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miércoles, 10 de junio de 2020

Paseos de un burgalés por Córdoba. El castillo de Maimón

 El Castillo de Maimón

 La piscina

 El frontón

El hermano Paulino en la capilla


Francisco Javier Gómez Izquierdo

 Al Barrio del Naranjo hay que ir. No se pasa por él. Se deja a izquierda o derecha conforme al sentido de la marcha, como dicen los códigos de circulación, pero si subes a él es porque vives allí, porque visitas a un amigo o porque los nenes tienen partido en el polideportivo. No subí hasta el año 2.000 y dejé de hacerlo hace cinco o seis años cuando el chico dejó de jugar al noble deporte del balonmano. ¿Qué será del balonmano y esa pequeña secta que nos juntábamos en los pabellones de pueblos y ciudades después de la peste? ¿Se prohibirá el pivote? ¿Desaparecerán los Aguinagaldes?
       
El polideportivo del Naranjo está al final de la subida al barrio y a unos diez metros había y aún hay una puerta no muy bien encajada de hierro por la que se accedía a un mostradorcillo donde un señor te vendía naranjas buenas y baratas en invierno. De ahí no se podía pasar al complejo del castillo de Maimón, un internado de maristas donde estudiaron varios serranos de la Demanda tres o cuatro quintas mayores que un servidor, porque ya no había maristas, ni colegio, ni vida al parecer.
       
El barrio ha crecido por la parte Este. Una tramo corto de carretera asfaltada que tendrá cinco años como mucho sube desde Chinales a unas casas unifimaliares, bordea parte de la hacienda del Castillo de Maimón y da la vuelta por el polideportivo para salir hacia la zona del Brillante, que es el barrio de la gente de dinero. En la parte Este del Castillo/colegio hay un nuevo acceso recién trazado de unos cien metros como de hotel que se empina en la curva que coge al llegar a la puerta de hierro que siempre he conocido y desde la que me llamaron la atención dos señores cuando ayer, atrevido, subía decidido hasta el Castillo de Maimón. Me paré, claro está. “Esto es una propiedad particular y no se puede acceder” me dijeron los dos señores, uno anciano y otro cuarentón.  “Miren ustedes, hace mucho tiempo que quiero ver la finca porque aquí estudió mucha gente de la Sierra de Burgos y todos los veranos, cuando los veo, me preguntan qué ha sido del castillo de Maimón. Como lo he visto abierto....” El mas mayor me dice que él es de Alicante y que si le puedo decir el nombre de mi pueblo. Se lo digo y le sitúo con Salas, Palacios, Quintanar... Me pregunta si conozco algún Ibáñez de la Sierra. Le digo que es apellido muy común y  que un tal Sinesio y el primer Fco. Javier de mi pueblo estuvieron aquí. El anciano sonríe y me confiesa que se llama Paulino, que tiene 83 años, que es de Santibáñez Zarzaguda y que los últimos maristas de aquel tiempo de los 60 y 70 han sido tres de Burgos. Él mismo, uno de Torrepadre y otro de Tordómar que murió hace poco. Le suena el nombre de Sinesio y cuando lo dice noto que le he caído bien. Al acompañante le dice que si no le parece mal “vamos a enseñarle el sitio al paisano”. Subimos despacio, el hermano Paulino apoyándose en el murete señalando a la derecha una gran alberca para el riego, a continuación la piscina de la que disfrutaban los chicos vascos, navarros sobre todo y castellanos que estudiaron aquí. Nos detenemos en una especie de terraza/mirador rodeada de flores en la que se debe estar en la gloria en las noches de verano. Unos operarios trabajan en una dependencia que parece nueva a la que se accede bajando cuatro peldaños desde la terraza. El hermano Paulino tiene interés porque de la vuelta al colegio y al comienzo a la derecha veo el frontón del que me había hablado algún cordobés que por Semana Santa había tenido que acudir allí siete días de Ejercicios Espirituales. “Queríamos ir porque nos podíamos bañar en la piscina”. El frontón está reformado de manera un poco extravagante para jugar al frontenis : “..aquí no hay pelotaris. Ahora está jugando el torero Finito con las raquetas”.   Ya dentro del edificio, el Hermano Paulino me lleva a una especie de claustrillo, un aula grande, la iglesia... El otro señor es el que lleva las llaves y abre las dependencias con la soltura y el dominio que sospecho da la encargaduría de todo el recinto. “Aquí ahora se hacen convenciones, cursos, reuniones y por eso se está rehabilitando como hotel, pero sin lujosas pretensiones.”  Cuando me despido de ellos, agradezco tanta amabilidad y me hago la promesa de traerles un par de botellas de vino y un poco de cecina cuando vuelva de la Demanda, si alguna vez me dejan ir.