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martes, 26 de febrero de 2013

Siempre nos quedará la mafia

Un día en las carreras
(Colección Look de Té)

Jorge Bustos

Antiguamente la carne de caballo –y en concreto la de la cabeza– aparecía en las camas suntuarias de los productores de cine excesivamente escrupulosos. Ahora, calibren ustedes la degeneración, se encuentra en las albóndigas de Ikea. En todo caso no parece que Bárcenas, pese a gastar parecido gabán que De Niro en Los intocables de Eliot Ness, tenga nada que ver con las apariciones equinas, entre otras cosas porque los mafiosos del siglo XXI no esquían en Armenia ni cenan en château sino que calzan chándal y encargan langosta desde la trastienda de un puticlub de carretera, según nos enseñaron los capitanes de Tony Soprano.

En Italia, cuna de la institución, se teme que a la mafia le toque cargar ahora con mayor peso gestor del que sería conveniente debido al inconciliable dibujo parlamentario que han arrojado las urnas. Se habla mucho por tanto de la “ingobernabilidad de Italia”, sin reparar en que ese sintagma constituye un pleonasmo histórico muy bien documentado ya por Wilder, Graves y Yourcenar en sus respectivos clásicos latinos, y sancionado fuera de la ficción por la frustración de Bonaparte. Adonde no llega el Estado llega la mafia, e incluso a veces comparten competencias y se producen duplicidades de esas que los tertulianos denuncian tanto en su cruzada contra la “Administración elefantiásica”. Estando mi padre en un congreso académico en Palermo, almorzó con un profesor siciliano que le contó que la universidad palermitana andaba inmersa en un proceso electoral.

Pero no hay que preocuparse mucho —le explicaba el italiano: —los dos candidatos que se presentan son de la Cosa Nostra.

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