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jueves, 19 de junio de 2014

Epitafio al gol fantasma


Goles fantasmas


Hughes

Los futbolistas se han mostrado muy satisfechos por la introducción del vídeo en el fútbol. Y parece que el juicio de la cámara y el spray son herramientas para el árbitro, pero lo primero supone el fin de su autoridad y caminar hacia un sentido cerrado del partido.

Quizás el fútbol sea lo que es por los árbitros y no por los futbolistas. Para empezar, toda la abrumadora cháchara entre partido y partido tuvo origen en la polémica. Si no fuera por ese elemento de reinterpretación, del fútbol no se hablaría. El árbitro impedía que, como pasa en otros deportes, el fútbol se cerrase. Impedía una interpretación unívoca.

(Algo de eso sobrevive en el concepto «buen fútbol», que introduce un campeón estético sobre el deportivo, un campeón de las formas que se va reivindicando durante la semana mediante el inevitable: «merecimos más, fuimos fieles a nuestro estilo»).

El árbitro ha sido durante mucho tiempo un poder ajeno, inclemente y azaroso sobre el fútbol. En cierto modo, aunque se llamara Urízar Azpitarte (el árbitro, ser sin nombre) estaba siendo una forma de dios, de poder absoluto sobre el partido. Con la videocámara, que no deja de ser videovigilancia, se camina hacia un coarbitraje en el que alguien (no sabemos quién) lo mira todo desde algún sitio. Pero el realizador tampoco sería infalible, así que se sustituye por la noción de algo puramente técnico. El ojo tecnológico. Pero eso supone el fin de la autoridad arbitral y el empequeñecimiento de su jurisdicción. Esto es moderna videovigilancia (que encima es cenital) y lleva al fútbol lo que los filósofos llamaban la sociedad panóptica.

Para empezar, muere el gol fantasma, que era una preciosidad del fútbol. Y sin nadie que le cante, sin homenaje ni epitafio. No volverá a haber un gol como el de Míchel contra Brasil en México 86. Un gol hermoso, cantado, robado que abrió una herida de agravio. Sobre ese gol se estableció luego un recuerdo lírico más fuerte que si hubiera sido «cobrado».
Los futbolistas, satisfechos en su aspiración de «más justicia», piensan que eso mejorará el fútbol. Consideran, en su infinito narcisismo y puerilidad, que el fútbol es de ellos y que existe una realidad llamada «el partido» que depurar de injerencias arbitrales. Pero el árbitro (de negro como un verdugo o quizás como un brujo) era un elemento que impedía la completa desacralización de este deporte (¡Los Hados seguían allí!) Con esto de la videovigilancia la FIFA se moderniza como Estado en consonancia con las formas de justicia totalitaria («FIFA Big Brother») y el árbitro, que era un trasunto divino de justicia, empieza a perder autoridad sobre el partido. Lamentable evolución que se ha querido compensar con el spray arbitral, cómico en principio (parece un spray antivioladores para cuando les rodeen las protestas), pero digno de aplaudir. Es más, debería saltar a la vida extrafutbolística (¿la hay aún? Díganme que sí). Que hubiera autoridades con spray (si alguien hubiera hecho con spray una cruz en el consenso constitucional, por ejemplo, veríamos claramente dónde estaba y dónde está ahora). Y en un alarde de imaginación, que apareciera el definitivo spray señalador de líneas rojas. Ahí la FIFA sí que acertaría.