martes, 21 de julio de 2026

Pepe Campos. La victoria de España en la final del Mundial de Fútbol de 2026. Historia de un chivatazo en línea y de pasadas y futuras tabarreras


Pepe Campos


La victoria de España en la final del Mundial de Fútbol del pasado domingo, 19 de julio de 2026, ha venido a ser como la toma de un elixir temporal que nos salvará durante un breve tiempo de todas las tabarras que la FIFA y los periodistas paniaguados de la prensa deportiva actual nos tenían preparadas. La primera de ellas, la segura continuidad de Mr. Chance en el imperio futbolístico: por ello tuvimos que sufrir sus lágrimas al término del partido España-Argentina, pues la derrota de su Argentina suponía que él, Mr. Chance, no obtuviera un pasaje directo para el Mundial de España, Portugal y Marruecos de 2030. De haber vencido Argentina —como estaba previsto y era lo deseado para el negocio FIFA— Mr. Chance habría aleteado sobre el próximo mundial de 64 selecciones y se hubiera asegurado jugar la final en Casablanca, en julio de 2030, a sus 43 añitos. Ahora la cosa no la tiene del todo segura, pues debe seguir maniatando a la selección argentina durante cuatro años más, cuando su propuesta futbolera consiste simplemente en que sus pretorianos, sus esbirros en el césped, se dedicasen durante los partidos, que él debería jugar en ese futuro mundial, a dar leña, a perder el tiempo, a simular patadas, a correr como posesos para darle después el balón a él que, como táctica novedosa, lo lanzaría a la olla del área rival para que algún Lautaro —no un Simeone— los rematara con eficacia. Si bien un pequeño desajuste se ha producido en la estrategia diseñada por Argentina, a las órdenes de Messi, bajo el mandato de Gianni Infantino, y tutelado por poderes USA —MLS—: de ahí el Primer Mundial de Clubes y este Mundial 2026. 
Analizando las cosas hubo un momento en la final del domingo donde empezó a torcerse la miga FIFA-Messi-Balón de Oro, cuando Enzo Fernández no cometió la falta consabida que el árbitro hubiera perdonado, sino que se le fue la pierna —la ansiedad de verse sustituido, demostración de que no es un pretoriano lícito— y de manera muy clara derribó a Cubarsí, y el colegiado —cuidadosamente elegido— no pudo no sacar la tarjeta amarilla. Una minucia. Hoy se habla mucho de los detalles en la resolución de los encuentros de fútbol. Debido a que no se entiende que debería existir superioridad a la hora de vencer en una competición, sino que la cuestión pasa por controlar los detalles determinantes. La falta de Enzo Fernández sobre Cubarsí iba a ser una menudencia y se convirtió en una torpeza que provocó la protesta argentina —no podía ser de otro modo—, de hecho el jugador sancionado se resistía a salir del campo. En tal momento el extrovertido Cucurella quiso ser comunicativo con Mr. Chance y de manera refleja le habló con camaradería mientras su mano se le fue a la boca. Inmediatamente el alter ego de Mr. Chance se activó, y se transfiguró en Messi que recurrió a su versión extrema de pícaro como futbolista y dio el chivatazo, no a al árbitro sino al VAR, a las cámaras, al Poder, pidiendo la expulsión del lateral español. Un acto propio de acusica de colegio de párvulos, pero en realidad de evidente delator si tenemos en cuenta sus treinta y nueve años y su condición provecta. ¿Qué le sucedió? Es probable que Messi viese en ese instante peligrar la victoria y el Mundial de 2030. A partir de esos lances la cosa para Argentina, con diez jugadores —muchos de ellos acalambrados— y una España que se sentía fuerte para rematar su faena —a través de la táctica de que el rival no la oliera—, el duelo comenzó a írsele porque no podía controlar numerosos detalles que le sobrevinieron, entre ellos no superar el gol de Ferrán.
 
En los próximos cuatro años de forma paulatina se volverá a la tabarra y a que se retome por parte del duunvirato Messi/FIFA el terreno perdido en la final del domingo. La tabarrera está servida. No sabemos si Argentina como selección aguantará tal acoso. Si jugadores como Julián Álvarez, Lautaro o Enzo Fernández (más Nico Paz y los más jóvenes) admitirán seguir siendo mílites al servicio del Cónsul Vitalicio. El tiempo lo dirá. Por ahora, descansemos de la gran monserga (al menos unos días). A la hora de realizar un análisis sobre el juego de los españoles a lo largo de este campeonato vivido, comentar que todo ha pasado por dominar el juego asociativo entre las diferentes líneas. Buenos jugadores tiene España. Ese juego asociativo siempre ha existido en el fútbol, no es ningún invento de este siglo. Cuando un equipo ha tenido un nivel técnico superior entre sus jugadores se han ido pasando el balón para que el rival no lo tuviera. Ya lo hacía el Real Madrid de las cinco copas de Europa. El Inter de Luis Suárez. También Brasil en 1970. El Liverpool de finales de los años setenta. La selección brasileña de 1982 que tuvo un centro de campo inigualable, con Zico, Sócrates, Falcao y Toninho Cerezo, a los que se unían Júnior y Éder. ¿Qué hacía este equipo? Pues pasarse el balón. ¿Y ahora en 2026 qué ha hecho España? Pasarse el balón entre Unai Simón, Laporte (una actuación de diez), Cubarsí, Porro, Llorente, Cucurella, Rodri (el director), Fabián, Olmo, Pedri, Lamine Yamal, Oyarzabal, Baena, Merino, Nico Williams y Ferrán, con la colaboración cuando correspondió de quienes jugaron menos minutos. Un detalle no pequeño ni menor fue la imposición de Luis de la Fuente sobre los representantes de la prensa deportiva cuando estos actuaron para que el cancerbero español fuese Joan García (porque era del Barcelona); incluso, en menor grado, el hecho de dejar fuera de la convocatoria a Carvajal. Un acierto. La mayoría de las decisiones del seleccionador español han sido un acierto pleno como se ha podido comprobar partido tras partido. Entramos en un breve interregno sin grandes matracas. De las pequeñas nadie nos librará. Como aficionados al fútbol dispongámonos a disfrutar de este precario ínterin. Demos gracias.