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domingo, 28 de julio de 2019

"Es la primera vez que tenemos un presidente intelectual"*



Dominique Schnapper
 


 Raymond Aron

 LA ELEGANCIA CLÁSICA DE LA DEMOCRACIA

Jean Juan Palette-Cazajus

No resisto la tentación de sugerir la lectura de esta breve entrevista (Pese a las torpezas de la traducción. Traté de arreglar  algunos fallos excesivos) con la socióloga y politóloga francesa Dominique Schnapper (1934), publicada el pasado 25 de julio en “El País”. Es autora de una treintena de libros personales y de unos cuantos más en colaboración, posee un brillantísimo currículo tanto universitario como institucional, pero reconozco que no la he leído. La he oído en numerosas entrevistas y emisiones radiofónicas con un invariable sentimiento de conformidad básica (incluso en el tema del “macronismo”). Confieso, abochornado, que tuve que esperar esta entrevista para enterarme de que era la hija del gran Raymond Aron (1905-1983).

Todo aquí suena sencillo, tautológico, mesurado. La calidad del contenido puede incluso que se le escape a quien esperase de ella algunos cohetes y triquitraques a la francesa. Pero pocas veces he leído una definición tan obvia, concisa y lúcida de lo que es la democracia (la única posible y real), de su estado presente y de quienes son sus actuales enemigos.

Los intelectuales de segunda soltamos, de Pascuas a Ramos, algunas bachillerías engañabobos. Porque somos parciales en las dos acepciones: parcialidad del juicio, parcialidad del conocimiento. A Dominique Schnapper le cabe en la cabeza toda la democracia y su historia. Porque abarca la totalidad, dice las cosas con naturalidad.

PREGUNTA. Vivimos en “tiempos oscuros”, se lee en la contraportada del “Abecedario” de Raymond Aron.
RESPUESTA. Uno de los últimos viajes de mi padre, que murió en 1983, fue a España. Volvió muy emocionado. Decía: “Ellos aún creen en la democracia”. Ahora estamos ante una verdadera crisis de la democracia representativa. Pero no hay alternativa, porque la democracia iliberal no es democracia: es un tipo de régimen autoritario. Ser demócrata es respetar las instituciones democráticas. Y la crisis, que se expresa bajo formas distintas en los países europeos, refleja un cuestionamiento de la legitimidad del voto y de las instituciones. Las ventajas de la democracia parecen darse por hechas. Las jóvenes generaciones, sin la misma conciencia histórica que la mía, sólo ven sus límites y carencias. Es lo que he llamado democracia extrema: el momento en el que la democracia, por sus excesos, se convierte en antidemocrática.

P. Movimientos como los chalecos amarillos se reclaman de la democracia, Salvini gana elecciones en Italia y Marine Le Pen en Francia.

R. En nombre de una democracia abstracta y absoluta, que nunca ha existido ni puede existir, se destruye la democracia concreta, la que puede existir y que, con sus límites, es la única que ha existido.

P. No son los autoritarios de antes.

R. No hablan en contra de la democracia sino en nombre de la democracia, pero el resultado es el mismo. En el tiempo de los fascismos y el comunismo, estos iban en contra de la democracia liberal y parlamentaria. Ahora se habla en nombre de la democracia directa. Pero la única democracia que ha existido de verdad, con legitimidad y de la que tenemos una experiencia histórica, resulta cuestionada radicalmente.

P. Los chalecos amarillos reclamaban mejorar la democracia con referendos.

R. Los referendos continuos hacen que países complejos como el nuestro sean totalmente ingobernables. Significan que en un momento de emoción se toma una decisión. Y cuando el pueblo ha hablado ya no hay marcha atrás. Mire lo que ha ocurrido en el Reino Unido. ¿Cómo se sale del Brexit, votado por el pueblo, en un momento de pasión y de mentiras?

P. ¿El referéndum sería un caso de la democracia llevada al extremo?

R. Sea cual sea el sistema, no es el pueblo quien gobierna. El pueblo debe aceptar la legitimidad de sus representantes. Somos 66 millones de franceses y 66 millones de personas no pueden gobernar. La utopía en la que se basa nuestra democracia es que la elección por parte de los electores da legitimidad a un cierto número de representantes. Si esto no se respeta, entramos en el caos, y el caos nunca es bueno.

P. ¿Estamos en esta fase?

R. No lo sé. Pero es lo que temo: que en nombre de la democracia se instaure un caos, y un caos siempre acaba con gobiernos autoritarios o totalitarios.

P. En Francia Macron dice que la izquierda y la derecha se acabaron, y que ahora el choque es entre progresistas y nacionalistas. ¿Polarizar así es una buena idea?

R. Macron se aprovechó de ello y lo teorizó, pero él no fue quien creó esta polarización.

P. Pero la democracia es alternancia. Esto implica aceptar que un día gobernará Le Pen. Es lo que ocurre en las democracias.

R. Por eso estoy inquieta. Pero no es responsabilidad de Macron. Es la situación objetiva. No es culpa de los macronistas, de los que formo parte, que la izquierda esté rota en mil pedazos y que la gente del “matrimonio para todos” [los contrarios al matrimonio gay] representen la mitad del partido de la derecha. Macron acercó los electores de Alain Juppé [ex primer ministro y figura de la derecha moderada] y los socialdemócratas.

P. En 1989, usted tenía una sensación de euforia, según explica en “Trabajar y amar”, sus memorias, como si hubiese ganado después de décadas de combates.

R. Sin duda. La democracia había ganado, y sin hacer nada, solo mostrando que aguantaba mientras que los otros se descomponían. Durante unos años hubo una impresión de verdadera felicidad política.

P. ¿Esto se acabó?

R. Sí, se acabó la idea de que todo el mundo terminará aceptando la democracia, de que es una cuestión de tiempo y que no hay otra idea que se le pueda oponer. Los chinos le contraponen otras ideas, Orbán [el primer ministro húngaro] tiene otras.

P. En Francia, la desconfianza hacia el liberalismo, hacia el capitalismo, hacia los empresarios pervivió, no desapareció después de 1989.

R. En esto consiste el odio a Macron. Es demasiado joven, inteligente y guapo, conoce el mundo de la banca y trabajó en Rothschild. Todo esto resulta insoportable para algunos.
P. Se le reprocha su arrogancia.

R. Esto es lo que se dice. Quizá. A Francia le gustan los viejos. Chirac, Mitterrand…, Vichy y Pétain… Su juventud es un hándicap. Mi impresión es que cuando se habla de arrogancia lo que se quiere expresar es este sentimiento de odio personal y de celos profundos, de resentimiento.

P. ¿Él es un intelectual también?

R. Sí, y esto añade más odio todavía. Es la primera vez que tenemos un presidente intelectual. Mitterrand y Pompidou eran hombres de letras, Pompidou se ocupaba de poesía. Hollande representa la cultura de la Escuela Nacional de Administración. La de Sarkozy es una cultura discreta. Pero no es el hecho de ser un intelectual lo que convierte a alguien en un político de éxito, son otras cualidades.

P. ¿Alguna vez piensa qué diría Raymond Aron de esto o aquello?

R. Me prohíbo pensarlo porque no lo sé. Cuando una tiene un padre como este, hay que pensar por sí sola, de lo contrario no es posible pensar.
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*Nota del Editor
Lo que nunca entendió ni entenderá un europeo:
"Ningún hombre es lo suficientemente bueno
[¡ni intelectual!] para gobernar a otro hombre sin su consentimiento"
Abraham Lincoln