lunes, 13 de julio de 2026

Las semifinales del Mundial de fútbol de 2026


A Infantino le gusta Messi, pero aquí nos quedamos con Mesa


Pepe Campos


Llegado el momento final de este controvertido campeonato puede aproximarse un escándalo atronador. Entramos en la última semana del mayúsculo evento futbolístico. La FIFA por encima del bien y del mal ha apostado —lleva tiempo en ello— por la Argentina de Messi (un ancianito bien resguardado por una pléyade de pretorianos que reparten estopa en el pasto, sabiendo lo que hacen, tirando la piedra y escondiendo la mano). Nadie duda de que los jugadores argentinos saben jugar al fútbol, pero además saben jugar a otras cosas y a ponerlas en el tapete. Y si no, si lo que sucede no les es favorable —hablamos de los cinco últimos años— ahí está el vetusto jugador que la comanda (buen pie izquierdo y excelente visión de juego) para decirle a los árbitros cómo deben comportarse (y eso que no sabe idiomas, pero conoce la lengua germanesca y domina sus tiempos, y en qué momentos). En este sentido Messi responde a un personaje que sabe adaptarse a todos los ambientes y situaciones (es su mejor baza), y con poco jarabe de pico controla cómo hacerse entender, ya que se mueve como los ángeles en los territorios de la autoridad y del autoritarismo. Frente a la consuetudinaria nobleza de la cultura anglosajona (inventora del deporte fútbol) siempre brava pero inocente, la idiosincrasia de Messi (detrás de él la cultura de la picaresca) incorpora comunicación no verbal (subrepticia pero no disimulada) que le hace ser un hombre con mando. Sólo necesita para imponerse el lenguaje de la mirada y ser respaldado por un grupo humano leal y fiel, e implacable, que recuerda en el terreno de juego a la actuación de Los siete magníficos de John Sturges. Leo Messi viene a ser un Yul Brynner con pelo. No merece la pena extendernos en el resto del elenco. Por otra parte, y esta es la verdadera clave, el perfil dialéctico de Messi es bajo, con lo que nos remite a Mr. Chance (Bienvenido Mr. Chance de Hal Ashby) porque es un hombre sencillo y calmado tocado por una varita mágica que le convierte en un Mesías del Vacío existencial, muy apropiado para los mejores tiempos de la historia en los que estamos en curso. Los tiempos del pensamiento blando y débil que arrebaña.


En pocos días veremos lo que vaya a suceder ante esta tesitura de si el poder fáctico se impone o no sobre lo poco que queda ya de naturaleza humana, que representa todavía aquello que nos hace creer en la vida aunque esta suela mostrarse, un día tras otro, mediante mandobles. El poder factual pretende crear una nueva realidad. Veremos si lo consigue con pleno éxito. Mientras, podemos introducirnos en un análisis futbolístico sobre las cuatro selecciones que han alcanzado las semifinales del mundial. Vayamos por orden, según méritos conseguidos en el terreno de juego:


En primer lugar estaría Francia, que posee una plantilla extraordinaria y una dinámica ganadora. Tiene una defensa potente donde destacan los dos centrales marmóreos (Saliba en el lado izquierdo y Upamecano en el derecho) con muy buena salida de balón. En los laterales, Koundé es una garantía muy firme, mientras Digne puede que sea el único lunar de la zaga. La media es más floja, pero resolutiva y de contención, con Tchouaméni y Rabiot en la sala de máquinas. A ellos se incorpora el talento de Olise, con su movilidad y visión de espacios. Por delante, la mejor vanguardia del campeonato: Dembelé, Mbappé y Barcola. Dembelé domina las dos piernas y el regate, y cae en la indolencia. Mbappé en plenitud, un jugador con toda clase de registros, veloz y de tiro imprevisible. Barcola, juventud. Francia dispone de un gran doce en el banquillo, como es Doué, un regateador nato, por si se ponen mal las cosas y hay que acudir al abrelatas. El equipo francés actual representa la imagen de una apisonadora que no alcanza nunca el nivel de juego brillante que se le otorga sobre el papel.


En segundo lugar, por méritos, estaría Inglaterra, que lleva varios años acariciando un título, pues tiene grandes jugadores aunque en numerosas ocasiones les entre la desazón, o sufran pájaras o desánimos emocionales. Si superan este aspecto psicológico pueden ser los ganadores de este campeonato. Atrás, en su retaguardia, nos encontramos con un portero intuitivo, dinámico, a veces, fallón; es decir, a Pickford. En la defensa, en el centro, a dos defensas similares a los de la zaga francesa (Guéhi y Konsa; si jugara Stones le daría el toque más inglés), y a dos laterales con proyección, James por la derecha (con jerarquía y temple) y a O’Reilly, vivo y muy activo. No es una línea con jugadores que sean intocables. Quiere decirse que las opciones del banquillo podrían aparecer. Sobre todo, Spence, en el lateral izquierdo, rápido y con llegada. Dominan el juego aéreo. En la línea media tenemos lo más clásico del fútbol inglés en Rice —todo organización y con buen tiro a puerta— y Anderson —versátil y pragmático—. Les acompaña Bellingham con enorme despliegue, más aún si pisa el área rival. En el extremo derecho, posiblemente el jugador más fino de hoy, Saka, que no ha llegado en plenitud aunque en cualquier momento la hace. En el extremo derecho (o izquierdo) también está Madueke, con regate y centro, que no llega a ser Olise. En el centro, Kane, el mejor delantero clásico del mundo, un ejemplo vivo del fútbol antiguo que es posible se pierda para siempre tras él. Por el lado izquierdo, Gordon, un jugador muy británico, de sacrificio y con desborde. Desde el banquillo muy buenos jugadores: Eze y Rogers.


Como tercer equipo nos quedamos con España. Una selección que prometía mucho hace unos meses, que no ha llegado en plena forma, si bien está respondiendo por encima del nivel que lleva mostrado. Y que va a más. Lo cual es ideal. En la portería, Unai Simón, un guardameta sobrio, nada espectacular, de la vieja escuela. En la línea defensiva dos centrales que se entienden a la perfección y que sacan el balón jugado con facilidad y criterio (Cubarsí y Laporte). En los laterales el dinámico Cucurella (que todavía no se ha lanzado a por todas) y Porro, hermético, que no olvida sus labores defensivas y que aporta un buen centro cuando se estira hacia el área rival. En el centro del campo, lo mejor de España. Rodri, un verdadero eje, que juega el balón con criterio, en el tiempo justo y es duro de pelar. A un lado Pedri, que a su visión de juego le resta su frágil condición física, y, al otro lado, Olmo, con vocación de enganche hacia el área rival. Trabajador y asociativo. Tiene pase y gol. En la delantera, Yamine Lamal, que no ha encontrado su verdadera dimensión física. Lo mejor de él, la visión de juego, posiblemente la mejor del campeonato. En el centro de la delantera, Oyarzabal, un superviviente del buen fútbol vasco, con olfato de gol, sacrificio y movilidad. Por último, en el extremo izquierdo, Baena, un futbolista con nervio, muy fuerte, y que suma llegada, visión y remate. En el banquillo, el mejor doce de este campeonato, Merino, que puede jugar en el medio campo y como delantero centro falso. Luego tenemos a Nico Williams, que no ha recalado en su mejor versión, a no ser que todo cambie a su favor. Y Fabián, todo pulmón y oficio, que no parece un futbolista del sur, sino de Centroeuropa.

 

Por último, Argentina. ¿Qué decir de Messi, su líder, su mascota? En estos años hemos hablado mucho de él. Sabe estar en el campo, se esconde y desaparece; aparece y es definitivo. Le favorece (de manera determinante) que hoy el fútbol es zonal. No hay severos marcajes. Ya no pisa el césped ningún Gentile. Este aspecto, lo aprovecha a la perfección. También se ve beneficiado por la existencia de cámaras de televisión. Pertenece al mundo de la imagen. Pie tiene, y muy buena visión. Si se le vigilara perdería, pero tiene la suerte de no ser vigilado. Cae bien. Pero Messi no es Messi sin su guardia pretoriana: De Paul es como su guardaespaldas, él sí que le vigila para que no le suceda nada y le abastece de balones, y le cubre sus deficiencias defensivas. No menos que MacAllister, que es como un grillete que se desplegara por el terreno de juego. Un cepo para jugadores contrarios y para el balón al que acoge y despide con violencia. Y Paredes, otro mediocampista duro y fatigador. O pasa la pelota o el jugador, los dos no. Por delante, Argentina luce a Julián (Álvarez), que tiene juego de presión, juventud y tiro a la escuadra. En la defensa, «Dibu Martínez», un portero que se las sabe todas. Las buenas y las malas. Dos centrales expeditivos Lisandro y Romero. Dominan las alturas sin ser altos. Dos laterales que suben, Molina y Tagliafico, y que sufren al bajar. En el banquillo, Nico González, guardia pretoriana y Lautaro, hombre sacrificado por el sistema argentino.


De los entrenadores: Deschamps (conservadurismo). De la Fuente (hombre de la casa). Tuchel (fútbol de autor) y Scaloni (lo que diga Messi).


Una última consideración final para aquellos que no tienen sentido histórico: el fútbol de hoy no es mejor que el fútbol de antes (debido a que han existido muchas épocas y diversidad de jugadores), y sobre todo porque el negocio a través del tiempo carcome y pudre la creación, en todas las actividades humanas. Hoy: pausas de hidratación, tarjetas, VAR, cámaras, cinco cambios (en la final de Qatar pisaron el césped 35 jugadores), un balón sin sebo. Hoy hay escuelas, antes había calle y descampados. Hoy hay balones de Oro, antes simplemente el honor y el mérito. Etcétera.