Follow by Email

lunes, 30 de septiembre de 2019

Tranvía a la Malvarrosa, aviones a Bruselas

El rapto de la Economía Pons

Hughes
Abc

Leo no muy sorprendido un artículo de González Pons en Las Provincias en que se pone del lado del alcalde Ribó en su oposición a la ampliación del Puerto de Valencia. Pons sostiene que esto afectará a la Malvarrosa y que será renunciar a la playa: de ciudad con puerto a puerto con ciudad. Pons va más allá y lamenta hasta el AVE, que al final se habría llevado la Valencia comercial y profesional a Madrid.
La actitud de Pons ha sido considerada valiente porque no es sólo valiente, es hasta insólito que alguien del PP se ponga en esto con la izquierda. En Valencia ha sido larga la “batalla” política alrededor de cosas como el Cabañal y la Huerta: la izquierda es conservacionista y dejaría intacto el entorno marítimo y natural de la urbe. Para ellos, habría que tematizar el anillo que rodea la ciudad y dejarlo como “Cañas y Barro”. Son progresistas en todo, salvo en eso. Llegados a ese punto, todo debe quedarse congelado. La derecha, por su parte, ha venido siendo desarrollista. “Construccionista”. Esto, por simplificar.

Ahora va cambiando, Pons quiere que la Malvarrosa se quede como está. Ya no son mercancías lo que mueve la riqueza (me pregunto qué está haciendo China entonces con la nueva ruta de la seda), dice, sino datos y no podemos sacrificar a una forma de economía agonizante (las cosas) un paisaje natural. Es verdad que Valencia tiene en su playa un atractivo turístico, casi una forma de ser que está reencontrando (no tengo bemoles para escribir “identidad urbana”). Pons además quiere exportar pero no importar. Un puerto para exportar, no para traer… ¡un puerto embudo! (esto casa con su visión del AVE: por esa línea se va lo mejor de Valencia a Madrid, pero ¿acaso no llega nada? ¿No traen nada de vuelta? ¿Era éste el entendimiento de las relaciones comerciales y económicas del liberal bruselense, azote de nacionalistas económicos? Pons no es que sea proteccionista, es que roza el peneuvismo).

Pons sueña entonces con una economía formada por trabajadores muy cualificados que desde sus portátiles muevan datos y riqueza mirando el mar en un café de la Malvarrosa mientras les atiende un camarero. ¿Qué podemos ir siendo o haciendo mientras llega la 4ª Revolución Industrial? Servir en el chiringuito de la playa. ¿Resignarnos a un futuro de camareros?

En el Norte de Europa ya han superado lo de los megapuertos, nos viene a decir y aquí dos preguntas surgen inmediatamente (además de la sospecha de una cierta sumisión norte-sur): ¿Acaso no tienen enormes puertos en las ciudades norteñas europeas? ¿Ampliará Barcelona el suyo o se va a dedicar a conservar espacios urbanos? ¿Y Marsella? ¿Repercutirá en Marsella lo que no haga Valencia? Pons tiene un modelo, muy respetable y envidiable: propone naturaleza, entorno y nuevas tecnologías, lo mejor del pasado y lo mejor del futuro, frente al impacto físico de las formas económicas conocidas, transformadoras del entorno. Suena bien, y habrá complejas razones de peso para tomar esto en serio pero… ¿y el trabajo? ¿No se echa de menos el argumento de los puestos de trabajo?

Hace unas horas, Greenpeace felicitaba a Endesa (felicitaba) por cerrar sus centrales de carbón. Un paso en la buena dirección, decían. Pero este cierre dejará sin trabajo a cientos de personas. Las nuevas políticas medioambientales, suponemos que para bien, han hecho insostenible el carbón. Cuando Thatcher cerró las minas, Inglaterra convirtió en un género propio el cine protesta (¿Cuántas pelis de Ken Loach vimos?). Se hablaba de mineros también en tiempos de la reconversión industrial. La cultura de la mina, Víctor Manuel, etc. Pero ahora ¿dónde está esa sensibilidad?

El heroísmo o valentía de Pons es matizable. No cruza una acera de forma temeraria, pues el paradigma está dibujado, es superior y es europeo. En Pons además parece haber algo personal, disculpable, casi sentimental. La experiencia del que viene y va desde Bruselas. Como yo cuando visito mi ciudad, quiere ver la playa tal cual era, los viejos edificios del Cabanyal, la ciudad intacta. Nos parece doloroso que Valencia, como cualquier otro lugar, se vea atropellada o distorsionada por inercias mayores. ¿Nos atreveremos a decir que nos cansa ver a los turistas hacerse dueños del centro? Pons quiere que la ciudad esté como siempre estuvo, con su tranvía llegando a la Malvarrosa. Su tranvía y nada más. Una ciudad un poco embalsamada, grata, hermosa. Que nadie le toque un pelo ni una palmera. Si la conserváramos así y la llenáramos de genios de la economía intangible con nuestro puerto-sostenible-solo-exportador… (Es curioso: ya nadie quiere ser la California del Sur). Pero, de nuevo, ¿y el trabajo? ¿Quién habla del trabajo? Si la derecha se atreve a hablar ahora mal del cemento (¡Jesús, María y José!) y se hace conservacionista y verdedigital, y la izquierda es ecologista y sostenible, ¿quién se está preocupando por los puestos de trabajo? El trabajo es el hecho social y político fundamental. Todo parte de ahí: la vida personal, económica y familiar. La prioridad política, por tanto, ¿debería ser el ambientalismo o debería ser el trabajo?

Hay algo paradójico. Estos partidos son cada vez más prudentes con el medio ambiente, lo cual está muy bien, y cada vez menos con la economía. A las generaciones futuras les vamos a dejar una inmensa deuda y espacios intactos. Pero… de nuevo, obsesivamente, cansinamente, repetitivamente: ¿y los puestos de trabajo? O como el genial y cada día más titánico Trump repetía: los “jobs, jobs, jobs”.