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martes, 23 de julio de 2013

El cantante

Héctor Lavoe

Alberto Salcedo Ramos

Ahora, Jéctol, mientras te recuerdo cantando “Ah, ah, oh, no”, me pregunto a qué hora pasaron esos veinte años que llevas muerto.

Al oír la canción me dan ganas de acompañarte, porque nadie se queda impasible cuando tú suenas. Cuando tú suenas todos nos volvemos coristas.

Te oigo, Jéctol, te sigo oyendo.

Y yo te pido un besito

Ah, ah

Y te toco la manito

Oh, no

Y te digo que te quiero

Ah, ah

Que eres mi único anhelo
.

[En 1998 Tite Curet Alonso me contó por qué te dio a ti una de sus canciones más conocidas. “El único tipo al que se le oía creíble decirle a una mujer que es un periódico de ayer, era Héctor Lavoe ”.]

Entonces me traslado mentalmente a una fiesta en Ponce, Puerto Rico, tu ciudad natal. Veo enamorados abrazados que se separan en la pista de baile para zapatear mejor la canción; veo gente que prefiere suspender la danza para dedicarse a contemplarte.

Es que contigo, Jéctol, no había pierde: uno ganaba si te oía, si te veía, si te bailaba, si se quedaba en casa oyendo tus discos, o si hablaba de ti con los amigos salsómanos. Eras el emperador del swing, el caporal del gozo, el dueño de la gracia. El amo del baile.

Hubieras podido encender la fiesta tú solo, cantando a capela, porque tenías pimienta, sabor, azuquita, pega-pega. Por eso eras Lavoe. Por eso eras LaVoz.

Conozco a varios cantantes de salsa que tienen una voz mejor que la tuya.

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