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sábado, 13 de junio de 2020

Educación, patito feo de lo público

Rothko de pato pasado por la escuela de Celáa


Hughes
Abc

Con el coronavirus, España ha conseguido estar a la cabeza mundial en muertes por habitante, profesionales infectados, lentitud de respuesta, rigor del confinamiento y estragos económicos, pero no podemos conformarnos con eso y luchamos para ser los que peor resuelvan el asunto educativo.

A los niños hay que devolverlos a las aulas, por los niños, pero también, no nos engañemos, por los padres, y esto, que es un problema acuciante, recibe en España menos atención que el turismo o el fútbol. Si se fijan, tampoco entre los entusiastas defensores de «lo público» la educación despierta el mismo interés que la sanidad, y cuando se habla de ella se hace más por lo que tiene de lugar para que la familia «concilie» que por su importancia profunda. El maestro y su circunstancia son la clave de un país, pero este virus nos ha mostrado también la realidad del sistema educativo. La estrechez de esa circunstancia. España está a la cola de gasto europeo en educación y se nota en las instalaciones, el tamaño y número de las mismas, en la plantillas de profesores, y en las posibilidades tecnológicas.
En este estado de cosas, y mientras Manuel Castells optaba por lo semipresencial para las universidades, la ministra Celaá presentó un acuerdo con las Comunidades Autónomas que ni siquiera recibió el apoyo de todas ellas. Madrid protesta por gestión, País Vasco por competencias y Cataluña lo suscribe mientras no signifique nada, pues es uno de esos acuerdos para transmitir la idea de que existe una voluntad para llegar a un acuerdo. Se parece más a un gubernamental ir quitándose la cuestión de encima para que sean las Comunidades las que, a ojos de la opinión pública, dejen a los centros más solos que acompañados.

El acuerdo presenta poca inversión y pocas medidas estructurales. Cómo será el nivel técnico que se redefinen las distancias a partir del metro y medio de Edmundo Bal, medida sobre la que se calcula todo lo demás. Los menores de diez años, que ya no sabemos si transmiten o tienen la inofensiva inmunidad del querubín, no llevarán mascarillas y se recurre a crear «agrupaciones de convivencia estable», que eso serán las clases. Una ampliación de la zona familiar de contagio. Es decir, más fraseología que cambios, poco dinero y poca resolución (no hay competencia, ni competencias) y que los profesores se laven mucho las manos. Es revelador que su voz ayer se oyera poco o nada. Los sanitarios se llevaron los aplausos y los docentes tendrán que apechugar con aprensión y gel, que en algún sitio hay que dejar al niño.