martes, 7 de julio de 2026

Pasaporte a la fama


Trotski

Ignacio Ruiz Quintano

Abc


Lo más humano del caso de Begoña Gómez fue cuando pidió al juez la devolución de su pasaporte (recuérdese el “Pasaporte a la fama” de Ford) para el tiempo del veraneo. Ya lo dice el Eclesiastés: hay un tiempo para todo. Y el españolejo cree que el tiempo de verano es para veranear. Y también cree que lo que se necesita para el veraneo, antes que un dinero de bolsillo, es el pasaporte.


Don José –dijo un día el gran bailaor Miguel Albaicín a Pemán: ahora se pone uno un sombrero ancho y una chaquetilla corta y se le da la vuelta al mundo sin pasaporte.


Para el rigodón de las votaciones que el selecto periodismo llama democracia, el gobierno prefiere repartir pasaportes al mundo hispánico, mejor que sombreros anchos y chaquetillas cortas, con lo cual, en casa del herrero, cuchillo de palo: la señora de La Moncloa está sin pasaporte, mas, como tiene dinero, no se quedará sin veraneo. “Madrid, en agosto y con dinero [no con pasaporte], Baden Baden”, dicen que dijo un día el marqués de la Valdavia, quien en realidad no dijo eso; dijo: “Madrid en agosto es ideal. Lo malo es que refresca por la noche”. Que eran las noches donde el calor lo ponía Ava Gardner (“en Madrid, si conoces la ciudad, la noche no acaba nunca”). Aquí, el único pasaporte que quisieron meternos en el bolsillo fue el que Ayuso inventó con el pretexto del Covid de Fauci, y era “para salvar la hostelería”. Hasta entonces, el único caballero (¡caballero, caballero!) con problemas de pasaporte en Madrid fue Trotski, arrestado por la policía bajo la acusación de falsificación de pasaporte, pues no había tenido la imaginación de ponerse un sombrero ancho y una chaquetilla corta.


La ficha está plagada de errores –confiesa a José María Carretero el futuro creador del Ejército Rojo–. Pon que soy cosaco, labrador, vagabundo y cuatrero. Procedo de una familia israelita ¡y no he montado a caballo en mi vida! Mi pasaporte está extendido a mi verdadero nombre, León Davidovich Bronstein. Trotski es mi seudónimo.


El Ejército Rojo, como orientación para los joveznos que no vivieron la “rave” propagandística del referéndum del 86, es el sueño de una noche de verano de esa Otan shakesperiana de "Teseo" Rutte e "Hipólita" Robles, que ya levantan en Holanda campos de prisioneros y que cuentan con los desfiles del Orgullo para anonadar al mundo y pedirnos más dinero.


Está uno lleno de amigos ricos que no valen para nada –anota Ruano en su diario–. Pedir dinero es alegre a los veinte años, pero a mi edad, aparte de que sería triste, ya no se sabe ni hacerlo. De tal modo se pierde la costumbre.


El escritor rondaba los 50, la edad en que mejor se escribe (según Baroja, porque va uno despidiéndose de la juventud), y en Washington acababan de firmarnos la Otan, estrella de este verano.


[Martes, 30 de Junio]