miércoles, 29 de abril de 2026

La Champions. Nada complace tanto

 Francisco Javier Gómez Izquierdo


    
      Para servidor, el cine son las tres películas de El Padrino. Luego hay muy buenas cosas, seguro, pero a mí no me llega ninguna -ni siquiera me gusta ya el cine- como me llegaron Marlon Brando y Al Pacino. El PSG-Bayern de anoche, como el Padrino en el Cine, se ha instalado en la categoría de mis grandes momentos del fútbol. Como el Italia-Brasil de los tres goles de Rossi en el Mundial de España, el Holanda-Brasil del 74 con Cruyff y Neeskens, Maradona ante Inglaterra en el 86, el gol de Ronaldo Nazario al Compostela, el 0-3 del Burgos de Juanito y Viteri en el Calderón, además del Mundial y las eurocopas de España por la emoción que se arrastró en finales tan prestigiosas. Cuán apropiado nombre, el de Parque de los Príncipes, para fijar el lugar de tan fenomenal espectáculo como el que nos dieron alemanes y franceses anoche. Fútbol en estado puro, fútbol al que nos llevó el Ajax de Cruyff al principio de los 70 (el ingeniero de semejante maravilla fue Rinus Michels); fútbol que todos querríamos de nuestros equipos; valentía y ¡ay! técnica que esperamos de nuestros jugadores de El Arcángel, El Plantío o Las Gaunas.

  
        PSG y Bayern juegan con tácticas parecidas, mirando siempre a portería contraria. El Bayern parece que con más método, el PSG, con serios fundamentos que dan alas a las variopintas inspiraciones de sus geniales peloteros. Luis Díaz, Kane y Olise son capaces de sacarse de la punta de sus pies ópera más rotunda que los Dembelé, Kvaratskhelia o Doué, pero no más inspirada. La batuta de Vitinha es más poética que la de Kimmish, que nos parece mas práctica, y mientras Achrhaf y Nuno Mendes parecen violinistas consumados, más fino el marroquí que el portugués; los de la orquesta bávara, Davies y Stanisic carecen de virtuosismo y no pareció tan potente su contundencia. ¡Contundencia! Éso es lo que quizás se echó en falta en las defensas de Luis Enrique y Kompany, pero bien nos pareció su ausencia para poder disfrutar como no se disfrutaba desde hacía mucho tiempo.


     Es difícil que a jugadores de tanto talento se les convenza de que son simples piezas sueltas que si se compenetran y ayudan pueden formar una orquesta, el reloj más perfecto del mundo. Es dificilísimo porque los egos de los buenos peloteros están asalvajados y no resisten bridas. Es obligado reconocer el sensacional trabajo de Luis Enrique, un entrenador al que hay quien le ningunea no se sabe por qué. Hay que ser muy bueno para podar de tu equipo las ramas más valiosas -Mbappé, Donnaruma...- y convertirlo en el mejor equipo del Mundo con permiso del Bayern. El partido que ambos hicieron ayer son a mi fútbol lo que el Padrino a mi cine, y sí,  hay muy buenos equipos pero me quedo con Kvaratskhelia, Vitinha, Luis Díaz y Olise.


      A una de las mayores ocasiones que viera el fútbol no podía faltar ese infernal invento televisero que tocó manipular a uno de los diablos del noveno círculo del infierno de Dante que es el que corresponde a los trencillas españoles, Del Cerro Grande fue el Von Braun del Parque de los Príncipes. Inventó una de las mamarrachadas de costumbre y lo hizo penalty. Mateu Lahoz, uno de los suyos, compañero muchos años, lo dijo anoche. Me sonó a cuenta pendiente, a venganza, envidia por no estar él donde está Del Cerro, no sé, pero dijo "¿Cómo alguien al que no le gusta el fútbol puede vivir del fútbol?" después de rasgarse las vestiduras porque alguien viera como penalty la mano de Davies. Mateu Lahoz con Del Cerro, al que demoniza, han abducido a gente que tengo por sensata y en verdad lo es, tal que mi amigo Rafael, y le ha extirpado de las entendederas el excelso espíritu que impregnaban las reglas del fútbol. Ese espíritu lo tienen los diablos encadenado en el infierno dantesco; lo van  cambiando de círculo y cuando quieren hacer el daño más doloroso lo ponen en el noveno. En el VAR de los españoles.