y cartas, y veo-veo-qué-ves, y cualquier otro invento que se pusiera de moda). Comiendo a deshoras. Corriendo a deshoras. En un tiempo de tornado trastornado pero muy tierno, donde podíamos abrazarnos sin pena a cualquiera de nuestros padres (porque en los años 70s y 80s aún no había muerto el primero de nuestros padres), y donde reíamos despreocupadamente de la tragedia que se nos venía encima, porque, claro, la vida era tan nueva que, de hecho, aún no se había muerto ni nunca se nos iba a morir nadie.

Nuestra inocencia nos hacía casi ángeles. Niños completos, seres humanos completos. Vivíamos en la dictadura más completa del planeta y, sin embargo, no nos faltaba nada. Éramos los que éramos. En la miseria, pero no en la mentira. La felicidad tiene ese don: nos hace reales, verdaderos, presentes, buenos. En ese sentido, crecer ha sido el peor crimen que pudiéramos haber cometido contra nosotros mismos.

Los ciclones le dieron a nuestra infancia un color increíble salido del corazón. Y por eso en el corazón está todavía ese tinte, ahora que todo luce más adulto y adusto. Y mucho más adulterado.

Cuando la Defensa Civil irrumpía en el barrio con sus tanquetas y anfibios, la fiesta se hacía ya un carnaval. Había que escaparse de la casa. Había que saltar sobre aquellos vehículos de verde olivo, que para nosotros no significaba el color vil del odio, sino todo lo contrario: era como si fuéramos indios de miniatura, contentos de ser descubiertos y salvados por los militares (muchos de los cuales eran nuestros propios tíos y padres).

Cuando el ciclón se alejaba de Cuba sin decirnos ni adiós, era una decepción trágica, desconsolada. Una traición a nuestra esperanza de aventuras e historias para contar en la escuela después que todo pasara. Era como si el ciclón nos estuviera rechazando, sin nosotros haberle hecho nada. O, peor, como si nos dejara plantados a la puerta de un espectáculo que no sabíamos si alguna vez volvería con tanta furia como lo imaginábamos.

Ah, pero cuando un huracán nos golpeaba y bien golpeados, entonces era maravilloso ver cómo mi casa de tablas centenarias se pendulaba bajo las ráfagas, como un barquito de velas en un océano de horror y novelas leídas o películas memorizadas, mientras mi abuela prendía velas e inciensos y lanzaba sus oraciones con una expresión espantada. Mi pobre abuela Braulia, por parte de madre, que ya no tiene velas, ni inciensos. Ni cara.

Los días siguientes eran los de la recuperación (¿recuerdan esa palabra, recuperación?). Poco a poco volvía la luz, electrificando los parches de una Habana remozada en sus ruinas, recién bañada y sin peste a guerra, silenciosa y sensual. Una Habana vana donde había que por fuerza enamorarse (yo desde los 8 o 9 años ya me enamoraba de por vida varias veces a la semana), y donde todos y cada uno de sus habitantes habíamos sobrevivido a Frederick, a Allen, y a quién sabe a cuántos amigos de aire arremolinado y lluvia que nos golpeaba en las mejillas, acaso como imitación de una nieve imaginada. Que caía no del cielo, sino del futuro.

Hoy es Irma. El futuro se nos fue para casa del carajo. La Revolución Cubana es cadáver. Fidel Castro está por primera vez muerto, y no correrá al Instituto de Meteorología a guiar, con sus dedos déspotas y demenciales, al huracán de turno que le disputaba el gobierno de nuestro país (mejor dicho: su país), entre los pronósticos del siempre medio apenado Licenciado Rubiera (¿recuerdan esa palabra, Rubiera?)

Hoy es Irma y da la impresión de que en Cuba no queda nadie, de que el huracán en su venganza recorrerá un páramo desierto, desertado. Hoy es Irma y sus bajas presiones y altas velocidades arrasarán la casa de nadie. Porque la tristeza de los cubanos a estas alturas ya no es medible en ninguna cantidad de hectopascales.

[Septiembre de 2017] 

Viernes, 5 de Marzo

 

A la vuelta de la esquina

jueves, 4 de marzo de 2021

El ocaso del libre indirecto

 

Campeón de Copa 1975
Camacho, Benito, Miguel Ángel, Rubiñán, Uría y Pirri.
Amancio, Del Bosque, Santillana, Vitoria y Roberto Martínez.
Rubiñán y el difunto Vitoria acabarían en el Burgos

Francisco Javier Gómez Izquierdo

       Tengo muy repetido en Salmonetes... mi querencia por la Copa por haber vivido partidos de mis equipos como si fueran episodios de los argonautas de Jasón en busca del vellocino de oro. Era consciente de que el título nunca sería de mi Burgos de antaño o mi Córdoba de hogaño, pero ¡qué partidos a vida o muerte! Los aficionados más veteranos quizás recuerden una final Atlético de Madrid-Real Madrid, la última en vida de Franco, cuando aún se llamaba del Generalísimo, que acabó 0-0. Leí entonces y se me quedó en el desván de la memoria hasta hoy, que era el partido perfecto. Grandes jugadas, paradas extraordinarias de Reina y Miguel Ángel, un punto de polémica por si un cabezazo de Becerra entró o no entró y por último la consagración de Miguel Ángel como héroe del día frente a la escasa justicia de los penaltys a los que todos agradecemos la emoción que reparten. El fútbol es sobre todo eso, emoción, y ayer se apoderó de todos nosotros como sólo se apodera cuando el partido es a vida o muerte entre equipos parejos. Incluso sin que los equipos sean parejos. Tras el 3-0 del Barcelona al Sevilla se habla de justicia e injusticia, de penaltys, de expulsiones, del nefasto VAR... pero los hinchas del Burgos y Córdoba disfrutamos de 120 minutos de fútbol como los quieren los guionistas del Neflix ése para sus series. A mí me parece que lo del VAR está inventado para el espectador de sofá, pero hoy no toca dar la vara sobre mi demonio particular.
      

Lo que sí me gustaría dejar constancia es de una desaparición que ha ido arraigando entre árbitros sobre todo, jugadores, comentaristas y demás "enteraos" que en el fútbol "semos". Me la recordaron los locutores de la cadena 5, entre los que estaban los delanteros Kiko Narváez y Morientes. En una mano que pareció involuntaria de Lenglet, los locutores nos descubrieron que además del VAR hay una Pitia de Delfos en la cadena SER que interpreta el Reglamento con un libre albedrío sólo al alcance de su inhumana sabiduría. En el fútbol modernísimo puede que sea penalty lo del defensa francés. Tontería es que a los ortodoxos no nos lo parezca, pero en el partido de ayer se produce una jugada curiosa que rumié sólo en la soledad del salón porque llevo tiempo convencido de que éste no es el fútbol que aprendí, no "pasando 20 años en los juveniles" como el Selu, sino 50 en las gradas de muchos campos. Ni la Pitia de la SER, ni los locutores de la 5 entraron en valoraciones y ¡mire usted!, concedo penalty a "lo de Mingueza" con Ocampos, pero creo que el lance en el Reglamento es libre indirecto, una infracción que no se pita en las áreas no sé si por miedo, ignorancia o reforma de la Norma. ¡¡¡¡Piiiiiiii!!!! "Indirecto... Juego peligroso..." te decía Santamaría Uzqueda, hoy delegado del Valladolid y colegiado haciendo méritos en Pallafría cuando de verdad éramos juveniles en el San Juan de Burgos. La obstrucción también era indirecto como lo era cuando el portero se ofuscaba y cogía por segunda vez el balón tras soltarlo al suelo. He visto muchas manos involuntarias en el área que los Iturraldes y sus devotos sentencian como penalty, pero lo de convertir en directo lo indirecto a mí más me parece vicio adquirido por los sobones malandrines del Reglamento que virtud televisiva, pero ¡claro está!, las tonterías de un servidor son ya consideradas como cuitas de cascarrabias.
      

¡Muy buena la Copa de anoche! Excelente.

Los Ceaucescus

  

Ceaucescus, Tiernos, Carrillos

Ignacio Ruiz Quintano

Abc


    Llegados a los 70, no se sabe qué traerá más cuenta, si lanzarse por el Viaducto o retirarse a un garaje a esperar la muerte por falta de repuestos.


    Nuestro primer filósofo, Santayana, felicitó una vez a su tío Nicolás por su vigorosa salud, y el tío, que era canónigo, meneó la cabeza: “‘Senectus isa morbus’ –dijo–. ¿Entiendes eso?”


    –Yo entendía, claro está, “senectus” y “morbus”; pero ¿qué era “isa”? Sonaba como el griego para “igual”. ¿Era latín? Sí, me dijo, significaba “en sí”. ¡Ah, “ipsa”! La vejez es en sí una enfermedad. Pero ellos lo pronunciaban “isa”.


    Para curarnos de la enfermedad de la vejez una diputada holandesa de nombre Corinne y de aire caballar pregunta por qué a partir de los 70 hay que dar a los pacientes “una nueva válvula cardíaca, una cadera artificial o un costoso tratamiento contra el cáncer”. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?


    El Estado de Bienestar ha echado sus cuentas: subir la edad de jubilación a los 70, entonces los dejas caer y ¡adiós al problema de las pensiones! Cuentan con un pez gordo detrás (Wittgenstein, nada menos): “La muerte no es un acontecimiento de la vida: no vivimos para experimentar la muerte”. ¿Válvulas? ¿Caderas? Lo sentimos, estamos en teletrabajo. Pásese por la ermita de San Amaro, en Burgos, y se prueba algún exvoto.


    Allá por los 70 un estropajoso Carrillo proponía de modelo de Estado de Bienestar el de Ceaucescu, y nos reíamos. En la Rumanía de Ceaucescu echaban serrín a los chanchos para calmarles el hambre. Por supuesto, nos reíamos. Ahora un vendedor de pecés, Bill Gates, propone alimentarnos con carne artificial (el serrín de los chanchos) a nosotros, y pasa por genio.
    

En los 70, precisamente, fue la moda de quitarse años en el carné de identidad los que no podían quitárselos de la cara. Y también nos reíamos. La trapisonda ha tenido luego una pega: el retraso en la edad de jubilación. A cambio, eso sí, le arañas unos años a la picadora de viejos de Corinne, la caballa (“Scomber scombrus”) holandesa.

[Jueves, 25 de Febrero]

Una lección de periodismo



A los lectores jóvenes,
 para ayudarlos a entender una campaña periodística contra quien fuere
 
Julio Camba
Madrid, 17 de Julio (1934)

¿Conocen ustedes El periodismo en veinte lecciones, de Robert de Jouvenel? Es un opúsculo delicioso, en el que, bajo una apariencia didáctica, se ponen al descubierto todos los trucos, artimañas y martingalas del arte de escribir periódicos. Veamos, para muestra, la lección destinada al periodismo polémico: “En el periodismo polémico –dice Jouvenel– no hay que andarse con remilgos. ¿Que Tartempion no ha pagado todavía esta semana la nota de su lavandera? Pues no vaciléis en llamarle Tartempion el ladrón. ¿Que el desdichado vive pobremente en una buhardilla? Pues afirmad que se oculta en una madriguera”...
 
Naturalmente, El periodismo en veinte lecciones es un libro satírico, pero, como su autor no se ha creído en el caso de manifestarlo así, ¿qué tiene de particular el que El Socialista lo haya tomado al pie de la letra y haya estudiado en él su técnica polemística? La cosa, sin embargo, es sumamente curiosa. No hay ya nadie en el mundo que imite directamente la literatura de los libros de caballería, pero son muchos, en cambio, los que, tomando el rábano por las hojas imitan de buena fe aquella parodia con que Cervantes la dejó en ridículo para siempre: “Apenas había el rubicundo Febo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra..., etc., etc.” Tampoco hay ya nadie que cultive el periodismo polémico en esa forma de la que Jouvenel se burla tan donosamente; pero cae un día el libro de Jouvenel en poder de El Socialista y, desde entonces, cuando El Socialista quiere polemizar con alguien, toma como modelo del género lo que es su más cómica y divertida reducción al absurdo, con un resultado mucho más divertido y mucho más cómico todavía.

¿Que yo, por ejemplo –modesto Tartempion español–, paseando un día por la calle Alcalá, me tropiezo con mi ilustre amigo D. Melquiades Álvarez, y me voy con él a tomar un vaso de horchata? Pues, al día siguiente, El Socialista me pondrá como no digan dueñas anunciando a los cuatro vientos mi ingreso en el Partido Liberal Demócrata. ¿Que otro día, jugando en el Círculo de Bellas Artes mi partida habitual de dominó con D. Fidel, le ahorco al hombre el seis doble tres o cuatro veces seguidas? Pues no tardaré más que horas en ser denunciado ante la opinión pública como un profesional del juego. ¿Que en una discusión de café se me ocurre afirmar que España es un país de formación católica? Pues la cosa está clarísima: es que pertenezco a la Adoración Nocturna. ¿Que, un poco fatigado, en fin, de la vida de Madrid, me voy a pasar una semana a la finca de algún amigo? Pues, no cabe duda. Soy un parásito y vivo a expensas de numerosos mecenas... Todo esto, en efecto, me suele decir El Socialista en artículos rabiosos que generalmente no ocupan menos de una columna de su primera plana, y que me harían concebir una idea exagerada de la importancia que me concede el diario obrero si, al mismo tiempo que este diario me cubre de injurias, no se cuidase de advertir que yo no tengo para él importancia alguna, que mis artículos sobre los magnates de su partido no le dan frío ni calor y que le produzco verdadera pena, porque no le causo el menor daño, y él quisiera, al parecer, que le causara un daño muy grande...
 
Últimamente, y después de llamarme ex humorista –con lo que demuestra bien a las claras que, si mis artículos le hacían antes alguna gracia, lo que es ahora le hacen muy poca–, el órgano de las clases trabajadoras afirma que, al atacar a los líderes socialistas, lo hago para asegurarme una colaboración en ABC, halagando los sentimientos monárquicos de su director. ¿Qué tal? Si El Socialista me acusara de haber empeñado el reloj de Gobernación para no tener que escribir durante una temporada en ningún periódico, es posible que alguien se lo creyese, pero ¿quién que me conozca, por lo menos de oídas, se va a tragar eso de que yo haga tal o cual cosa, ni digna ni indigna, a fin de garantizarme una vida sin trabajo? ¡Halagar los sentimientos monárquicos de una empresa periodística para asegurarme una colaboración en sus publicaciones!... ¿No me confundirá El Socialista con su distinguido correligionario D. Luis Araquistáin?
 
Pero no es mi propósito rechazar las pintorescas imputaciones de El Socialista, sino, al contrario, suponer que son ciertas. Supongamos, pues, que yo vivo del juego, de los mecenas y de los monárquicos, y que, al mismo tiempo, me estoy muriendo de hambre, según afirma también el diario obrero. Supongamos que pertenezco al Partido Liberal Demócrata y a la Adoración Nocturna. Supongamos, en fin, ya que El Socialista tiene tan poca imaginación, que me como a los niños crudos, o, por lo menos, asados con unas patatitas. ¿Y qué? Yo no soy una entidad política ni una organización social, sino un señor particular y no hay paridad posible entre el Partido Socialista y yo para que, si yo afirmo, por ejemplo, que el Partido Socialista está arruinando a España, vaya el Partido Socialista y me conteste diciendo:
 
Pues usted, que habla tanto, se pasa todas las noches en el cabaret, con unas pelanduscas, bebiendo whisky hasta las mil y quinientas...
 
La cosa sería bastante cómica; pero esto, al fin y al cabo, podría pasar. Lo que no puede pasar, de ninguna manera, es que los dirigentes del Partido Socialista quieran convertirse en acusadores de nadie. Su papel es el de acusados y, mal que les pese, tendrán que resignarse a él.

HACIENDO DE REPÚBLICA
EDICIONES LUCA DE TENA, 2006

Jueves, 4 de Marzo

 

El tótem de España

miércoles, 3 de marzo de 2021

¿Qué es la democracia? (Dos aproximaciones)

 

A diez años de una conferencia de Gustavo Bueno

CLIC



Una definición positiva del concepto (según el pensamiento de Antonio García-Trevijano)
 

Vía Fernando Caro

Traductor de Alexis de Tocqueville

La Casa Grande


 

Ignacio Ruiz Quintano

Abc


    Que la derecha socialdemócrata española venda el edificio del partido no es ningún disparate. Para pastelear jueces como quien sexa pollos o cata melones se necesita un obrador, no una casa. Luego, para firmar el pastel, siempre está el truco de Cebrián cuando firmó el contrato de jefe de propaganda de Franco:
    

Mirando interiormente para otro lado, tomé el papel y estampé mi rúbrica.
    

Mas los viejos creen que lo de Casado vendiendo Génova por la derrota en Cataluña es como si Cerezo vendiera el Wanda porque perdiera la Liga. Un hombre, les dice Chesterton, no desea tener simplemente un techo sobre sí y una silla debajo: “quiere un reino visible y objetivo”. Es el “¡Que no vendas tú, ‘manque pases jambre’, / tu ‘mantón bordao’!” de la seguidilla gitana que hubiera podido cantar Teo en una película de Florián Rey. Los invade la poesía del crepúsculo en la elegía pemaniana de la Casa Grande: el solemne portero de librea que aparece vestido de dril, los balcones entreabiertos que dejan ver los fantasmas, el piano de Mariano que enmudece, un asta de bandera abandonada, y sobre la gran puerta, el águila bicéfala, que es un charrán, que pierde un ala y una pata.
    

Me han dicho que venden ustedes algunas cosillas… Me han hablado de un sofá con pata de garra.


    ¡El sofá de la independencia judicial!


    Dice un amigo que la venta de Génova le recuerda la venta de un sofá que había junto a los vestuarios de su club de golf donde sorprendieron a un socio practicando el sexo con la legítima de otro socio. Un escándalo. La junta se reunió de urgencia. No había precedentes, y la decisión fue… retirar el sofá, como en el chiste de la época nazi en que un buen hombre, Otto, engañado por su esposa en el sofá de su casa, pide una solución a su amigo Fritz.
    

Es muy sencillo –le dijo–, vende el sofá.
    

El sofá es el amor bandido de Don Juan y Doña Inés. Para el amor puro de Romeo y Julieta está el balcón, pero no hay folio para hablar del balcón de Génova, 13.

[Miércoles, 24 de Febrero]

Entrevista con Hannah Arendt


 
Hannah Arendt

Miércoles, 3 de Marzo

 

Adalid español

martes, 2 de marzo de 2021

Poder judicial


 

Ignacio Ruiz Quintano

Abc


    Mientras la juventud sana que sólo bebe horchata revienta las tiendas de las firmas que más la adulan en la publicidad, el líder de la clase media española, Pablo Casado, en aras de la concordia, y a base de consenso, es decir de reparto (reparto del botín llama Ortega al espíritu de concordia), salva la independencia del poder judicial.
    

¿Qué es el Tercer Estado?, pregunta el abate Sieyes, y contesta famosamente: “Todo”.
    

¿Qué es el poder judicial?, podemos preguntar nosotros. Y la única respuesta es: Nada. En nuestra Constitución, obra de un ingeniero agrónomo y un director teatral, da para un título, pero no recuerdo ningún artículo que hable de él. El “poder judicial” de los constitucionalistas es como el “drógulus” de los positivistas lógicos.
    

Suponga, padre –dice el filósofo Ayer al padre Copleston en la BBC–, que digo “Hay un drógulus allí”, y usted dice “¿Qué?”, y yo replico “Drógulus”, y usted pregunta “¿Qué es un drógulus?” “Bueno, digo yo, no puedo describir lo que es un drógulus porque no es la clase de cosa que usted pueda ver ni tocar, es un ser incorpóreo. Está allí. Hay un drógulus justo detrás de usted, espiritualmente detrás de usted.” ¿Tiene eso sentido?
    

La teoría política procede de la teología y toda la literatura que produce no es sino ejercicios de metafísica. La Asamblea Nacional de los franceses del 91 tomó la idea del poder judicial de la Constitución americana del 87, sin ver que el invento americano era cosa de un régimen federal, pero los perdió Montesquieu, el barón de los malentendidos.
 

El poder judicial –explica Hamilton, su creador– no influye ni sobre las armas, ni sobre el tesoro: no dirige la riqueza ni la fuerza de la sociedad, y no puede tomar ninguna resolución activa. Puede decirse que no posee fuerza ni voluntad, sino únicamente discernimiento, y que ha de apoyarse en definitiva en la ayuda del brazo ejecutivo hasta para que tengan eficacia sus fallos.
 

Por eso aquí los comunistas están ya en el sovietismo de la jurisdicción.

[Martes, 23 de Febrero]

Los ruidos madrileños



Éste es Madrid, mister Walker, y aunque a su paso por él haya oído usted hablar de fascismo o de comunismo, no haga usted caso. Con el pueblo italiano se habrá hecho una masa, con el alemán una pasta y con el ruso un engrudo, pero, con el pueblo de Madrid, es muy probable que nunca se pueda hacer nada ni malo ni bueno...


Julio Camba
Abc, 1935

Jimmy Walker, alcalde que fué de Nueva York hasta hace cosa de un par de años, no comprende el escándalo que suelen armar nuestros automovilistas cuando, en un cruce callejero, se encuentran detenidos por la luz roja.

¿Qué adelantan—pregunta—poniéndose a tocar sus bocinas si, por mucho que aturdan al agente del tráfico, éste no puede reducirles el tiempo de espera?

Verdaderamente, y, a no ser que busquen una compensación a su propio fastidio, procurando fastidiar a los demás, no parece que adelanten gran cosa, pero conviene tener presente que esos automovilistas son españoles y que el español se resiste siempre, por instinto y con todas sus fuerzas, a que lo traten en masa. De ahí que, al tropezarse con la luz roja, cada automovilista frene y se detenga a fin de ahorrarse una multa, pero, una vez que ha cumplido así con las regulaciones de tráfico, se pone a tocar su bocina como si quisiera decirnos:

¡Eh, señores! Que estoy aquí. En este momento no puedo avanzar ni retroceder y parece como si careciera de existencia real, pero estoy aquí. Esta masa de coches de la que circunstancialmente me encuentro formando parte, no absorbe, ni mucho menos, mi personalidad individual. ¡Eh, guardias, público, sociedad entera que me oyes! Yo, Don Fulano de Tal, propietario de un cuatro cilindros de segunda mano, estoy aquí en este cruce detenido como un cualquiera por las Ordenanzas municipales...

Naturalmente, lo que hace Don Fulano lo hace también don Zutano, Don Mengano y Don Perengano. Lo hacen los coches particulares y lo hacen los taxis. Lo hace todo el mundo, en fin, y aquello es una algarabía espantosa. Los grandes coches dejan oír unos bocinazos graves y petulantes como toses de ministro, pero los que más chillan suelen ser los pequeños, lanzando al aire unas notas agudas, que remedan el bucólico balido de los corderillos en el campo.

Bée..., bée...

Mientras tanto, los peatones desfilan jactanciosamente ante la masa de coches, cuyos motores rugen de rabia ante aquella provocación. A veces parece que un coche, no pudiendo aguantarse más, se va a arrancar detrás de un transeúnte, dispuesto a cazarlo o a perecer en la demanda, pero en esto viene el cambio de luz. Los coches empiezan a avanzar distanciándose unos de otros y dejando de ser una masa amorfa. Cada cual tiene ahora otra vez su autonomía, y, como rueda libremente, debiera hacer sonar el claxon para advertir de su presencia a los transeúntes, pero ahora, cuando el claxon o la bocina podrían ser de utilidad general, ahora precisamente no hay coche alguno que los toque...

Los papeles se cambian. Al avanzar los coches son los peatones quienes quedan detenidos en ambas aceras de la calle y, claro está, los peatones no tienen bocinas, ni claxons, ni sirenas, ni ninguna suerte de instrumentos con que poner de manifiesto sus personalidades individuales dentro de la gran personalidad colectiva, pero esto no quiere decir, ni mucho menos, que acepten de buen grado su momentánea condición de hombres-masa. Nada de eso. Unos increpan a los guardias. Otros, silban. Otros arman bronca. Quizá alguno, con dotes artísticas especiales, se ponga a hacer el gallo o la codorniz, y, desde luego, todos procuran demostrar su ingenio y salir del anónimo.

Éste es Madrid, mister Walker, y aunque a su paso por él haya oído usted hablar de fascismo o de comunismo, no haga usted caso. Con el pueblo italiano se habrá hecho una masa, con el alemán una pasta y con el ruso un engrudo, pero, con el pueblo de Madrid, es muy probable que nunca se pueda hacer nada ni malo ni bueno...

HACIENDO DE REPÚBLICA
EDICIONES LUCA DE TENA, 2007

El Cid y su faena de Otoño en Madrid


Manolo Vázquez, José Escolar y J. R. Márquez
 en el Premio ABC al Cid


José Ramón Márquez

El Cid es una trinchera, una frontera, un clavo ardiendo. El Cid es, hoy por hoy, la última esperanza blanca, el último torero de verdad, de como antes eran los toreros. Un héroe. El torero que jamás vetó una ganadería, ni a otro torero, que en eso simplemente estriba el poderío; el torero que resistió todas las presiones y que jamás puso su nombre junto a un grupo empresarial, ni junto a unos apoderados mayoristas, porque quiso manejar sus cosas él solo, como los de antes.

-Yo tuve la suerte de que el éxito me llegó ya mayor.
 
Eso me dijo un día, acaso en Burgos, explicando su especial manera de ver el éxito, que jamás se le subió a la cabeza, sabedor, como buen cristiano, de cómo usualmente las cañas se tornan lanzas, como explicado queda en el Evangelio.

Cid es, como Guerrita, víctima de su oficio, de su conocimiento, de su suficiencia. Pero para el ignaro es sólo un hombre con suerte:
 
-¡Hay que ver la cantidad de toros buenos que le salen al Cid! -clama el que se cree que chana.
 
Y si eso fuese cierto, si Cid fuese un hombre tocado por la baraka, no se entiende que en vez de torear toros, cualquier toro que le echen, no haya dedicado sus empeños a jugar a la Lotería Primitiva, o a la ruleta en Las Vegas, que dan  más dinero y se pasa mucho menos miedo, en vez de ponerse a matar toros de Victorino.

Hace una semana, en Las Cuevas de Luis Candelas, un grupo de aficionados hablábamos de El Cid y volvió -¡cómo no!-  a salir el tema de la suerte:

-Don Luis Fernández Salcedo -dije-, hablando de Guerrita, explicaba que a ese gran torero se le censuraba la suerte que tenia con los toros, y pensándose que acaso los ganaderos seleccionaban los mejores para él, se puso de moda ya para siempre lo del sorteo; pero nadie echó cuentas de que después de imponerse el sorteo, Guerrita seguía teniendo la misma  “suerte” en los sorteos... pues lo mismo la pasa a Cid que, como en el caso de Guerrita, a lo que sea lo seguimos llamando suerte por no llamarlo conocimiento, oficio, buena cuadrilla, claridad de ideas, generosidad...
 
A muchos que van a los toros esto no les importa, porque ellos van a lo del arte. ¿Y a quién le importa el oficio, el conocimiento, la sabiduría,  si estamos en lo del arte?

Para otros, cada vez menos, y justo es reconocer que la mayoría somos de Madrid o somos asiduos a la Plaza de Las Ventas, El Cid representa el último eslabón de una cadena que -Dios no lo quiera- termina en él. Tuvimos la suerte en Otoño de contemplar en nuestra Plaza una gran faena, maciza, asolerada, clásica, que principia en dos delantales y una larga, donde templa perfectamente la embestida del toro, y luego continúa en cuatro verónicas y una espléndida media, muy sevillana, echándose el capote a los riñones en el remate. Luego, en el inicio de la faena de muleta, Cid empieza con «la mano de los biyetes», en el mismo terreno donde el toro se le entregó en los delantales -digamos que aquí se demuestra que Cid piensa en el toro y sabe de terrenos- y crea una impresionante serie de una verticalidad ascética en la que mueve al toro, perfectamente toreado, embebido en el vuelo de la muleta, resolviendo cada muletazo con la reciedumbre de su prodigiosa muñeca. Cid, purísima claridad, línea clara de la verdad del toreo, traza sus muletazos poderosos en esa primera serie como quien bendice, sin imponerse con violencia al animal, sino dejándole la ilusión de que eso es sólo un juego que acaso el bicho pueda llegar a ganar, demostrando a los tendidos la enorme suficiencia de quien negocia con un oponente a quien el torero, desde su conocimiento, ya da por vencido. Viene continuación una segunda serie de naturales que no baja en intensidad, en el mismo terreno, siempre a la distancia adecuada, siempre la muleta por delante, en la que reitera nítidamente los mismos argumentos basados en la verdad, en hacer ir al toro por donde no quiere, serie en la que Cid plantea descarnadamente la negación de la asquerosa y falsa seudotauromaquia que nos tratan de colocar todos los días, a todas las horas.

Con la plaza rugiendo, en el mismo terreno, Manuel Cid busca la distancia y vuelve a citar por naturales prolongando si cabe aún más la embestida, rematando perfectamente cada muletazo a base de mando, mucho temple y más dominio. En esa serie su figura erguida, su impecable naturalidad es un clamor de torería y de verdad y vuelan emocionadamente junto al torero los recuerdos de todos los grandes.

Después, agarra el estoque verdadero y se lleva al toro hacia el tercio del 9; ahí le mete una tanda por el derecho, rematada con guapeza y gran torería con un pase de trinchera que es un cartel de toros y después de otra porfía en redondo, un soberbio pase de pecho forzadísimo en el que se pasa el toro entero de cabeza a rabo por delante. Luego pasa la muleta de nuevo a la izquierda para finalizar la faena citando de frente -Manolo Vázquez- y engarza preciosamente ese natural con el siguiente ofreciendo el medio pecho, con la pata adelantada -¿no decían por ahí que eso no se puede hacer?- y la muleta adelantada -¿no habíamos quedado en que eso pertenece a la prehistoria del toreo?- y después, el ayudado. Sublime.

Esa faena inigualable, clásica y maciza fue la piedra de toque suficiente como para hacer a Manuel Cid merecedor al Premio ABC, que se le ha entregado hace un rato. Me cabe el honor de haber sido miembro del jurado que, en estos tiempos de turbación, de mudanza y de confusión, tomó la valiente decisión mayoritaria de premiar en El Cid todo lo que hoy en día no se estila: la torería, la hombría, el clasicismo, la pureza, la verdad.


 David Gistau entre don Eduardo Miura y el Conde de la Maza,
 anoche, en ABC

Martes, 2 de Marzo

 

Valle de Esteban

En gallinas regaladas
Tener pepita es gran daño


lunes, 1 de marzo de 2021

En la muerte de Quique San Francisco

 

LA PROEZA BERGMANIANA DE CAMPOFRÍO

Hughes

Abc
 
Los anuncios tienen la virtud de retratar el espíritu del momento, el zeitgeist, por expresarlo de alguna manera.


El de Campofrío es estupendo para eso. Este año saca a Quique San Francisco haciendo de Muerte. De parca, una representación clásica. Empieza en Madrid y acaba en Montserrat, por cierto, nada casual, en la única metafísica admisible, Montserrat (con ojos PSC) como mirador espiritual de Estepaís, con un diálogo final entre San Francisco, ya no Muerte, y la pareja Buenafuente-Abril.

El anuncio está muy bien. Ya se ha visto mil veces, pero me lo cuento a mí mismo (como si fuese una internada de Lucas Vázquez). San Francisco sale de un teatro vestido de Muerte y es ignorado por completo. Es invisible. Nadie le ve, nadie le quiere ver. Le ignoran en el centro de una calle populosa de Madrid. Sólo María Galiana, por entrada en años y por sabia, le mira a los ojos. Lo hace por algo, no por nada, lo hace porque, ya en la vejez, vivió de una determinada manera. “Siempre hice lo que quise” (escribo de memoria).

El anuncio retrata el estado espiritual del país. La Muerte no existe (lo que explica algo de la reciente Ley de Eutanasia: da votos quitar de encima un desasosegante problema metafísico). No sólo no existe, es que esto dicta una forma de vivir: hedonismo (cárnico, en este caso: démosle sanamente al choricillo), un hedonismo libérrimo en que el Yo dicta sus leyes y propiedad (María Galiana).

El anuncio es fantástico, en mi opinión, porque retratando esto también nos permite abrir otra puerta. El actor elegido para representar la muerte es Quique San Francisco, un hombre con mucho sentido del humor, admirado, y al menos un poco de derechas. Le cae bien a todo el mundo, cómo no verle. Está rodeado de Echanove, Buenafuente, Abril, Rhodes… El efecto de esto es interesante porque ayuda a entender, sin decirlo, una función de la muerte.

Es un viejo tópico que la muerte hace soportable la vida. La muerte, la idea de morir, hace que nuestra vida sea apasionante, nos incita a vivirla. Esto está en el fondo del anuncio y de la actitud general hacia la cuestión. No está la muerte pero está su idea, lo que empuja a vivir. La muerte hace mejor la vida, hace incluso soportable la Vida, y esto lo refleja también el anuncio, que es solo soportable por Quique San Francisco. El papel de San Francisco es fundamental, igual que la idea de la muerte es fundamental.

Vivir es mejor porque sabemos que nos vamos a morir. Eso da fondo, peso, sentido a nuestra existencia. La vida es vivible porque nos moriremos. Y el anuncio es soportable porque está la muerte (Quique San Francisco). Porque… ¿qué sería sin ella/él? Sería lo otro: Echanove, Buenafuente y Rhodes… ¿No está claro, no lo están diciendo claro? Sin la Muerte / Quique San Francisco lo que es vivible se hace invivible. Sin la muerte, la invivibilidad de la muerte se traslada a la vida y todo se haría menos soportable o incluso insoportable.

Ahí está el doblez espiritual del anuncio genial de Campofrío. No sólo su retrato sociológico de esta España, sino su visión metafísica de largo alcance, su gran enseñanza.

¿Qué es la vida sin la muerte? ¡Es Buenafuente-Rhodes-Echanove! La vida que parece tan bonita, o al menos soportable (con unas lonchas de salchichón), se hace insoportable sin la Muerte, igual que el anuncio se hace intolerable sin Quique San Francisco. Sin la certeza de que nos moriremos, la vida no es más bonita, no, ¡la vida sería terrible! Tan terrible como una conversación Sabadell de Buenafuente-Rhodes desde Montserrat o quizás desde el Tibidabo (con Loquillo haciendo duduá). ¿Acaso no nos tiraríamos Montserrat abajo? ¿No sería el suicidio la solución?

El anuncio es tan sublime que no sólo muestra la importancia de la Muerte, es que en su retrato de la esencial insostenibiliad de la Vida sin ella, nos sugiere cuál sería la solución.

Sin la Muerte / Quique San Francisco, es muy posible que nos acabáramos suicidando. Es casi seguro. Ni siquiera el salchichón nos salvaría. Lo dejaríamos en la mesa, nos despediríamos de Buenafuente y nos tiraríamos al abismo.

De este modo genial, Campofrío ha conseguido que actores y, digamos, humoristas españoles hayan hecho, por fin, una obra casi bergmaniana de profundidad metafísica retratando la horripilancia de la Vida sin la Muerte, la radical invivibilidad de la vida desnuda de muerte.
 

No hemos de vivir galianamente de espaldas a la Muerte, hemos de entender, por la cuenta que nos trae, que la Muerte es necesaria para no caer en el infierno en Vida que representan (genialmente) el triángulo Buenafuente-Abril-Rhodes.

¿Ha hecho algo así el “Audiovisual” español en los últimos años? ¿Ha sido capaz de una proeza semejante? Han logrado nada menos que resolver una ecuación metafísica despejando una variable incógnita: cómo sería la infinitud.

Campofrío nos ha asomado al borde del abismo metafísico retratando lo que sería radicalmente invivible y la Muerte en Vida, es decir, la Vida sin Muerte. Le ha quitado al fruto de la vida el huesecillo de la muerte. El triángulo actoral Buenafuente-Abril-Rhodes es la Vida “infinitada”, ciega a la muerte, ajena a su sentido y a sus límites. Lo mondo de la vida.
 

Sin el “morir” (cito siempre aquí a Toñín el Torero que dice “Hala madrid hasta el morir”, haciendo más gozoso su madridismo, su Halamadrid), sin ese “el morir” la Vida no se hace más vivible, se hace menos. Este anuncio genial, con su sabia elección del reparto, nos lo ha hecho entender captando la esencial invivibilidad de la Vida sin cementerios.

La zarza lobera


Belmondo

Ignacio Ruiz Quintano

Abc


    El Atlético, cosa que ya veíamos venir, está en la zarza lobera, último refugio de la liebre perseguida por el Cigüeño.


    El Cigüeño era el galgo del Séneca de Pemán, con cara larga y achatada de serpiente, manchada de canela, que apoyaba suavemente sobre el hombro de su amo. “¿Qué haces, Séneca?”
    

Consuelo al Cigüeño, don José. Lo matriculé este año, como todos, en las carreras de liebres... Y ahí lo tiene usted: él, cargado de victorias, ha sido descalificado. Es su jubilación.
    

¿Una injusticia? “No; justicia pura. Corría en el llano de ‘la Ina’. Usted sabe que en él, rompiendo la igualdad de la gran sabana verde de tréboles y gramilla, hay un solo mechón más alto, formado por unos escaramujos y una zarza lobera. Cuando las liebres se han visto acosadas por los galgos en varias direcciones, sin caer en sus dientes, acaban siempre refugiándose en esa trinchera de ramas y púas que les sirve de perdedero. Muchas se han salvado allí... El Cigüeño ha corrido demasiadas veces en ese llano. Cuando le soltaron hoy, para la prueba, mientras su compañero se disparaba tras la liebre, el Cigüeño se fue con un trotecillo casi sonriente, y, desentendiéndose de la carrera, se plantó a la vera de la zarza. Allí esperó a pie quieto. Créame usted, don José, que me pareció que se sonreía con su larga boca negra de diablo. A los pocos minutos, la liebre llegó a refugiarse en la trinchera. La cazó de un salto... Momentos después, el señor marqués, que era juez de la carrera, lo descalificaba con lágrimas en los ojos. Me lo trajo con pena, y me decía: ‘Se trataba, amigo Séneca, de ser ligero, no de ser listo’.”
    

¿Llegar a tanta sabiduría no es más maravilloso que llegar a tanta velocidad?
    

No lo crea usted, don José. En las liebres, como en la vida, hay que estar a las reglas del juego. También son maravillosos los ángeles. Pero no servirían para jugar una partida de tute, adivinando ellos cada carta que iba a salir... Todas las cosas tienen su perdedero, su zarza lobera: las mujeres, los negocios, la política... Todo tiene su trampa, su punto de vulgar emboscada, donde la cosa se alcanza sin esfuerzo. Pero esto no debe saberse. Cuando ya se sabe, viene la Muerte, nos descalifica y nos saca de la carrera, para que no hagamos una competencia demasiado desleal a los enamorados, a los trabajadores, a los sencillos; a los que corren derecho, por el llano, detrás de la liebre.
    

El Cigüeño de la Liga es el Madrid de Zidane, y en el fútbol, al contrario que en las liebres, sí vale más ser listo que ser ligero. En una vuelta la liebre de Simeone cobró una ventaja que podía ser definitiva, pero el galgo de Zidane sabía, por viejo, que la liebre acabaría en la zarza lobera, donde sería pan comido darle alcance. Es el temblor de piernas que entra a los que no están acostumbrados a ganar. El empate con el Celta fue el primer aviso de tiritera, y los dos partidos contra el Levante de Morales trajeron la tiritera completa. Menudo atracón de “quoques” en tres días: Coke (Jorge Andújar Moreno, natural de Leganés) contra Koke (Jorge Resurrección Merodio, natural de Madrid), rematado por la merienda de Nachos en Pucela: José Ignacio Martínez García, natural de Madrid, contra José Ignacio Fernández Iglesias, natural de Alcalá de Henares.
    

El sostén del Madrid en la Liga es Courtois, muy por encima del atlético Oblak, que sale del larguero menos que Casillas, pero con su barba francisca pasa por hermano tornero. El espíritu competitivo lo pone Lucas Vázquez. Y luego está Isco, que, como el sábado dejó dicho un tuitero, “es nuestro ministro de Universidades”. Con estas tres cosas, Zidane podría intentar igualar las cinco Ligas de la Quinta del Buitre, que serían las cinco ligas de “la Coviz”. Otra historia es que al Madrid le convenga ganar esta competición, pues en tal caso quedaría automáticamente renovado todo el equipo, y nos quedaríamos sin Mbappé, que no va a venir para ser suplente de Lucas Vázquez. En cuanto a Haaland, no veo yo a Zidane, un tímido a lo Amiel, pegando voces a esa criatura nórdica con labios de Belmondo, dos ruedas de tractor, que refulgiría en el Madrid, vestido de blanco, como una mezcla de  Malena Gracia y Yola Berrocal del área.



Haaland

 

DE RAMOS A ALABA


    Entre las amenazas mediáticas que suenan para el caso de que Ramos no renovara figura la llegada de Alaba, el central vienés del Bayern de Munich. Los vieneses son esos ciudadanos a los que el gran Obama, el Presidente Mejor Preparado de la Historia, pidió perdón en Viena por no saber hablar “el austriaco”, y se quedó tan pichi. Alaba está ya en la edad de procurarse un retiro a la altura de su reputación, y ningún sitio para una vejez elocuente como el del sol español de Valdebebas, según acreditan los Bale y los Hazard. Con Santiago Bernabéu en la presidencia, los veteranos del Madrid parecían los Ulises de Tennyson, felices, pero ansiando la aventura. Oh, tiempos. Oh, costumbres. 

[Lunes, 22 de Febrero]

La Revolución que destruye a los revolucionarios


 


Orlando Luis Pardo Lazo


Conocí a Ariel Ruiz Urquiola a finales de los años noventa, en los laboratorios destartalados de la Facultad de Biología de la Universidad de La Habana, donde no había ni hay agua destilada ni siquiera un vulgar jabón.

Allí soñaba Ariel, el muy loco, con desarrollar un plan de ecología sana para un país intrínsecamente insanable. Para quienes aún no lo saben, a pesar de haber sido una nación con casi cero desarrollo industrial, Cuba es hoy una de las mayores debacles ecológicas del hemisferio. Un desastre, por cierto, científicamente ya irrecuperable, venga o no venga la democracia, con o sin desarrollo económico. Con Ariel libre o con Ariel preso.

Tenía por entonces, mi amigo Ariel, un impresionante proyecto para desarrollar en Las Terrazas de la provincia de Pinar del Río. Y estaba, el pobre, muy ilusionado con obtener todo el imprescindible apoyo gubernamental para ponerlo en marcha con éxito. Por desgracia, en el totalitarismo no hay esfera pública que no sea también pura propiedad estatal. Por eso Cuba es un totalitarismo con todas sus letras, y no simplemente otra dictadura subdesarrollada.

Con los años, Ariel Ruiz Urquiola brilló con una luz tan propia que deslumbraba, al punto de la envidia, a toda la mediocridad marxista de sus colegas.

A pesar de que Ariel hacía amigos al por mayor (con esa risa de dientones de caballo y esa voz estentórea que tanto parodiábamos los que lo amamos), igual estoy seguro de que muchos en Cuba todavía odian a muerte a Ariel. Y no sólo entre la oficialidad. Porque ese es el legado más leal del fidelismo, para qué negarlo: es un hecho que los cubanos soportan cualquier humillación más o menos callados, excepto reconocer la grandeza en otro cubano. Para colmo, Ariel no era así. Por eso, a pesar de su carácter fortísimo propio de toda mentalidad genial, ha terminado siendo no sólo la víctima más reciente de la impunidad de la Seguridad del Estado cubana, sino también una víctima de la insolidaridad intelectual y hasta del desprecio ante cualquier idea diferente y ante todo pensamiento que se destaque de la masa disciplinada.

Mientras Ariel curaba la grave enfermedad de su hermana, a la cual la medicina socialista cubana le negó el tratamiento por considerarla estadísticamente insalvable, Ariel me traía sus cuentos y ensayos literarios para que yo, que se suponía que iba a ser un escritor (después de mi expulsión por problemas políticos del Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología, el 7 de abril de 1999), se los revisara. Eran todos cuentecitos bastante retóricos, como los míos por aquella época, historias llenas de cierto exceso de virtuosismo moral. Y a veces sus ensayos eran más panfletos incendiarios al estilo de un José Martí del siglo XXI.

En ocasiones, yo también ayudaba a Ariel a traducir sus artículos científicos. Él quería salvar lo mismo a cocodrilos que a tortugas marinas que a camaleones paleohistóricos que a moluscos masacrados que a pájaros raros que se pensaban ya extintos en Cuba (acaso hubiera sido mejor que se extinguieran de verdad, con tal de no arrastrar la tara tétrica de tener que seguir siendo cubanos a perpetuidad). De hecho, Ariel mismo a veces me parecía de pronto como un rara avis en la Cuba de Castro, como un bichito extraño que siempre estaba lleno de entusiasmo vital, en medio de una isla infame hasta la enfermedad, envilecida de hipocresía, apatía y cinismo existencial. Una Cuba donde hasta las fiestas son en realidad una celebración funeraria. Reímos, para no hacer más el ridículo, sólo para hacer un ridículo peor.

El Ministerio del Interior cubano, que durante el caso Ochoa destruyó con 20 años de cárcel la carrera de su padre militar (hoy exiliado en España), ahora también decidió destruir a la persona del científico de renombre internacional Ariel Ruiz Urquiola.

No hay que entrar en detalles. Son hechos públicos en la prensa: excepto, por supuesto, en la prensa cubana. Basta saber que todo es mentira y que todo no es más que una trampa que le ha tendido el Estado cubano a Ariel. Hasta su abogado defensor debe de ser también en parte un agente (que me perdone, si no es así: tal vez él ni siquiera lo sepa, siéndolo). Porque Cuba es hoy por hoy un teatro sofocante, un cadalso donde caen día a día los últimos ciudadanos. Un horno horrible del cual la única solución práctica es la fuga en masa, justo lo único que Ariel Ruiz Urquiola decidió no hacer. De ahí el alto precio que el régimen castrista le hará pagar: puede ser un año de cárcel, pero puede ser algo mucho peor. Porque todos sabemos de sobra que su vida en las cárceles cubanas ahora no vale nada.

O casi nada. Dependerá de cuánta visibilidad le podamos dar a este cubano valiente y brillante, para que su nombre resuene como un clamor de injusticia en el resto del mundo. Dependerá de cuánto presionemos a los personeros del totalitarismo donde quiera que se aparezcan fuera de Cuba. Y dependerá, por supuesto, no de conseguir únicamente la libertad de Ariel Ruiz Urquiola (porque mañana sin duda serán otros los Arieles Ruiz Urquiola, como lo han sido ya antes), sino de trabajar todos por la liberación de todos y de cada uno de los cubanos, dentro y fuera de Cuba: una refundación nacional, cuya vía cívica a través de un plebiscito (tal como propone la iniciativa Cuba Decide de Rosa María Payá), cada vez arrincona más a los usurpadores de nuestra soberanía nacional, los retrógrados de verde-olivo en su torre tiránica de la Plaza de la Revolución de La Habana.

[Mayo de 2018]

Lunes, 1 de Marzo

 

 
como el aire de marzo en un espejo