PEPE CAMPOS
Plaza de toros de Las Ventas, Madrid.
Jueves, 2 de julio de 2026. Segunda novillada nocturna del verano madrileño. Encierro de novillos de López Gibaja (encaste Domecq, a través de El Torero). Desigualmente presentados. Nobles y mansos. Flojos y manejables. De mejor juego los tres primeros. Primero, alto y pobre de pitones, destartalado. El segundo, con mayor cornamenta, con armonía que se dice ahora. El tercero, armado, feble. El cuarto, sin fijeza. El quinto, endeble, con menor recorrido en la embestida. El sexto, largo, sin fuerza. Un cuarto de entrada. Noche veraniega en interregno (corrió el viento) entre cambios climáticos.
Terna: Cristian González, de Guijuelo (Salamanca); de azul marino oscuro y oro, con cabos blancos; veinte años; veintitres festejos en 2025; silencio y silencio tras aviso. Juan Alberto Torrijos, de Linares (Jaén), de lila y plata; veintiún años; nueve festejos en 2025; silencio y silencio. Jairo López, de Guadalajara (México), de corinto y oro, con cabos blancos; veintidós años; un festejo en 2025; silencio tras un aviso y silencio tras aviso. Jairo López se presentaba en Madrid.
Suerte de varas. Los novillos fueron al caballo y salieron sueltos de los encuentros o se repucharon. Se les picó, según norma de los varilargueros, traseros, a excepción del primero (tras la cruz, algo caída la puya) y del sexto (en la cruz). Fueron mansos, se dolieron en banderillas. Tras las varas desarrollaron manejabilidad los tres primeros; el primero muy castigado; el segundo poseía acometividad en la que no se pudo desenvolver, acabó huyendo a chiqueros; el tercero, obediente; el cuarto, sin fijeza, necesitó ser ahormado; el quinto y el sexto, acusaron flojedad que se trasladó a un pobre juego en las embestidas, a menos. Como ejemplo elegimos la suerte de varas realizada por José Ney Zambrano al primero. En ninguna de las dos varas fue puesto en suerte. Los hierros algo caídos, cercanos a la cruz. En la primera vara, Ney le pegó duro. El novillo sale suelto. En la segunda le pega y le tapa la salida, y sale suelto.
Dos venenos supremos existen en la vida que la condicionan (seguro que hay muchos más), la afición al fútbol y la afición a los toros. El primero de ellos sólo da disgustos (se sea del Real Madrid o del Bayern o del Milán), aunque se piense que no. El segundo de ellos aporta civilización, contacto con la vida natural, con la visualidad del arte y la posibilidad de la dialéctica (pegar la hebra, por ejemplo, con todo tipo de seres). Ayer noche la empresa de Madrid decidió hacer la prueba del algodón a la afición taurina madrileña, y el ensayo salió positivo porque hubo menos asistencia de público, pero no demasiada. La plaza de Las Ventas presentó un buen aspecto, con muchos jóvenes que parece huyen del veneno futbolístico. Digamos que la novillada estaba programada a la misma hora que el partido España-Austria de la fase de dieciseisavos del mundial de fútbol de este año, 2026. El partido se jugaba en Los Ángeles (Estados Unidos) y se podía ver en la televisión pública (con la amenaza de las monsergas de sus plúmbeos comentaristas, algunos de ellos mediante kazoo en sus gargantas) o por la plataforma dazn (con periodistas conocedores del tema del deporte del balón redondo o pelota). Cierto es que hoy en día existe la posibilidad de ver ese encuentro de manera casi inmediata, una vez acabado, porque será repetido en innumerables ocasiones por ambas empresas de comunicación audiovisual. Desde este punto de vista asistir a la novillada era ver un espectáculo que nunca más se podrá volver «a sentir», y el aficionado que acudiera (pasando con aprobado la prueba del algodón) dejaba abierta la puerta a poder ver a posteriori ese partido trascendental de fútbol de la selección española, ya sea en modo resumen o de manera completa; o no ver nada si ese taurófilo fuese enemigo del deporte que enfrenta a dos cuadrillas «de once mozos en calzones cortos» como dijera en su día Enrique Tierno Galván. Puedo añadir a lo anterior que igual que ayer no vi en directo los goles de Porro y de Oyarzabal, en su día, en junio de 1978, me perdí en directo, sin que hubiera diferido, «el gol de Cardeñosa», porque el profesor de Literatura Española de la Universidad Complutense (Santos Sanz Villanueva, un buen profesor) situó el examen final (en la carrera de Historia) a la misma hora del Brasil-España del mundial de Argentina, que me quedé sin ver (en Brasil, jugaba Zico; en España, Juanito), y sobre todo no poder «festejar» el gol de Cardeñosa (fino, elegante y quebradizo jugador del Betis).
Pasando a lo taurino digamos que los novilleros de ayer noche, ante novillos dóciles, no dieron un paso adelante (es verosímil que estuvieran pensando en el fútbol) ni pase en condiciones. Los aficionados que asistimos al festejo (incluido el público joven, que lo había) y que no estábamos pensando en el fútbol, sino en los toros, no pudimos disfrutar de nada reseñable de lo sucedido en la novillada. Materia prima hubo (novillos toreables), pero algo ocurre en el panorama de formación de la novillería que no habla bien de su aprendizaje, pues mostraron todos los vicios del toreo neo-moderno, toreo despegado, por las afueras, en faenas largas, eternas, de pasajes semejantes, sin un plan, sin un por qué. Observamos un hábito (no nuevo) llamativo, consistente en advertir que los novilleros toreaban peor con la muleta en la derecha (en redondo) que con la muleta en la mano izquierda (al natural); y no obedecía a la condición de las embestidas de los novillos (uniforme por ambos pitones) sino a un desarrollo de la manía actual de hacer todo el toreo con la diestra, que nos lleva a pensar que de tanto uso y abuso se ha deteriorado sobremanera, pues se torea con ventaja y con monotonía. Así, el torero cita con la muleta retrasada, en uve, para llevar al animal que lidia hacia las afueras, si es posible con la superioridad que aporta el pico de la muleta, mientras la pierna de salida de los pases se retrasa, y sin que exista remate o final de muletazo en cada uno de los ensayos del pase en redondo, que se convierte en un lance con desplazamiento del toro (novillo), con la intención de alejarle de cualquier jurisdicción y de todo tiempo de «encuentro». En fin, un galimatías de posturas y de fines. Más aún si el matador decide tumbarse según da los lances, abriendo el compás, doblando las lumbares (en distintos grados) y extendiendo el brazo para escaparse por la tangente. Nos encontramos ante una nueva geometría. Difícil de poner en práctica, de poco riesgo taurino y muy aburrida en su contemplación. Esto llevado en numerosas tandas de muletazos permite a la afición «pegar la hebra» en los tendidos, y a que los animales lidiados se puedan rajar (así le ocurrió al segundo novillo, «Dálmata», que como su nombre indica era sagaz y obediente pero no demasiado tonto) e irse de naja a tablas o a chiqueros, finalizada su misión.
En el toreo al natural estuvieron más de verdad los tres novilleros, puede ser porque no se han viciado tanto a la hora de experimentarlo o porque con la muleta en la mano izquierda sea más complicado adoptar geometrías planas no euclidianas. Volvemos a pensar que en las escuelas taurinas se encuentra la respuesta a tanto empleo de vicios y de trucos. Si entramos en valorar la actuación de los novilleros de anoche, hay que comentar que Cristian González, quiso torear con temple pero muy despegado, con la derecha, normativo a la geometría explicada más arriba, con la izquierda, más ortodoxo, sin redondear los muletazos. Terrenos del seis y del siete. A su primer novillo le aplicó en ese plan, un inicio por bajo, siete tandas de muletazos y manoletinas finales. Lo mató de pinchazo en la suerte natural y de estocada baja y atravesada en la suerte contraria. Al cuarto novillo le recetó seis tandas de muletazos sin llegar a ahormarle, ni tirar de la embestida del animal (era lo que necesitaba su falta de fijeza) sino enganchones, afueras y pico. Lo mató de un pinchazo bajo en la suerte natural, más media estocada desprendida en la suerte contraria y diez descabellos.
Juan Alberto Torrijos, a su primer novillo de embestida alegre lo ahogó. El inicio por bajo en terrenos del ocho fue de excesivo castigo, y en las tandas (seis) la distancia del cite fue escasa. Al natural le salió un toreo más largo en el trazo. El novillo acusó el hostigamiento y se rajó. Lo mató tras buscarle en la querencia del tendido cinco de media caída y perpendicular en la suerte contraria, más una estocada casi entera perpendicular en la suerte natural. En el quinto un atisbo de buen toreo con el capote en una media y un recorte de recibo. El novillo muy flojo llegó quedado a la muleta. El toreo se le planteó en terrenos del seis muy encima con la muleta retrasada y enganchones por ambos pitones. El novillo cabeceaba y se defendía. Lo mató de tres pinchazos en la suerte natural, el tercero caído y cinco descabellos.
Jairo López fue todo voluntad. Participó en quites (zapopinas y de frente por detrás), y recibió a porta gayola al sexto (tiró el capote al pasar el novillo) y repitió con larga cambiada en terrenos del diez (se zambulló en la arena porque el astado se le vino encima). Con la muleta, a su primer novillo lo toreó en terrenos del ocho, el comienzo fue de rodillas en el platillo, le administró siete tandas, con la muleta en uve y por las afueras en redondo. Mejor planteamiento al natural pero muy encimista. Vuelve a derecha para destorear retrasado el engaño; el novillo finalmente le come el terreno. Lo mata de dos pinchazos y media tendida y caída en la suerte contraria y cuatro descabellos. En el sexto desplegó todo su toreo envarado en terrenos del nueve en cinco/ seis tandas. Inicio de rodillas. Después tumbado, despegado y empleando pico en el toreo en redondo. Al natural más ajustado (a veces enganchones) para sacar lo mejor de la tarde con el compás abierto, tumbado, con algún lance templado, más circular invertido y muleta arrojada a la arena. Lo mató de pinchazo y estocada caída y tendida en la suerte contraria.



