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lunes, 22 de junio de 2020

Fábula del Potosí


Ignacio Ruiz Quintano

Para ser liberal hay que observar la regla de oro del liberalismo: «Nunca intentes oponerte al raciocinio, pues seguramente lo conseguirás.» Pero el centrismo, ay, se opone al raciocinio en nombre de la eficacia, lo cual que estamos de democracia como Quevedo de mujer: ayunos de lo que es y ahítos de lo que lo parece. De hecho, nadie contempla ya el raciocinio sino como un recurso literario del género policial. Poe inventó la ficción del hombre que descubre un crimen por medios lógicos, pero el mismo Borges reconoció que en la realidad los crímenes se descubren por investigaciones, por delaciones o por azar, no por medio de razonamientos. ¿A qué inspiración lógica obedecía, entonces, la circular para la prevención de atracos a los joyeros, plateros y relojeros de Madrid que convertía en sospechosos a los suramericanos?

La circular, que invitaba a los destinatarios a comunicar a la policía la presencia de suramericanos en el vecindario, fue denunciada por el presidente del Movimiento contra la Intolerancia, a cuyo juicio la redacción de la carta merecía la consideración de «xenófoba e inconstitucional», aunque también podía haber sido denunciada por el director de la Academia, por galicismos -«sudamericanos»- y otros solecismos impropios de un texto ministerial que, en cualquier caso, ya ha sido aclarado oficialmente: era un texto que debía ser entendido en su contexto.

Bien mirado, el contexto de ese texto sólo podía ser la lógica aristotélica, basada, como se sabe, en la doctrina del silogismo, que consiste en un argumento compuesto de tres partes: premisa mayor, premisa menor y conclusión. Por ejemplo: «Todos los hombres son mortales. Todos los griegos son hombres. Luego: los griegos son mortales.» Los filósofos modernos sostienen que la doctrina del silogismo es inútil y, sobre todo, un obstáculo para la correcta comprensión de la lógica, pero de un funcionario nadie espera que sea moderno, y menos aún filósofo, lo cual que, a partir de que con la doctrina del silogismo pueden hacerse varias inferencias de una simple premisa, una inania -«los griegos son mortales»- vale lo mismo que una aberración: «Todos los hombres son atracadores. To-dos los suramericanos son hombres. Luego: los suramericanos son atracadores.» Además, si el intento de dar preeminencia al silogismo en la deducción ha descarriado a los filósofos en el razonamiento matemático, ¿cómo ese mismo intento no iba a descarriar a los funcionarios en el razonamiento policial? El silogismo pesca en el río revuelto de los nombres y los predicados, o de los particulares y los universales. Sin esa confusión, tenemos más inducciones que deducciones, que es como tener más probabilidades que certezas, salvo lo verdes que para todos están las Humanidades.

Los economistas nos dicen que el «currency board» con el dólar y algunos sistemas de bandas fluctuantes han hundido las economías suramericanas, y la experiencia nos indica que en esos casos la desesperación puede empujar a los más exaltados a atracar una joyería, pero dar rango de ley a un promedio estadístico parece tan inconveniente como redactar circulares de prevención de la delincuencia echando mano de la Filosofía antigua. Después de todo, ¿qué sucedería si los suramericanos echaran mano de la Historia moderna, que bien se puede decir que arranca, como la de Alaska en la movida madrileña, con un bote de Colón?

El oro fue la preocupación constante de Colón en su diario. Razón de más para que fuera judío, según Madariaga, que no resistió la tentación de reproducir el retruécano subconsciente que en inglés forman las palabras “iewell” y “jewellery” -joya y joyería- con «jew», judío. A Colón, que iluminaba su obsesión con reflejos de visiones bíblicas, lo sorprendió que los indios ayunaran y se abstuvieran de todo acceso a mujer cuando salían a buscar oro. En México, Cortés decidió secuestrar a Moctezuma cuando tuvo noticia de la Joyería, como llamó al tesoro de Axayacalt, valorado en seis millones de dólares de oro. A imitación suya, y por la fábula del Potosí, Pizarro ajustició en el Perú a Atahualpa el impasible.


Cristóbal Colón
A Colón, que iluminaba su obsesión con reflejos de visiones bíblicas, lo sorprendió que los indios ayunaran y se abstuvieran de todo acceso a mujer cuando salían a buscar oro