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jueves, 11 de junio de 2020

¿Qué harán con Darwin?

El joven Darwin

Hughes
Abc

En una conversación apareció ayer el nombre de Darwin. Darwin habla de especies, no de razas, decía alguien. Hum… sí bueno no, que diría Raúl González. Es innegable que habló de razas. Lo que me llevó a pensar en cómo la izquierda americana, la que se impone en campus y periódicos, no dice nada de Darwin. Caen las estatuas de Colón, de Churchill, de Lee, y se establece una muy estricta policía de pensamiento, pero… ¿qué hacen con Darwin? ¿Qué harán con Darwin? El hombre bueno actual es tan bueno que poca gente está a la altura. Es evidente que la izquierda no es darwiniana, y que en muchos aspectos les incomoda enormemente, absolutamente incluso, pero mientras no afecte a sus dogmas sobre el mercado o la naturaleza humana, Darwin construye parcialmente su explicación del mundo y sirve para que puedan ridiculizar la “superstición religiosa” con su inconfundible elevación de ceja. Darwin para la izquierda es “sí, bueno, no” y “no, pero sí”.

Darwin era “hijo de su tiempo”, cosa que hasta hace poco sabíamos entender, sabíamos contextualizar, pero hay pasajes en su obra que a la luz actual (luz de pureza cegadora) resultan inequívocos. A continuación transcribo dos de “El Origen del Hombre”. ¿Qué hacen los jóvenes woke y sus Pelosis cuando leen esto? ¿Qué harán con Darwin? ¿Respetarán su estatua? ¿Lo considerarán racista y romperán definitivamente con él o lo silenciarán, como silencian tantas cosas, para mantener uno de sus argumentos favoritos contra la religión?

“Frecuentemente se ha opuesto como un grave argumento a la idea de que el hombre descienda de una forma inferior, el notable vacío que, interrumpiendo la cadena orgánica, separa el hombre de sus más inmediatos vecinos, sin que le llene especie alguna intermediaria, extinguida o viviente. Pero esta objeción reviste poca importancia a los ojos de quien, fundando su convicción en leyes generales, admite el principio fundamental de la evolución. De uno a otro extremo de la serie zoológica, encontramos sin cesar vacíos, extensos unos, reducidos otros: obsérvanse, por ejemplo, entre el orangután y las especies vecinas, entre el elefante y, de una manera más sorprendente todavía, entre el ornitorinco y los demás mamíferos. Con todo, sólo la extinción de las formas intermediarias ha creado tales vacíos. Dentro de algunos siglos a buen seguro las razas civilizadas habrán eliminado y suplantado á las razas salvajes en el mundo entero. Casi está fuera de duda que en la misma época, según la observación del profesor Schaafhausen, habrán sido igualmente destruídos los monos antropomorfos. El vacío que se encuentra hoy entre el hombre y los monos, entonces habrá aumentado considerablemente, ya que se extenderá desde la raza humana (que entonces habrá sobrepujado a la Caucásica en civilización) a alguna de mono inferior, tal como el babuino, en lugar de estar comprendido, como en la actualidad, entre el negro o el australiano y el gorila”.

“En el anterior capítulo, y en el principio del presente, he considerado los progresos efectuados por el hombre, a partir de la condición primitiva semi humana, hasta su estado actual en los países en que todavía el hombre se encuentra en estado salvaje. Creo deber añadir aquí algunas observaciones relativas a la acción de la selección natural sobre las naciones civilizadas. Este asunto ha sido muy bien discutido por M. R. Greg, y anteriormente por Wallace y Galton. La mayor parte de mis observaciones están tomadas de estos autores. Entre los salvajes, los individuos de cuerpo ó espíritu débil son eliminados prontamente, y los que sobreviven se distinguen ordinariamente por su vigorosa salud. Los hombres civilizados nos esforzamos para detener la marcha de la eliminación; construimos asilos para los idiotas y los enfermos, legislamos la mendicidad, y despliegan nuestros médicos toda su sagacidad para conservar el mayor tiempo posible la vida de cada individuo. Abundan las razones para creer que la vacuna ha preservado á millares de personas que, á causa de la debilidad de su constitución, hubieran sucumbido á los ataques variolosos. Aprovechando tales medios los miembros débiles de las sociedades civilizadas propagan su especie. Todos los que se han ocupado en la reproducción de los animales domésticos, pueden calcular cuán perjudicial debe ser el último hecho á la raza humana. Sorprende el ver de qué modo la falta de cuidados, ó tan sólo los cuidados mal dirigidos, pueden arrastrar á una rápida degeneración a una raza doméstica; y, exceptuando en los casos relativos al hombre mismo, nadie es bastante ignorante para permitir que se reproduzcan sus animales más defectuosos. Los socorros que nos inclinamos á dar á los seres enfermizos, son principalmente un resultado accesorio del instinto simpático, adquirido originariamente como formando parte de los instintos sociales, y que sucesivamente ha ido siendo más compasivo y extendiéndose más. Aunque á ello nos obligasen razones perentorias, no podríamos reprimir nuestra simpatía, sin sentirnos acerbamente heridos en la parte más noble de nuestra naturaleza. Indiferente é insensible, practica el médico una operación quirúrgica, pero se muestra así porque sabe que se trata de la salud de un paciente; sólo por una ventaja fortuita no atenderíamos intencionalmente al socorro de los seres raquíticos y enfermizos, pero en cambio nos resultaría de ello un perjuicio moral, positivo y duradero. Por lo tanto, debemos admitir, sin protestar, los efectos malos á todas luces que resultan de la supervivencia y de la propagación de los individuos enfermizos, ya que están atenuados por el hecho de que los miembros demasiado débiles e inferiores de la sociedad se casan menos fácilmente que los sanos. Este freno podría llegar á tener una eficacia real, si los débiles de cuerpo y espíritu se abstuviesen del matrimonio, cosa más de desear que de esperar”.