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sábado, 21 de agosto de 2010

Una noche en las carreras



José Ramón Márquez

Pensaba yo ayer en Sanlúcar si acaso no le va a dar también la perra a Mosterín de tomarla con los caballos, que igual no se ha dado cuenta todavía el tío de que no hay derecho a que un señor se siente encima de la espalda de un semoviente y a base de darle fusta y espuelas le haga correr hasta la extenuación sólo por el disfrute de vencer en una carrera. Sabemos que todo se andará y que el turf, más pronto o más tarde, caerá en el radio de acción del eminente pensador, que debe estar muy ocupado, sin duda, revisando sus teorías sobre los ungulados a raíz del año de cogidas, cornadas y percances que llevamos encima, que no digo que no lleve razón, el hombre, pero que lo mismo la suya no es la razón de la buena.

Bueno, pues hasta que lleguen Mosterín y su banda, diremos que las carreras en Sanlúcar son una de las cosas más bonitas que tiene el verano. Tan sólo hay dos cosas que las hacen un poco menos gratas. La primera es la enorme, descomunal, concentración de pijos por metro cuadrado que allí se junta. Ahora les cumple ir ataviados con unas camisas en las que con grandes letras puestas de costado, con números y letreros, todo ello de cuerpo 200, proclaman su indiscutible afición al polo y a Ralph Lauren. En general, donde ves a uno de esos puedes decir que estás viendo a un morantista en potencia. La segunda es la perenne falta de acierto en las apuestas. No quisimos jugárnosla a Lonnegan, que pensábamos que le va mejor el césped que la arena, y la echamos a Call of the Kings y, como es natural, venció como una centella Lonnegan por seis cuerpos, que se dice pronto, que eso no es vencer sino arrasar en un paseo militar. Y en la cuarta, premio de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, nos echamos en brazos de la triple encomendándonos al Teniente de Hermano Mayor, que nos leímos entera la misiva tan maestrante que le mandó el otro día al Rey y que la publicó sin sonrojo el ABC, y tocados por esa inspiración nos la jugamos a Smooth Jazz, Oceaninternational y Mustaqer, y el caso es que acertamos los tres, pero nos falló el orden de llegada, así que nos conformamos de nuevo con la cantinela de que en la derrota es donde se ve el temple de los hombres.

Cuando el sol se puso más allá de la barra de Sanlúcar, todos los mosquitos que pastorea Fernando Iraldo en Doñana, ahítos de chuparle la sangre al pobre lince, se abalanzaron como un solo hombre contra los miles de asistentes a las carreras sin el más mínimo atisbo de piedad y comenzaron a tundir a picotazos las pieles tostadas de las señoritas de vertiginosas minifaldas y los cueros marrones de los señores de mediana edad vestidos con bermudas creando una devastación de características bíblicas y propiciando la desbandada a la búsqueda del Autan, el After Bite y el After Pick, que hay que ver las filas que había en la puerta de las farmacias.
Luego, como tantas otras veces, nos fuimos al Bajo de Guía, penosamente transformado en una especie de paseíto marítimo, y allí en donde Paco Secundino, protegidos de la furia de los mosquitos por la fotografía de Miguel Criado, El Potra, y de la estocada perfecta de Paco Camino, la misma que había en Casa Puebla, dimos fin de los frutos de la mar y de la manzanilla de la tierra.