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domingo, 29 de septiembre de 2019

El humanismo

ABC, 31 de Mayo de 2000


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Tenemos al Real Madrid, reconocido universalmente como el mejor club de la historia, y también a  José Tomás, reconocido académicamente como el mejor torero de todos los tiempos. Pero queremos  más.  ¿Y qué teníamos hace apenas cien años? Nada, salvo «una generación, acaso la primera, que no ha negociado nunca con los tópicos de patriotismo y que, al escuchar la palabra España no recuerda a Calderón ni Lepanto, no piensa en las victorias de la Cruz, no suscita la imagen de un  cielo azul y bajo él un esplendor, sino que meramente siente, y esto que siente es dolor». El dolor de la España «vital», adversaria y víctima de la España «oficial», que «consiste en una especie de partidos fantasmas que defienden los fantasmas de unas ideas y que, apoyados por las sombras de unos periódicos, hacen marchar unos ministerios de alucinación».

Así, al menos, describía la situación Ortega en su famoso discurso en la Comedia, cuando tenía el propósito de enfoscar el carácter nacional por medio de la filosofia, aunque él prefería decir «ciencia», que viene a ser lo que comúnmente se entiende por humanismo: cualquier sistema de pensamiento o acción que se ocupa de intereses meramente humanos, según la definición del Diccionario de Oxford, donde el objetivo del adverbio «meramente» es la exclusión de la teología. Así que, en contra del ideal de Ortega, había de actuar lo que Madariaga llamaba «esencias tenaces,  indomables e inconvertibles del carácter nacional», que es fundamentalmente teológico. Madariaga partía de que la relación hombre-universo admite dos perspectivas opuestas: desde el yo y desde el universo. «Los teólogos están en el Sinaí del yo; los filósofos, en el Partenón del imiverso. Lo que Ortega deseaba era que los españoles se mudaran del Sinaí al Partenón». Es decir, de los Jerónimos al cubo de Moneo, para regresar al momento en que todo el mundo parece decidido a marchar francamente por la senda del humanismo.

Para sir Alfred J. Ayer, que dirigía el movimiento humanístico en Gran Bretaña, ser humanista consistía, por ejemplo, en «oponerse a la clase de disparates que te encuentras demasiado a menudo en gente con poder, en jueces y gente de esa clase». Hablaba, naturalmente, de Inglaterra, que es donde siempre se han podido decir esas cosas. Allí, los humanistas de hoy se consideran herederos de los librepensadores de ayer, que, sobre el principio de que no debe aceptarse como dogma lo que no se sabe si es verdadero, hicieron de la libertad de pensamiento una forma de resistencia a la autoridad. Este espíritu abierto y crítico es la marca distintiva  del humanismo, carácter que combina los hábitos de la razón, que hizo idealistas a los griegos, y la observación, que ha hecho sensatos a los  anglosajones.

Aprender a identificar los hechos que se esconden detrás de las matas de la retórica es lo único humanístico que debería esperarse de un sistema educativo, pero el sistema educativo está en manos de políticos, que al tender, por su oficio, a lo que priva, ahora se las echan de librepensadores o de humanistas. En tanto que librepensadores hacen cosas tan raras como someterse a la disciplina  de un partido. En tanto que humanistas dicen cosas más raras aún, como que hay que recuperar las disciplinas, no humanísticas, sino «humanistas», lo cual que uno se representa a los escolares del porvenir gimiendo bajo el peso, no de los setenta volúmenes del Rivadeneyra, sino de los azotes del látigo de siete colas, que así de juguetona es la lengua que creen defender. Suponiendo, además, que alguno de esos escolares nos saliera un verdadero humanista, ¿dónde encontraría hoy colocación? El humanista es verdadero si sacrifica su carrera a su opinión, y, si sacrifica su opinión a su carrera,  es  político.

Bien mirado, el verdadero humanista español fue siempre un hombre obligado a lampar por ahí sin  poder nunca ponerse al corriente con el casero. Si elogiaba a Felipe II, lo dejaban en ayunas los progres, por  facha,  pero si elogiaba a Antonio Pérez, lo dejaban en ayunas los fachas, por progre. Y así. Ahora tiene una salida, y es el montón de dólares que por cada solución de los siete enigmas matemáticos del siglo ofrece un mecenas americano.



 Sir Alfred J. Ayer

Para sir Alfred J. Ayer, que dirigía el movimiento humanístico en Gran Bretaña, ser humanista consistía, por ejemplo, en «oponerse a la clase de disparates que te encuentras demasiado a menudo en gente con poder, en jueces y gente de esa clase»