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martes, 28 de febrero de 2012

50 Años sin Julio Camba. El solitario del Palace

(Foto: R. Q.)

EL SOLITARIO DEL PALACE


Por César González-Ruano

ABC, 2 de Marzo de 1962

No es demasiado fácil escribir unas líneas de exigente precisión, dictadas, además, por una triste urgencia, sobre la desaparición terrena de Julio Camba. Unas líneas dignas de él y también de mí, que para escribir que ya “se nos fue el maestro del periodismo”, o que “descanse en paz el ilustre finado”, preferiría dejar la pluma quieta. Porque ni merece eso su desnacer ni esta vida que aún le queda a uno cada día –no sé si eso es bueno o es malo– más cuidadosa en su aparente descuido.

Supongo que la muerte de Julio Camba motivará muchos y muy diferentes artículos. Aquí mismo, en este periódico, que era su periódico, hay excelentes escritores que tuvieron con él una amistad más asidua, más íntima que la mía. Yo voy a parcializar mucho mi recuerdo del gran escritor. Tengo que hacerlo. Debo hacerlo para sentirme, sin sonrojo, indicado, en cierto modo, a poner una hoja verde –o muestra– a la corona fúnebre que lleven a las rotativas plurales y acreditados ingenios.

Mi relación con Julio Camba fue siempre muy esporádica, pero en los últimos años lo veía, si bien sólo un rato, en la gran rotonda del Palace Hotel, donde él vivía. Había entre nosotros una especie de simpatía, creo que mutua, que no pertenecía muy claramente a la razón. Porque si se hubieran buscado con candil dos tipos humanos con menos relación aparente y seguramente íntima, esos dos tipos éramos precisamente nosotros. En mí funciona hoy, como en los años juveniles, una mística literaria, y a Julio la literatura le importaba un pimiento. No he conocido jamás un ateo de las letras tan firmemente desdeñoso como él.

En su conversación misma, Julio Camba, que había escrito invenciones admirables, páginas de observación verdaderamente prodigiosas, en las que ni su permanente actitud de humorista oficial deformaba un costumbrismo de la mejor genealogía, era una criatura decididamente aliteraria. No hablaba nunca de literatura ni se expresaba como un profesional de ella, tal vez porque, en realidad, pensando que profesión viene de fe, no era un profesional.

Prefiero morirme de hambre a escribir –me dijo en una ocasión.

Y añadió:

¿Sabe usted mi único odio auténtico? Al miserable que inventó la imprenta.

Julio Camba yo creo que no admiraba a nadie y que tampoco quería, seriamente, a nadie. No lo ocultaba ni poco ni mucho. Pero en aquella posición suya de gato de tejado, en aquel brutal egoísmo que algunos le afeaban, no existía agresividad, ni menos rencor o resentimiento. Es que todo –salvo las excelencias de la cocina– le tenía honrada, irremisible e insobornablemente sin cuidado.

Bueno, pero aparte de sentarse a una buena mesa, ¿qué demonios le interesa a usted?

Julio se quedaba pensando, como buscando con la mejor intención en los desvanes de su memoria, y no contestaba.

Ya frecuentemente enfermo, todas las tardes se daba una vuelta, con su bastoncillo, por el hall del hotel, y se sentaba en una butaca. Si era en invierno, lo más pegado que podía a un radiador de la calefacción. No pedía nunca a ningún camarero nada. No esperaba nada ni a nadie. Si alguien quería llevárselo por ahí, tampoco era empresa demasiado sencilla. Exigía muchas cosas.

¿Pero se comerá bien?

Desde luego.

Bueno, pero hay que traerme luego al hotel...

Claro, hombre.

¿Y quién más viene?

En todo esto no había ni postura de soberbia ni de impertinencia deliberada. He conocido pocos seres de una modestia más aterradora. Y, además, era afable, cortés, pero como encerrado en una torre sin concesiones. En una torre vacía que él no quería llenar con nada, ni con la nostalgia, porque estaba cansado de sí mismo. El escritor a quien Julio Camba le tenía más sin cuidado era Julio Camba. Cuando los periódicos publicaban cosas suyas o algo sobre él, volvía la página casi con asco.

Insisto en todo esto porque esto era precisamente Julio Camba y es muy raro encontrar un ser así.

Una tarde, tanto por interés como para probar hasta dónde llegaba su riqueza de desdenes, le pedí un retrato suyo. Honestamente no entendió para qué podía querer yo su retrato. Cuando le expliqué que simplemente por admiración y afecto se ruborizó un poco.

¿Y lo quiere usted dedicado?

Naturalmente, Julio.

Subió a su habitación y me lo trajo con una amable dedicatoria. Al darle las gracias se encogió de hombros:

¡Bueno, si era un capricho!...

Largas tardes, infinitas tardes, lo veía entrar vacilante en el gran hall como si fuera buscando a alguien. Buscaba sólo una butaca en un rincón de su agrado. Nunca lo vi ni con un libro ni con un periódico en la mano. Había llegado a una indiferencia que era ya como una obra de arte.
En esa indiferencia supongo que habrá entrado en la muerte. Sin impaciencia, pero también sin demasiada pena de dejar la vida. Tuvo gloria, pero no conoció la pena.

Desde luego Julio Camba no hubiera ido a su entierro.

Julio muere en una clínica, como murió su hermano. La Muerte lo ha invitado a cenar y el solitario del Palace, como se le garantizaba llevarlo en coche, ha dicho que bueno. Sin pensar que no lo volverían a traer al hotel.

Eso no se hace.



JULIO CAMBA
17 de Diciembre de 1884 –28 de Febrero de 1962