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viernes, 27 de agosto de 2010

Los de Bilbao nacen donde quieren


Jorge Bustos

No sería justo atribuir a los estetas de la kale borroka más presencia en Aste Nagusia de la estrictamente circunscrita a las Siete Calles de lo viejo y algunas txosnas en las inmediaciones del Arenal. (Por cierto que han sustituido la placa de la calle Banco de España por otra simulada que han dedicado a Ulrike Meinhof, la parte femenina del tándem terrorista alemán Baader-Meinhof, porque Sabino o Lenin los cría y ellos se juntan). Cuando uno se patea bien la ciudad -con ayuda de un mapamundi de Bilbao, como prescribe el chiste- descubre extremos insospechados de propiedad en el vestir e higiene urbana. Esbozaré ahora una teoría bipolar sobre el aspecto de las vascas. Uno opina que no existe en ellas el término medio: o se presentan irradiando la luz apolínea de un escultor renacentista o bien como guerrilleras peleadas con la depilady que acabaran de bajar de Sierra Maestra junto a Fidel Castro. Una vasca guapa es muy guapa, y una vasca fea es muy fea. Este singular fenómeno fisionómico no se debe exclusivamente al RH, sino también a un torticero pudor que a muchas jóvenes vascas agraciadas les hace avergonzarse de su propia belleza, por lo que la disimulan afeándose adrede al objeto de no desentonar con el perroflautismo dominante en su rango de edad. Bueno, son impresiones.

La clase y el pijerío habitan en Indautxu o Moyua. Pero por la noche se mezclan todas las tipologías en tumultuoso festejo, decidida ingesta de espirituosos y desatados bailes al son del Waka Waka, tan exitoso aquí como en cualquier parte de España si no más debido a las reminiscencias eusquéricas que desprende el título de la canción.

De día estuve rondando el Guggenheim, ese ejercicio de papiroflexia metálica, del cual me atrae más el exterior que el interior. Lo mismo que a los japoneses, que se pueden tirar una hora haciéndose fotos delante del emblemático oso florido -o perro, lo que sea- que guarda la entrada del museo. Los japos son un pueblo pueril, y si les das un osito se te lían a hacer peluches o videojuegos tan entusiasmados como un pirómano en un pajar. Por la noche, una pareja amiga me llevó a cenar al Miren Itziar, que lleva fama de tener a la mejor cocinera de la ciudad. Representa el feliz reverso de la cocina de diseño: las mesas hay que calzarlas y no hay luces de neón formando cursiladas en la pared, pero los platos te ponen el estómago a bailar un aurresku de gratitud. Mi amigo es de Nápoles pero hincha del Athletic, tiene carné de socio de la peña “Leones Italianos” y luce orgulloso un pañuelo que dice: “Soy del centro de Bilbao”. Al fin y al cabo, los de Bilbao nacen donde les da la gana.

(La Gaceta)