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lunes, 16 de agosto de 2010

La verdad de Cebada Gago en El Puerto


José Ramón Márquez

No hace falta irse a Ceret ni a esas plazas del Valle del Terror para ver una corrida de toros. A condición de que no se anuncien los de siempre, puedes ver toros de verdad en El Puerto de Santa María, que es una plaza de verdad, con historia y bien bonita; y donde esté El Puerto, que se quiten los pueblos.

El cartel que anunciaba por las calles las dos últimas corridas del Abono Real de 2010 contenía la palmaria explicación del efecto que siempre señalamos: ayer, Jesuli de Torrecera, Alejandro Morilla y Antonio José Blanco se las vieron con los Cebada Gago. El próximo día 21 Morante de la Puebla, José María Manzanares y Daniel Luque medirán sus fuerzas con un encierro de Núñez del Cuvillo. He ahí la sempiterna fábula moral del toreo. De los segundos todo el mundo podría decir algo; de los primeros, creo que sólo Jorge Laverón.
Echando mano del programa de mano sale que los tres toreros de los Cebada han participado el año pasado en dos, cinco y dos corridas, respectivamente, y en una, dos y una en lo que llevamos de año. Bastan las explicaciones.

El crítico Joaquín Vidal publicó en 1994 un librito del que lo mejor es su título: “El toreo es grandeza”. Éso es lo que ayer vivimos en El Puerto. Una corrida muy seria, ofensiva, con variedad de comportamientos que van desde el manso pregonao hasta el toro bravo para el caballo y para la muleta, toros listos que lo primero que demandan es oficio a quien se pone enfrente, toros encastados para toreros cuajados, con dificultades para resolver, en manos de tres muchachos que son toreros, que se sienten toreros y que, a estas alturas, deben saber bien ya que sus trenes se han pasado, tres muchachos que vienen a enfrentarse, tragándose el miedo, a los toros que los de las cien corridas no quieren ver ni en pintura, auxiliados por unas cuadrillas de capotes descoloridos y de vestidos de tantas tardes, para aumentar la confusión.
No es éste el sitio para ponerse a señalar defectos de los toreros, que los habría, sino para resaltar y enaltecer la hombría de estos tres tíos que, todo grandeza ellos, no rehuyeron la cita con unos enemigos que pesaban tantísimo. ¿Y si hubiésemos obrado al revés y hubiésemos anunciado a Jesuli, a Morilla y a Blanco con los Cuvis? ¿Y si ellos hubiesen podido dedicarse a tirar líneas sin tener que pensar, antes que nada, en los problemas cambiantes que representa el toro encastado?

La plaza, como es natural, registró una pobre entrada. Los tendidos estaban ocupados por partidarios verdaderos de los toreros y, en ese sentido, puede decirse que lo único que tuvieron a favor fue el público. La torería de Jesuli, que se consiguió imponer a un manso al que literalmente le robó los muletazos; el desparpajo de Morilla; y el aire un poco sesentero de Blanco fueron seguidos con cariño por el público. En un momento, cuando Jesuli estaba pasando de muleta a su segundo, una voz en el tendido comenzó un cante. El cante que un cantaor dedica a un amigo, lo contrario de esas imposturas mercenarias que se ven por ahí; el momento fue de una gran intensidad, de verdad. Y luego, en el sexto, desde una grada del sol también brotó el cante emocionado para Blanco. Reconocimiento de otro amigo de verdad sin más ni más.

A la salida de los toros uno pensaba que, mientras queden hombres como estos, la fiesta jamás desaparecerá, porque estos matadores que ayer en El Puerto, que se midieron en desigual pelea con toros de verdad, sin la esperanza de que sus nombres aparezcan en los carteles de las grandes ferias, sin que nadie sepa quién es la hermosa mujer a quien Morilla brindó su primer toro, sin que nadie pueda decir a qué obedece el luto que ostentaba Blanco, son y se sienten toreros; mucho más toreros que los que se retratan en la cubierta de un yate con una tía de silicona, mucho más toreros que esos a los que todo les ha sido fácil y que desde el primer día tenían para comprarse su legión de partidarios y de plumas mercenarias, el cáncer de la fiesta.