Follow by Email

jueves, 26 de junio de 2014

Sting

Podemos, 2014
Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Gordon Matthew Thomas Sumner, Sting, el Claude Lévi-Strauss de mi generación, siempre con su indio Raoni de la mano, no dejará herencia (es multimillonario) a sus hijos.

    –Tienen que trabajar.
    
Ahí os quiero ver, republicanos.
    
Bertrand Russell fue el primero en poner el dedo en la llaga:
    
Todavía consideramos natural que un hombre deba dejar sus propiedades a sus hijos, aceptando el principio hereditario en lo referente al poder económico, mientras lo rechazamos respecto al poder político.
    
No está bien que los reyes hereden los tronos, pero viene muy bien que los payos heredemos los pisos, incluidos los de protección oficial.

    Y ahí está la diferencia entre Sting, único republicano consecuente que conocemos (junto con Javi Poves, aquel futbolista madrileño del Sporting que lo dejó todo para seguir a no sé quién) y Pablo Iglesias.
    
En cuanto a las semejanzas, Iglesias tiene su Raoni, que se llama Monedero. Y las monjas lo adoran (por el nombre, Iglesias, y por ese sectarismo clerical que le da un toque “chic” muy Robespierre) como nuestras novias adoraban a Sting.
    
Sting no quería presas en la Amazonia e Iglesias no quiere reyes en España, como González en el 76, y eso será así hasta que se le enrede la coleta en el pelo de las alfombras, como a González en el 77, y se dé cuenta de hasta dónde ha llegado (de momento, a desayunar en el Ritz, que sirve los suizos más blandos que el bar de la Facultad) con una beca de Blesa.
    
Talk is cheap –dicen los yanquis.

    Hablar es barato.

    Si en la barra del bar o en la mesa de la cena les cae a ustedes un teórico del republicanismo, antes de que empiece con su tabarrón exíjanle una declaración de coherencia: “Tú, ¿a quién piensas dejar tu piso VPO?”

    Ésta es la gran lección de Sting al romper con el principio hereditario en lo importante, que no es la política, sino la economía. Y no será la ruina de sus hijos. La Iglesia Católica nunca tuvo un elemento hereditario, y ahí sigue, tan terne.

Podemos, 1976