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domingo, 21 de diciembre de 2014

El Mundialito

El San Lorenzo que respeto

Francisco Javier Gómez Izquierdo

 La Intercontinental era un título que disputaban los campeones de Europa y Suramérica, y sin ser trofeo de gran relumbrón, tenía su atractivo porque lo jugaban los dos continentes que amaban al fútbol sobre todas las cosas, aunque para los equipos europeos era un sacrificio no siempre asumible. El Atlético es campeón intercontinental sin serlo de Europa. Ganó el trofeo a Independiente de Avellaneda por renuncia del Bayern.

   En los 80, la Toyota japonesa montó en Tokio la fiesta del fútbol mundial a un partido que seguían disputando el campeón de Europa y el campeón de la Libertadores y cuando parecía asentado el torneo, la FIFA se esforzó en desprestigiarlo del todo  al organizar una cosa que llama Mundialito en el que cabe cualquier equipo. Hasta el Atlético de Tetuán.

   Andaba un servidor el otro día por Barbate, cuando buscando en la tele fútbol marroquí, donde suelo encontrarme extremos agalgados, topé con la previa de lo que un día fuera Copa Intercontinental, donde un locutor exaltado  empujaba con parla babilónica a un equipo que llevaba al pecho el escudo del histórico Atlético Tetuán. Aún existe el club y por lo que se ve ha ganado algo, no tengo claro si en el África negra o en Marruecos. El caso es que el asunto más parecía waterpolo que fútbol y los contrarios, que eran australianos de Aukland, buenos nadadores en general,  eliminaron a penaltis al equipo en el que se inició alguno de nuestros históricos internacionales. Los hermanos Lesmes, un poner.
  
 En realidad el mundialito está dirigido para que la final la jueguen los dos continentes de siempre y creo que por primera vez en la historia lo hace por Suramérica el San Lorenzo de Almagro, bendecido hasta la náusea por ser el equipo del Papa, al que, con perdón, habría que revisarle alguna de sus inclinaciones y no precisamente el de ser hincha de su santo equipo.
   
 Cuando un servidor era adolescente, el Papa ya era un cura maduro y  tengo puesto que a pesar de mi querencia hacia Independiente de Avellaneda por su diez Boquini, de San Lorenzo  recibíamos muchas noticias en el As, pues el entrenador Juan Carlos Lorenzo vino al Atlético con el “Ratón”Ayala y el “Cacho” Heredia; Scotta, el de los escotazos, plantó su cañón en Sevilla; Ameijenda -uno de los mejores lanzadores de penaltys junto al Nino Arrúa, que uno haya conocido- fue fichado por el Salamanca junto a Rezza, un rubio que se jubiló engañando al Burgos. Todos ellos procedían de San Lorenzo, en aquel tiempo el “ciclón de Boedo”. De lo de los cuervos me enteré después y de sus éxitos y fracasos recientes no guardo memoria porque me es ya muy traicionera.
    
El San Lorenzo que perdió ante el Real Madrid no tiene nada que ver con el de mi juventud. Los futbolistas que jugaron en Marraquech son brutos, tórpidos e inmisericordes. Gastan fiereza en el rostro, bestialidad en las extremidades y tienen tatuadas las entrañas. Todos lucen cara de anunciar tanques y motosierras y ni siquiera el zurdo Barrientos sería absuelto por un tribunal que juzgara el maltrato al fútbol. Ante el Madrid, es decir Europa, no podían encontrar más que la derrota.