lunes, 2 de junio de 2014

El último monárquico de mi generación



Jorge Bustos

No sé si seré el último monárquico de mi generación, pues nací –perdonadme– en 1982 y pertenezco por tanto a la camada de cachorros mejor parida del Sistema, crecida en tal prosperidad que la Historia le ha permitido aburrirse y andar ahora pidiendo revoluciones más o menos estéticas para recorrer con alguna emoción cada domingo por la tarde. Mi padre es monárquico por lecturas y mi madre republicana por temperamento, pero sobre mi educación yo soy monárquico por pura metafísica, como Dalí.

(...)

Yo he visto a las mejores mentes de mi generación torcer hacia la república bien por tedio, bien por rencor, bien por hacerse perdonar su pijez inolora de niño de papá. Yo comprendo y respeto al republicano rojo de toda la vida, al guevarista coherente con su estética alternativa de greña y uniforme oliva frente al níveo armiño, el retrato tizianesco, la cómoda estilo Imperio y la colección de tapices de Patrimonio Nacional. Pero veo a mi derecha a los vástagos aburridos de empresarios y cirujanos que estrenan a toda prisa republicanismo para que les disculpen todo lo demás. No, niños, no: esos cojones hay que tenerlos cuando la Corona está fuerte y comporta un riesgo defenderla. No ahora que se hacen carreras de gracejo pancesco –campechanía del resentimiento, simétrica de la campechanía real– por el tuit más ingenioso sobre el ciudadano Borbón. Al menos los perroflautas duermen sobre adoquines, no juegan a Robespierre en pijama sobre el viscoelástico creyendo que su iPhone es una guillotina.

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