Ignacio Ruiz Quintano
Abc
Los expertos –un experto es cualquiera que no sea de la ciudad– miran al cielo en busca del fallo que ha convertido lo que debía ser una playa como la de Gandía en agosto, que era lo prometido por los calentólogos para esta Nochebuena en Madrid, en una cellisca digna del páramo de Masa, Burgos, en diciembre. “Preparados para la nevada”, rezaba la propaganda de la Comunidad, segura de que aquí no iba a caer un copo hasta la próxima glaciación. Con todas las miradas puestas en Copenhague, nadie vio acercarse al nublo. Este año, Madrid se lo ha jugado todo en Copenhague. Primero, con los olimpiólogos. Y ahora, con los calentólogos. ¿Navidad y nieve? Eso era así en el franquismo. Hoy sólo reconocen la Navidad cuatro gatos en la capital, pues Alicia Moreno se ha leído “Los errores científicos de la Biblia” y sabe que lo que se lleva es el solsticio de invierno, que no pertenece a nadie, salvo al viento. El que quiera Belén, que mire a la Esteban. El Belén niega el cambio climático con su disparate geográfico: pone ríos y nieve donde debían estar la palmera y la arena de Palestina. Pero nevó en Madrid... y ardió Roma. Los calentólogos son como aquel pícaro que don Pablos, el buscón, topó en el camino de Alcalá, que cabalgaba haciendo los planes para ganar Ostende para el Rey a base de secar con esponjas el mar. Eso, sí: “Y no lo pienso poner en ejecución si primero el Rey no me da una encomienda, que la puedo tener muy bien, y tengo una ejecutoria muy honrada.” En la calle, todas esas madrileñas centenarias que tendrán lo menos noventa años, según la greguería de Helena Resano en un telediario, pedían ayer sal, pero en los almacenes municipales no había sal, sino chanclas. La sal saliniza el medio ambiente, protestan los “hippies”. La chancla, en cambio, además de ser respetuosa con la Naturaleza, que es el único respeto que hoy se cotiza, es el calzado que recomiendan los expertos para transitar por el abrasador desierto del cambio climático en diciembre.

