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martes, 19 de febrero de 2013

La revolución es un asco

Socialismo o muerte: ¿dónde está la contradicción?
(Colección Look de Té)

Jorge Bustos

Para ser reelegido en Ecuador, o en casi cualquier país iberoamericano, la primera premisa retórica del candidato es la palabra revolución. Esta revolución es imparable, nosotros somos la revolución, hace falta una revolución, vótame que te revoluciono el cotarro. A todos nos gusta cosa bárbara imprimir un giro completo a cualquier cosa, un Estado, una vida, una rueda, una señorita, y eso es exacta y venturosamente lo que promete la suma de fonemas que conforma la palabra revolución. Y si gusta en España, con el frío que hace ahora, no digamos ya en el trópico, donde hacer la revolución es la única manera en siglos de fomentar alguna estabilidad en el caos, así como de abanicar algo el sofoco ambiente. La revolución es un abanico caro y colectivo, el sonajero de la masa que cree blandir una espada, finalmente siempre restringida a una concreta oligarquía.

Sin embargo, y como todos ustedes saben, existen dos tipos de revoluciones: las revoluciones y las contrarrevoluciones. Y en ambos casos el resultado final nos deja en el mismo punto de partida que cuando empezamos a girar, sólo que bastante más desgastados. Por ganas de revolución se jalea a la joven sociata Beatriz Talegón, que encarna una amenaza generacional, o se persigue con plañido gutural de zombi mediático a Mourinho, que representa la asepsia del poder no mediatizado. Por obsesión de vigilancia contrarrevolucionaria, en cambio, se contrata a Método 3.
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