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viernes, 27 de agosto de 2010

¿Qué es Bilbao?

Mr. Aresti, con su inconfundible pelija blanca,
a la salida del apartado victorino


José Ramón Márquez


No sé porqué le da a la gente por el Ercilla en Bilbao. Hotel con entrada en cueva como el Sanco Panco de Madariaga, con escaleras por doquier y de deplorable arquitectura setentera, copia de la copia. A mí me gustan más de otro estilo, como el Gran Hotel de Salamanca, que ahora es un edificio de viviendas; el Palace de Madrid, donde se cortó la coleta Machaco; o el Victoria, donde se alojaron Manolete y Muntadas; y, en el mismo Bilbao, el Carlton, con su entrada de columnas, su bar en forma de ruedo y su moqueta roja con flores de lis en las plantas.
Claro, que aun sitios tan gratos como este hotel Carlton contienen sorpresas, que el mal acecha por doquier. Llegas al lobby, te aproximas al ascensor, se abre la puerta y aparece, con el mismo color de las alas de Sanco Panco, el Dr. Zaius con su bigote negro, su pelo negro y su camisa negra de Grecian 2000. Súbitamente se manifiesta en el interior de un ascensor una visión como de esos que van a caballo en El Señor de los Anillos a intentar cargarse al Frodo Bolsón: el Nazgûl Zaius Molés, que acaso en alguna ocasión fue un hombre y hoy tan sólo es uno de los espectros del taurineo, y a su vera el Saruman de los gargajos, que hace mucho tiempo fue un gran torero y que sucumbió al poder del Señor Oscuro.
En el lobby hay un cajón con animales. Acaso sean los cuvis que lleva un comisionista, como las mantas de los representantes de joyería, para ver quién los va matando por ahí a falta de la total recuperación de Tomás, que los pasmos tardan en curarse una cantidad de tiempo que te deja pasmado y, lo mismo que ha dejado agarrados a la brocha y sin andamio a más de la mitad de los revistosos del puchero, a algún directivo de una gran empresa y a algún penalista de postín, ha dejado vendido también al Cuvillo con El Grullo lleno de toritos, todos con sus orejitas y sus rabitos, que estaban preparados como teloneros para las apariciones estelares del ecce homo de Galapagar, y que me perdone por la alusión a Cristo, que lo pongo con minúsculas para darle un aire laico. Luego, en seguida, comprobamos con sorpresa que en vez de Cuvillos el cajón contiene dos loritos y vemos, con gran satisfacción, que las nuevas generaciones ya se van incorporando al viejo periodismo. Nos vamos a Vista Alegre. De camino recordamos a Paquiro, no al del premio ése que da un periódico y patrocina la telefónica, sino a Francisco Alonso, que como buen bilbaíno fue a nacer en Grijota, contemporáneo de Cástor Jaureguibeitia, aunque con menor fortuna, y que, antes de emigrar a México, regentó la taberna La Taurina, al lado de la Plaza en la calle Vista Alegre número 8 donde colocó como reclamo un cartel con esta leyenda:
“De aquí no paso
sin beber un vaso”

En la explanada de la Puerta Grande dos hombres están conversando. Uno de ellos es el responsable de las Corridas Generales, el heredero de Lezana, un hombre de pelo blanco y aire afgano en cuyos hombros está la enorme responsabilidad de que Bilbao siga siendo lo que debe ser o se prostituya abriendo sus puertas a los Tajirreinas de Pepito Veragua y subproductos semejantes. Aparece un potente auto y el hombre se introduce en su interior. Hablan por el teléfono móvil. ¿De qué hablarán? ¿Con quién?


Cierto aire a Saruman y Zaius

Cajón de sastre en el Carlton