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sábado, 23 de noviembre de 2013

En la muerte de Epifanio Rubio, Mozo


José Ramón Márquez

Corren muy malos tiempos para los varilargueros desde que ni se dan la alternativa ni su sombrero está hecho de castor. Empleados de los matadores, sólo les resta la chaquetilla de oro como símbolo de su antigua importancia, pues ellos fueron la auténtica base del espectáculo taurino, prácticamente hasta la aparición del democrático peto que sirvió tanto para salvar la vida de los aleluyas como para permitir que cualquiera que fuese más o menos capaz de sostenerse sobre la silla de montar pudiese decir que era picador. Decía don Alfredo Marqueríe que hay varilargueros que manejan la pica como si fuese una caña de pescar. De pescar refilonazos, marronazos o puyazos traseros, diríamos abundando, porque sólo con ver a un picador agarrar el palo ya se sabe a qué escuela pertenece, si de
los picadores o de los pescadores.

Epifanio Rubio, Mozo, fue picador de los buenos. Picador de Luis Miguel Dominguín y de Santiago Martín El Viti. Aprendió a caer antes que a picar y en su vida tuvo más miedo al fracaso que a los toros. Al toro le llevaron los dominguines. Pepe le enseñó a leer, Luis Miguel le dio trabajo y Domingo le dio a ganar sus primeras mil pesetas. En sus cerca de cuarenta años de profesión se ganó el prestigio de buen picador y de mejor persona; viajó a América y una tarde de octubre, en Vista Alegre, Luis Miguel le hizo descabalgar para ser él quien picase al toro. El día 1 de junio de 1982, muy cerca ya de su retirada de los ruedos, le cupo la honra de picar, en la inolvidable corrida de Victorino Martín, al sexto toro de la tarde yendo en la cuadrilla de José Luis Palomar. Hace casi treinta años que se retiró del oficio y, a diferencia de tantos, siempre mantuvo incólume su afición. Ahora, a los noventa y dos años, ha entregado su alma al Creador. Que la tierra le sea leve.

Mozo con el autor de estas líneas