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lunes, 15 de julio de 2013

Pero... ¿alguien estuvo ayer viendo los Miura?


Miura de Valencia 2013

José Ramón Márquez

Y ahora, Miura. Resulta que a costa de los Miura aquí hay un galimatías de no te menees, que el que se quiera hacer una idea de la corrida por las letras de los que la vieron, sólo saca los pies fríos y la cabeza caliente. Aunque me malicio quiénes son los que llevan la razón.
 
Vamos a ver quien ata esta mosca por el rabo, porque la corrida de ayer de Miura en Pamplona aunque «era de una fachada imponente. Toros enormes y de una altura y una longitud espectaculares […] por sosos y desrazados no parecían Miuras» (Domingo Delgado), para algunos la cosa no resultó como se esperaba:  «Los de Miura eran unos tontos de baba […] parados, amuermados, sin codicia», «salvo el primero, el resto no tuvo ningún poder […] además dieron un juego malísimo» (Iñaqui Echarri, El Chofre), pero otros dizque los toros fueron «bien presentados y de juego desigual. El de mejor juego fue el tercero» (Paco Mora, Aplausos); el de más allá comenta que «el lote que presentaron en San Fermín se caracterizó por su larga viga (sic). Agalgados, de frente ancha, amplios, serios y más finos de mazorca que en otras ocasiones, tuvieron luego un comportamiento desigual […] los hubo listos y de cuello ágil como el lote de Rafaelillo, y otros de viaje corto, pero sin empuje para desarrollar en malo, como segundo, quinto y sexto. Pero la golosina de la tarde fue el tercero» (Mundotoro, sin firma); hay otro, que da su visión en la misma línea «tras la muerte del tercer toro, la miurada llevaba buena nota y seguro que los miembros de los premios Feria del Toro y Carriquiri empezaron a cavilar el que, si la corrida iba a más, quizá habría que revocar los premios concedidos» (Manuel Sagüés, Burladero); hay otro que juzga que «los [Miura] de esta tarde, abiertos de cuerna, variados de pelaje, varios, agalgados (¡y pesan más de 600 kilos!) ofrecen un juego variado» (Andrés Amorós);  en los antípodas de lo anterior se coloca otro cuando afirma que los Miura dieron «un espectáculo deprimente de mansedumbre, invalidez y la ausencia total de casta […] ayer en Pamplona hemos vuelto a la cruda realidad de seis moruchos, con escasa fuerza y que topaban en vez de embestir» (Carlos Ilián, Marca); otro dice del primer Miura que «a cada larga el miura se daba una vuelta al ruedo abandanto (sic)» y luego resume los seis telegráficamente así: «muy serios, de diferentes caras; el paletón y manejable 1º no humilló nunca; el serio y salinero 2º se desfondó con la cara por las nubes; el fino 3º humilló con temple y nobleza por el derecho; el 4º se paró sin pasar; el cinqueño e inmenso 5º careció de toda fuerza; el tremendo 6º tampoco tuvo ningún poder» (Zabala de la Serna, El Mundo), y otro, al fin: «la corrida fue decepcionante, porque, a excepción del noble tercero, predominó la brusquedad, la falta de fuerzas y de casta» (Antonio Lorca, El País)
 
La verdad es que produce algo de mareo todo ese vaivén, que parece que cada cual busca cosas distintas en los toros. Yo, como no la vi, me callo y me quedo con la de Valencia y con la de Sevilla, cada una en sus modos y en sus formas, para reivindicar a Miura y para congratularme de lo que Antonio Miura dijo en el Maisonave en la mañana de ayer sobre que el año próximo la A con asas estaría en Madrid, y que no entiende de modas ni de correderos, ni de fundas ni nada de eso, que a la fiesta le hace falta más bravura y menos monotonía, y que no va a los toros porque se aburre. Alguien por la parte de  Miura tenía que poner la casta y, por lo visto, la que no pusieron los toros por la tarde en la Plaza, la puso el ganadero por la mañana en un hotel.