Follow by Email

martes, 16 de junio de 2020

Masas




Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Con el café sin cafeína y la leche sin lactosa nos habíamos cargado la única cortesía española para el talento. “¿Y ése quién es?” “¡Un artista!” “¡Pues, ande, póngale un café con leche!” Que es como ponerle un vaso del grifo.

    Ahora, con el espectáculo de masas sin masas, nos cargamos esa cultura del pobre que es el fútbol.

    –Con dolor constatamos que la civilización es mortal, como las mariposas y los astros; que se nos puede morir entre los brazos (como una muchacha enferma) la cultura.
    
Es la evocación de Valéry que en el 45 hace Foxá, quien diez años más tarde certificará la defunción cultural al leer en “Life” el relato de la hija de un profesor chino de Yenching: “Traté de protegerle, porque creía en el afecto entre padres e hijos. Pero aunque esto fuese verdad, ¿cómo comparar esta emoción con la del amplio amor a las masas?”
    
Este razonamiento de insecto procede de China, y lo ha incorporado, para la causa globalista, la corporación americana, que cuando le conviene es “cosa”, y cuando no, “persona”, estatuto que consiguió por una gatera de la Enmienda 14 de la Constitución, introducida para sacar a los esclavos del limbo judicial. Su pope es Bill Gates, ese “clérigo con recursos” que ya en los 90 pobreteaba en el NYT:
    
La ansiedad personal más difundida es ¿cómo podré ajustarme a una economía cambiante? La revolución económica creará desempleo en masa, pero el claro resultado es que se podrán hacer más cosas.
    
Cosita a cosita (“pajita a pajita hicieron su nido los dos tortolitos”), hemos llegado al consenso pepero del ingreso mínimo vital y al fútbol con público de cartón por el virus chino. El modelo político a seguir es Xi Jinping, que se aseguró la presidencia perpetua para “dirigir mejor la modernización de China”, que es decir del mundo. La Unión Europea lo eligió “líder del mundo libre”, y el día que visitó Madrid los guindillas retiraron de la Puerta del Sol al pedigüeño Winnie Pooh para no molestar a Su Eternidad, que se parece un huevo.