sábado, 14 de mayo de 2016

Séptima de mi Feria. Cuvillos remendones de lengua blanca, con faena a la Plaza de un Roca Rey entre Platanito y Miguelín con los enanitos toreros

La lengua blanca y los platanetes del Cuvi de Talavante en la Primera Plaza de Pueblo del Mundo


José Ramón Márquez

Antes el día del clavel, la jornada de postín, era el miércoles. Ahora hace ya unos años que han preferido mover los carteles de más tirón hacia el viernes, vaya usted a saber por qué. Hoy la Plaza presentaba el aspecto que se corresponde con su categoría: ambientazo del grande en las afueras y dentro casi lleno, aunque no se colgara el cartel de que no hay billetes. Como suele pasar en estas ocasiones de tanta expectación hubo baile en los corrales hasta que aprobaron los toros que aprobaron, y a estos que aprobaron lo mismo  los podían haber echado fuera. Pensamos que el sanedrín veterinario quiso ser fiel a la tradición de que Cuvillo no lidie una corrida completa en Madrid, que ya llevamos unos años así, y los eminentes profesores estuvieron atentos a aprobar los imprescindibles para que no hubiese lugar a la devolución de los cuartos al respetable y así poder dar la ya clásica corrida de Cuvillo & Guests. En esta ocasión el tradicional cameo le correspondió a dos del Conde de Mayalde que deben ser de otro Conde de Mayalde porque ni en hechuras ni en tipo ni en nada se parecían a los del Conde de Mayalde de la novillada del 1 de mayo.

Pero la cosa era lo de los Cuvi, que venían los Cuvi a Madrid desde El Grullo, ese valle de los caídos donde reposan las cenizas de Idílico, padre seminal, ahora que parece que los pitiminís del escalafón se han reconciliado con ellos después de tenerlos un par de años en el vinagre por sacar algo los pies del tiesto y no ser lo suficientemente bobos de solemnidad que la parte alta del escalafón demanda. A Madrid se vinieron los Cuvi acompañados del mayoral de las nuevas tecnologías, que iba el hombre armado de una cámara con la que grababa todas sus evoluciones. Imaginamos las noches de invierno en El Grullo, cuando entre fuerte el levante en Cádiz, reunidos todos alrededor de la lumbre: el amo Joaquín, su conocedor y sus mayorales y vaqueros echando las horas muertas en ver los vídeos de sus Cuvis, como el que ve el video de una boda.

Cuvi trajo a Madrid, no podía ser menos, una escalera. Una escalera de esas pequeñas de tres peldaños que hay en las casas para llegar a la repisita o a la parte alta de una librería, pero escalera. La culpa sin duda es de la sangre Tampón, que el programa oficial avisa en la página 20 que esto de Cuvi deriva del cruce “Tampón – Conde de la Corte”. Pésima presentación del ganado, como no podía ser menos, cuyas testas iban ornadas por unas cornamentas cervunas gracias a las fundas del demonio. Al quinto, uno con una deprimente capa jabonera muy sucia, se ve que no le funcionó lo de las fundas porque llevaba unos platanetes en las sienes que más parecía un charolais recién salido del barro que lo que se dice un toro de lidia en condiciones, siendo la cualidad más notable del mismo lo blanca que tenía la lengua. De este hecho se pudo dar cuenta perfectamente toda la Plaza, pues el animalejo la mostró a diestro y siniestro sabiendo, como sabía, que de lo único que podría alardear en su vida pública sería del blancor de su sinhueso.

Al hacer el paseíllo, imaginamos que con la finalidad de darle más vistosidad a ese desfile, salieron unos señores montados en unos caballos adornados con unas faldillas. No tenían función alguna durante el desarrollo del espectáculo, pero hacían bulto. Josele, José Doblado, Manuel Cid (a quien un crítico serio de un periódico convirtió en hermano del matador El Cid, acaso imbuido del precepto de que todos los hombres somos hermanos), Miguel Ángel Muñoz, Sergio Molina y Manuel Molina podían haberse quedado en sus casas o haber echado la tarde en un picadero porque nadie sabe ni a qué vinieron a la Plaza ni qué función tenía su presencia en el desarrollo del festejo. 

Los toreros que aceptaron la responsabilidad de anunciarse con los Cuvis, sabiendo a ciencia cierta que al final habría sorpresas en lo que saldría de chiqueros, fueron Sebastian Castella, Alejandro Talavante y Andrés Roca Rey, que confirmaba la alternativa que tomó en Nimes en agosto del pasado año.

Castella comenzó su trasteo al primero de manera fulgurante, muy en Castella. Pases del Celeste Imperio sin mover los pies y luego trincherilla y pase del desprecio. Punto. Ése es el momento en que hay que empezar a torear: te pones enfrente del toro te cruzas con él, le echas la muleta adelante y a partir de ahí mana el toreo, lo ha hecho todo el mundo que ha querido torear; no es nada nuevo hacer un inicio de fantasía y valor que pone a la Plaza atenta a lo que se está haciendo y receptiva ante lo que puede venir. Lo que pasa es que como Castella optó por no ponerse enfrente ni cruzarse ni echar la muleta adelante, lo que le salió fue un churro. En su primero, que se movía algo pese a su debilidad innata, sólo planteó los principios del ventajismo, de la mala colocación y de la antiestética. En su segundo, un salpicado de Mayalde, a base de las mismas premisas que en el anterior aburrió literalmente a las ovejas, siendo la más señalada la que circunstancialmente estaba haciendo de toro.

Talavante en su primero fue víctima del Cuvi, cuyas mermadas fuerzas, las que provienen de la sangre Tampón sin duda, apenas le dejaban andar medio gateando. El desgraciado se llamaba Pesadillo, número 49, y consiguió con sus trastabilleos que la faena de Talavante no cobrase vuelo, pese a las innegables ansias de las gentes, muchas de ellas envaletonadas por la ingestión de bebidas de alta graduación, de aplaudir a cualquier precio. Fue en el segundo, el jabonero sin pitones que atendía por Tramposo, número 70, donde Talavante dijo algo, aunque le costó lo suyo. El toro, que no se cayó, marcó muy pronto, desde el inicio de la faena, su distancia que casualmente no era la que particularmente convenía a su matador. Por eso es que la primera mitad del trasteo la faena no cobra vuelo, pues Talavante va intentando cortarle al animal su tendencia para favorecer la distancia que a él le conviene. Una vez que tiene al bicho ya cocinado comienza la faena que interesa, primeramente con el extremeño en plan ventajista sin querer dar el paso hacia adelante trayendo y llevando al animal sin decir mucho. Luego, cuando se da cuenta de la bondad del Cuvi, toma la decisión heroica de quedarse colocado, de ponerse correctamente y entonces empieza a torear. Torea con altibajos porque lo que le sale de natural no es lo de ir hacia adelante, pero cuando se impone a eso cobra algunos muletazos de empaque, especialmente con la izquierda, por más que los de mejor trazo hayan salido lamentablemente enganchados. Creo que éste de hoy es el mejor Talavante que hemos visto de tantas veces como le hemos visto. Demostró que sabe cómo se hace y le quedó claro que el torero con verdad es bastante más difícil de ejecutar que el que él mismo practica a diario. Si fuese otro torero esto de hoy nos haría concebir más esperanzas, pero el carácter camaleónico de Talavante no es la mejor garantía de que haya decidido tirarse por el registro del toreo de verdad, sólo que hoy le dio por hacer lo que hizo. Ojalá no sea así.

Y Roca. Roca enloqueció a las masas a base de un espectáculo que está entre lo que podían hacer Blas Romero “El Platanito” o Miguel Mateo “Miguelín”, cada uno en su estilo, con la parte seria del espectáculo de los enanitos toreros y las evoluciones del grupo ibicenco Loco Mía. Cuando esperábamos seguir relamiendo la miel en los labios que nos dejó el limeño hace ahora algo más de un año con otro cucharón de lo mismo, el perulero se nos ha liado la manta a la cabeza en un torbellino de capotazos y muletazos dados por detrás, que casi ha dado más por detrás que por delante, y en una vorágine de contorsiones y feísmo que han enardecido a los tendidos ávidos de emociones. No podemos decir que el espectáculo de danza contemporánea, más propio de Pina Bausch en el Real o de circo sin bichos tipo Cirque du Soleil que de Plaza de Toros, guardase algo de relación con lo que nos mueve a ir a los toros. Conceptualmente el show de Roca Rey no anda muy lejos de lo de López Simón, aunque López guarde más las formas que lo que las ha guardado hoy el peruano.  Indescriptible la performance de Roca. Para el buen entendedor ahí va un detalle: comienza con Celeste Imperio y a la salida de uno de ellos el toro se queda muy cruzado, el torero tiene dos opciones, aguantarle ahí como un tío y rematar lo iniciado o quitárselo por detrás sin riesgo, Roca opta por la segunda y las gentes se vuelven locas. Le dieron dos orejas de las cuales una se la debe a la tradicional lentitud caracolesca de las mulillas, pero puede decirse que la mejor faena se la hizo Roca Rey a la Plaza.


 Ancha es Castella

 Talavante y la mano negra

 The Rock

 Entrega

 Devolución

 Brindis

 Mayoral con cámara

 El falso hermano de El Cid

 Hasta el rabo todo es Cuvi

 Lo último que se pierde

 Puerta Grande de los Viernes
(¡Y las que nos esperan!)

 Final

Tertulia y crítica