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viernes, 8 de noviembre de 2019

El Encuentro




Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Cinco siglos se cumplen hoy de la entrada de Cortés a México-Tenochtitlan, sin que Guirao, o Guirado, ministro de Cultura, haya destinado un solo euro a conmemorar la escena cumbre de la conquista de América.

    –Es un tema complicado –se excusa el prócer de Pulpí, quien nunca oyó hablar de Bernal Díaz del Castillo, dueño del español más hermoso jamás escrito, y que viene de soltarle los veinte mil euros del Nacional de Narrativa a una criatura de luz que novela su manera de peerse en el Metro.

    Quienes en plena desnacionalización constitucional de España ponderan el valor de Casado, con su barba cortesiana, y Cayetana, con su entereza a lo Doña Marina, para pasear el centro de Barcelona en compañía de Rosa Díez (con una corbata que parecía la querella que puso a Mingote por su “Ven y cuéntalo”), sabrán ponderar el valor de los hombres de Cortés (unos 450), calzada adelante, hacia el centro de Tenochtitlan, bien a pesar, narra Bernal, de “los consejos que nos habían dado para que nos guardásemos de entrar en México, que nos habían de matar cuando dentro nos tuviesen”.

    –¿Qué hombres ha habido en el universo que tal atrevimiento tuviesen?

    Aquel 8 de noviembre de 1519 Montezuma salió al encuentro de Cortés; se apeó de las andas, y traíanle del brazo grandes caciques debajo de un palio muy riquísimo a maravilla, con mucha argentería y perlas y piedras chachihuites, que colgaban de unas como bordaduras, que hubo mucho que mirar en ello; Cortés se apeó del caballo, y desque llegó cerca de Montezuma, a una se hicieron grandes acatos:

    –El Montezuma le dio el bien venido, e nuestro Cortés le respondió con Doña Marina que él fuese el muy bien estado.
    
Cavilando sobre la fama, ve en Cortés su par y pregunta Don Quijote: “¿Quién barrenó los navíos y dejó en seco y aislados los valerosos españoles guiados por el cortesísimo Cortés en el Nuevo Mundo?”

    La misma nación extravagante que, cinco siglos después, combate el particularismo… ¡institucionalizándolo en autonomías!