Pepe Campos
Plaza de toros de Las Ventas, Madrid.
Domingo, 12 de abril de 2026. Primera novillada de la temporada. Cuatro novillos de Hermanos Sánchez Herrero y dos de López Gibaja, todos nobles. Un tercio de entrada. Tarde primaveral que comenzó fresca y acabó con aire frío; el cielo encapotado se fue abriendo hacia el color celeste y un sol de ocaso.
Cuatro novillos de Hermanos Sánchez Herrero (origen Domecq, línea Aldeanueva), lidiados como 1º, 2º, 3º y 5º, bien presentados, flojos (2º, 3º y 5º), mansos en general, dieron juego, aunque a menos; el primero, un ejemplar colorado con magnífica embestida y transmisión, el segundo, de menor pujanza, el tercero descompuesto al salir de varas y el quinto, sin fijeza. Dos novillos de López Gibaja (origen Domecq, línea El Torero), lidiados como 4º y 6º, bien presentados, mansos, con poca fuerza, el cuarto de poco celo y el sexto, manejable.
Suerte de varas: como norma se picó trasero a los novillos. El primer novillo se repuchó en la segunda vara. Al segundo se le tapó la salida en su segunda vara. Con el tercero la suerte de varas fue un destrozo, con varas traseras y caídas. El cuarto picado por Pedro Iturralde, recibió una primera vara al relance, excesiva, caída y trasera, mientras en la segunda, la puya estuvo en la cruz, siendo solo señalada. Con el quinto sonó el estribo. El sexto fue mejor puesto al caballo, cayendo trasera la primera y recibiendo un picotazo bien señalado en la segunda.
Terna: Jesús Romero, de Villanueva de la Torre (Guadalajara), de blanco y oro, con cabos negros; de veintidós años; silencio con aviso y silencio. Mariscal Ruiz, de Sevilla, de azul celeste y oro; veintiún años; silencio tras aviso y silencio tras aviso. Pedro Andrés, de Vitoria, de azul oscuro y oro; veintidós años; silencio tras aviso y silencio tras un aviso. Jesús Romero y Pedro Andrés se presentaban en Las Ventas.
Se suele decir que los aficionados a los toros en todas las corridas que presencian, por muy aburridas que puedan ser, siempre ven algo de mérito o de valor. Pues bien, ayer no sucedió así; puede que por la falta de plan de los novilleros, por el desacierto de los banderilleros y lidiadores o por la pertinaz impericia de los picadores. Ayer tarde el paciente aficionado de Las Ventas se fue a su casa sin haber visto nada encomiable, a pesar de que los novillos de procedencia Domecq se dejaban torear sin plantear demasiados problemas. Era triste observar como tanto aficionado joven novel, que ya son asiduos a la plaza de Madrid, no tenían a la vista nada de interés para echarse al magín, según lo que iba sucediendo en el ruedo en las lidias y en las faenas, ninguna cosa que les pudiera servir de referencia para poder compararlo —y contrastarlo— con lo que en otros festejos pudieron experimentar como un lance valioso, una lidia adecuada, una vara emocionante, una faena estructurada, un natural de enjundia o una estocada hasta las péndolas. Todo lo que ayer iba sucediendo en la arena de Las Ventas era como un sinfín de naderías, de futesas, de insignificancias o de hojarascas, todo ello muy apropiado como cuando nos sucede que no hay ningún plan en lo que hacemos, o se hace, porque en realidad los que no tenían propósitos eran los toreros, ya fuesen matadores, peones de brega o piqueros. Pareció como que todos ellos fueron a echar la tarde, en atardecer bucólico que acabó soleado en las andanadas de oriente y aterido en los restantes graderíos.
Dado los tiempos que vivimos, con enorme afluencia de jóvenes a Las Ventas en corridas de toros y en novilladas, ni que decir tiene que la empresa de Madrid debería cuidar más los carteles y dotarlos de un interés, de un aliciente, de un contenido, para que se garantice un mínimo de calidad en el desarrollo del festejo. Cierto que es difícil conocer el comportamiento de los toros (ayer novillos) antes de ser lidiados; pero en esto, no tanto, pues se ha fabricado un tipo de astado para que lo toree «Curro Romero» o «Rafael de Paula», aunque estos toreros ya no están, ni se les espera. Es decir, se ha creado un tipo de animal que embiste y da juego, si bien ese torero artista está a la fuga, y el asunto no es buscar únicamente este modelo de espectáculo bonancible, sino tal vez diseñar todo lo contrario y volver al toro (novillo) de raza que dé problemas a los lidiadores. Ya, tan solo con esto, y con la posible resolución de los mismos, la diversión quedaría asegurada con toda seguridad. No hay que buscar un toro para que lo toree un artista, sino más bien algo diametralmente opuesto, un toro fuerte para que un hombre le domine y en ello se encuentre la emoción. Por otro lado están esas metas de los hombres que se visten de luces, que parece como que hoy les faltara aquello que se denominaba en otros tiempos «amor propio», dejémoslo en simple «pundonor», una mira de dejar huella, de querer mostrarse, de significarse; en fin, de ser alguien. Aquí tarea ardua la que nos pueda llevar si queremos recuperar la suerte de varas, en la que notamos una desidia galopante en la gente de a caballo actual o varilargueros, porque pican con mecánica, sin ánimo, sin deseo; con sus consecuencias, al picar sin detener, trasero, caído, haciendo la carioca, barrenando, es decir, disminuyendo el poder del toro sin motivo.
Un largo etcétera de ausencias se nota en la planificación de la tauromaquia actual, incluyendo la consabida tendencia a las lidias sin hilván, y a las faenas desestructuradas, largas, sin inicio, nudo, ni desenlace. Aparte de la incorrecta colocación entre torero y toro. Todo ello en esa carencia de plan que la tarde tuvo en los tres actuantes principales. En los tres novilleros que ayer pisaron la arena de Madrid. En primer lugar vimos a Jesús Romero, que al recibir a su primer novillo hizo concebir que tenía un atisbado parecido con su padre por las verónicas dibujadas rematadas con una larga. Ahí quedó ese lejano asemejarse, y en los pases de pecho de cierta galanura que pretendió dar en contadas ocasiones a sus dos enemigos. El resto de su labor no tomó vuelo pues empleó el toreo moderno de la actualidad, de facilidades y olvidos. Mató a su primer buen novillo en la suerte natural de estocada delantera y caída. A su segundo de un pinchazo en la suerte natural y de una estocada haciendo guardia en la suerte contraria, más un descabello.
Respecto a Mariscal Ruiz, se puede decir que toreó sin dominar a sus novillos y sin acoplarse. Su primer novillo fue a su aire en la faena y lo mató de una estocada caída en la suerte contraria. A su segundo le toreó sin ajustarse y sin cruzarse, y el resultado fueron enganchones y desacople. Lo mató tras cuatro pinchazos y una estocada baja en la suerte contraria.
Por su parte, Pedro Andrés comenzó la tarde despatarrado, luego envarado y despegado. A ese novillo lo toreó por fuera, con enganchones. Lo mató de un pinchazo soltando y otro tendido y hondo en la suerte natural, tras perder la muleta, más dos descabellos. En el último novillo de la tarde, su actitud cambió y quiso ir a por el triunfo, a su manera. Toreó envarado, forzado, tandas de dos y el de pecho. Formas toscas. La labor pareció ir a más. Con manoletinas externas finales. Mató de una estocada a capón, desprendida, en la suerte contraria, perdiendo la muleta, y dos descabellos.


