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viernes, 26 de junio de 2020

Luz de gas

Joselito Calderón haciendo de Teo García Egea en el palco venteño


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Ciudadanos y populares, que van de constitucionalistas, votaron en su día el delito de odio (el Derecho ya no se ocupa sólo de los actos, sino también de las intenciones, invento del Comité de Salud Pública, verdadero modelo constitucional de esta gente) y ahora votan el “negacionismo” de género.
    
Con los populares, por un lado va el folio de su portavoz, Álvarez de Toledo, y por el otro, el pañuelo de su secretario, Teo, cuyo asesor artístico (¡el Joselito Calderón del palco democrático!) es… Zapatero, que dice cuántas orejas dar o qué toros echar al corral.
    
Ciudadanos, nacido de la vocación de pasar del Estado de partidos al Estado de partido único (consenso, consenso y consenso), se queda como la reserva española del liberalismo de Estado, y Mussolini nunca dijo su todo para el Estado, nada fuera del Estado y nada contra el Estado con la unción que lo dice Edmundo Bal, abogado del Estado, al que llaman abisinio, que cuando él se quita la mascarilla a uno le sale tararear “Faccetta nera, bell’abissina”. Les faltaba su Dino Grandi, conde de Mordano, para quien la principal belleza del liberal de Estado era el amor, y la prensa del corazón nos cuenta que también lo han encontrado, pero disfrazado de D’Annunzio.
    
Cuando una mujer ha sido amada por Gabriel, ya no habrá en el mundo amor que la satisfaga –confesó Isadora Duncan.
    
La función de este liberalismo de Estado es hacer de póliza para las leyes de luz de gas del totalitarismo rampante. El totalitarismo te niega la realidad para sacarte de ella: contra la opinión pública de que hoy es viernes, la opinión institucional de que hoy es cualquier día de la semana menos viernes; si insistes en el viernes, incurrirás en “negacionismo”, y el Estado de Derecho (el Derecho que hace el gobierno) te meterá el cuerno. Votarlo es mala fe, cuyo acto primero, según Sartre, se lleva a cabo “para huir de lo que se es”.

    Que lo malo de la mala fe no está en lo que tiene de “mala”, sino en lo que pide de “fe”.