domingo, 5 de abril de 2020

Cuatro días

 
 
 
Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Un paisaje del cual se sale, en que todo se empequeñece y se pierde. Eso es ya el siglo XX. Pero, si hoy es miércoles, todavía disponemos de cuatro días para hacer algo que valga la pena de ser recordado en el siglo XXI.

No es fácil. La mayoría de la gente no quiere pensar, y a la que quiere hacerlo, cuando se pone, no se le ocurre otro pensamiento que dejar de fumar el día de Año Nuevo. Son los radicales de nuestro tiempo, pero no van a ningún sitio, pues si algo se puede dar por demostrado en este siglo es, primero, que en todos los trabajos se fuma, y luego, que así como el procedimiento gradual para abandonar el tabaco que recomiendan los caracteres moderados o de centro fracasa casi siempre, el procedimiento radical que propugnan los caracteres exaltados o de extremo no da resultado casi nunca.

Nadie deja de fumar como quien deja de leer el periódico, entre otras cosas porque el humo actual de los periódicos engancha bastante menos que el de cualquier cigarro. De madrugada, cuando uno se queda sin cigarros, rebusca como un loco entre las colillas, y en cambio, cuando uno se queda sin periódico, no siente la premiosa necesidad de leer el cucurucho de las castañas. Así que, en tanto que representantes del siglo XX, si aspiramos a legar alguna hazaña al siglo XXI, mejor será olvidarnos del abandono del tabaco y sopesar propósitos más modestos. Por ejemplo, la erradicación de la pobreza.

Los economistas sostienen que la causa universal de la pobreza es la falta de dinero entre quienes la padecen. Se dice que nunca ha habido tantísimo dinero suelto como ahora, y, sin embargo, tampoco ha habido tantos pobres nunca. ¿Cómo se explica esto? Pues con la misma paradoja que, según Camba, pierde al fumador. Ningún fumador, en efecto, se ha formado jamás a favor de las circunstancias, sino contra ellas, pero como las circunstancias le son ahora tan hostiles al fumador, resulta que nunca le fueron tan propicias. «Hay actualmente en el mundo una generación que aún no ha adquirido el hábito del tabaco y que, viendo las fatigas y sinsabores que en las presentes circunstancias pasan los que lo tienen —los que tienen el hábito y carecen de tabaco—, parece que debieran renunciar generosamente a la mano de Doña Leonor, pero ¡que si quieres!».

Camba escribía en plena posguerra europea, mientras que nosotros lo hacemos en plena prosperidad mundial —la globalización—, con una generación que aún no ha adquirido el hábito de la pobreza y que, viendo las fatigas y sinsabores que en las presentes circunstancias pasan los que lo tienen —los que tienen el hábito y carecen de dinero—, parece que debieran renunciar generosamente a la mano de Doña Leonor, pero...

En Francia, cuna del cartesianismo, mil estudiantes de ciencias económicas han firmado un manifiesto contra la enseñanza «despegada de la realidad» y contra el «uso incontrolado de las matemáticas». Vamos al siglo XXI con las mismas ideas religiosas del siglo XIII y con las mismas ideas políticas del siglo XVIII, y estos estudiantes denuncian que la economía científica intimida con ecuaciones a la economía política, que los profesores no dejan que la realidad pueda estropearles una buena teoría y que la Universidad no fomenta el espíritu crítico entre los ciudadanos, como si la Universidad, los profesores y las ecuaciones no se hubieran inventado para acabar con eso que los estudiantes franceses llaman ahora espíritu crítico y que las mujeres, en general, siempre llamaron armario de luna.

Los estudiantes franceses quieren poner ante la realidad un armario de luna, sin darse cuenta de que no hay realidad ni armario que lo aguante. La realidad, aunque sea una realidad tan pujante y tan próspera como la presente, acostumbra tener sus puntos de vista, que, naturalmente, difieren de los nuestros, razón por la cual, si buscamos cierto equilibrio mental y nervioso en la vida, necesitamos de un trago, de un cigarro o de una novela, por muy perniciosos para la salud que hoy en día resulten el alcohol, el tabaco y la literatura.

Cuatro días tenemos por delante para hacer algo interesante en lo que queda de siglo. Y ni siquiera sabemos por dónde empezar.

Julio Camba

Un paisaje del cual se sale, en que todo se empequeñece y se pierde. Eso es ya el siglo XX. Pero, si hoy es miércoles, todavía disponemos de cuatro días para hacer algo que valga la pena de ser recordado en el siglo XXI

Goyo Benito, cuando el Madrid tenía bigotes

 
Benito sin bigote, perocon Cruyff


Hughes
Abc

En la foto previa al Real Madrid-Derby County, temporada 1975-1976, se percibe algo extraño. Algo chocante con el blanco brillante de las camisetas sin publicidad. Cinco jugadores llevan bigote: Miguel Ángel, Del Bosque, Amancio, Pirri y Goyo Benito. En Breitner apunta además una perilla. Algunos se quitarían ese bigote, alguno, como Benito, lo mantendrían siempre.

Era el partido de vuelta de una ronda de Copa de Europa. El rival parece ahora poca cosa, pero había sido entrenado por Brian Clough, el primer “Special One”. El Madrid venía de perder 4-1 en Inglaterra, con un arbitraje escandaloso del que, por supuesto, ni se ha escrito ni se ha hablado, pero había fe en el ambiente. En una pancarta en el Bernabéu se leía un inocente: “Ingleses, el 4-1 no es nada. Os meteremos cinco”. Y así fue. 5-1, en la que ha sido señalada como la primera remontada.

En ese equipo estaba el germen de lo que vendría después. Ahí ya estaba Camacho, como puente generacional, también Goyo Benito, que se fue del Madrid en 1982, cuando por la huelga de futbolistas debutó un tal Míchel.

Goyo Benito, “Hacha Brava”: 13 temporadas en el Madrid, once títulos, ocho operaciones, una laureada y un homenaje contra el Tottenham al que acudieron poco más de diez mil personas, quizás las que coreaban el “¡Benito, mata!” que ahora sería delito de odio.


Tenía que ser un equipo inglés el de la despedida. La carrera del central se desarrolló entre dos finales perdidas contra ingleses. En 1971, la de la Recopa contra el Chelsea; en 1981, la de Copa de Europa contra el Liverpool. Goyo Benito estuvo una vida en el Madrid y no levantó ningún trofeo europeo. Hizo historia a pesar de ello.

Benito llegó al primer equipo en 1969 tras una cesión en el Rayo Vallecano, un máster en contundencia y casticismo. Ese año 1969, los Beatles daban su último concierto. Se terminaba el Madrid ye-yé, por tanto, el campeón de Europa en el 66, y empezaba otra cosa. Led Zeppelin sacaban su primer disco; aquí se verían las primeras melenas, más rumberas que psicodélicas. Goyo Benito llegaba a un equipo en el que aún estaba Paco Gento y acabaría en el Madrid de los García, cuando la final de Copa entre Real Madrid y Castilla ya preludiaba la explosión canterana de La Quinta.

Su Madrid es el Madrid intermedio, la transición nacional de los valores, el de los setenta, entre el blanco y negro legendario de Di Stéfano y el cinemascope con movida de La Quinta. Los que metabolizan la grandeza de Di Stéfano en otra cosa, los que la transforman en una actitud.

Fue una década menor en el fútbol español, que se abre a los extranjeros en 1974. No por nada, en esos años se rueda “Las Ibéricas FC”. Era un fútbol autárquico aún, introvertido, nacional y patilludo, entre Escobar y el rock sinfónico, entre lo hippy y lo quinqui, la gesta y la españolada, a ratos Breitner, casi siempre Pirri. Huérfano definitivo en el 78, ya sin Bernabéu.

Al abrir las fronteras, al Madrid llegarían los dos alemanes; al Barça Cruyff, aunque el gran rival de la década para el Madrid fue el Atlético, una rivalidad que puede personalizarse en los dueños entre Gárate y Benito.

Del central se ha comentado mucho la dureza, pero recibió más puntos quirúrgicos que procuró. La mejor definición de su estilo la dio “Milonguita” Heredia en una entrevista en As: “Benito pegaba como un señor”.

Entonces pegaban hasta los delanteros y alguno iba con alfileres a las áreas. En el año 1969, cuando él llega al Madrid para jubilar a De Felipe, en América gana Estudiantes de la Plata de Zubeldia, equipo catedrático en ese “otro fútbol” que años después pediría Camacho; y en Europa el Milan aun podía con el Ajax. Ahí, justo ahí, cuando llega Benito, iba a cambiar el fútbol europeo, instaurándose el dominio holandés de Johan Cruyff, Rinus Michels y el fútbol total; después el del Bayern de Munich, con su poderío físico, su lirismo inexorable a lo Kraftwerk, sus superiores maneras industriales y socialdemócratas; y al final, por si no hubiera sido suficiente, el del mítico Liverpool. Con todos estos equipos, sorprendido por una modernidad que llegaba de otro sitio, se las vio el Madrid de Benito, un equipo sólido y técnico, que era igual con el Granada que con el Estrella Roja, y que empezaba en su poderío de lanzador de jabalina y acababa en el salto de Santillana, explosión, pues, con la clase de Velázquez en el interior y Amancio en el extremo. Lo justo para poder dominar aún el futbol nacional con 6 ligas y 5 copas durante las 13 temporadas en las que él jugó.

Hay algo poco conocido. Benito, “Hacha Brava”, fue esa década el segundo español en participaciones y partidos jugados en la Copa de Europa, sólo superado por Santillana. El Atlético perdió una final por el gol de Schwarzenbeck, pero el Madrid luchó con todos ellos: en el 73, semifinal con el Ajax de Cruyff, Rep o Krol; en el 76, semifinal con el Bayern de Muller, Rumenigge, Hoeness y Beckenbauer; y en el 81, la final contra el Liverpool de Bob Paisley. Antes, año 80, volvió a quedarse en semifinales con el Hamburgo en uno de los peores días en la carrera del defensa. El fútbol se había ido al norte de Europa, y el equipo del sur que siguió luchando fue el Madrid. Contra los nuevos gigantes, esa generación llegó más lejos de lo que llegaría la selección.

Ese equipo setentero de los cinco jugadores con bigote evolucionó poco a poco hacia el Madrid del 81, que tendría cinco jugadores llamados García. El Madrid setentero se quedó a las puertas de Europa, y aprendió a remontar como le pasaría después a La Quinta. Preparó al estadio para se vuelco emocional. Ofreció las primeras sensaciones, la expectativa. Pero, a diferencia del Buitre y sus compañeros, no hubo en ellos el trauma generacional de después (algo sí, quizás, en la fijación alemana de los fichajes). Había un valor enterizo y conforme en ese Madrid, humilde a su manera, que topó con el fútbol planetario de Cruyff y Beckenbauer, los del Mercado Común. Fue sepultado por esa modernidad y oscurecido luego por la de La Quinta. Desplazado, quedó en un limbo, poco recordado, aunque llenara el granero del Bernabéu de títulos nacionales.

Al año siguiente de retirarse Goyo Benito, 1983, el Madrid perdería cinco títulos en una sola temporada. Fue como inaugurar la debilidad, cierta fragilidad que tendría en su seno el equipo de Butragueño.

Quedaba Camacho, estaba Juanito, pero con Benito se fue algo más que un central, ahora es posible verlo. Se fue una psicología. El líder moral de un Madrid con bigotes, una leyenda sin Copas de Europa que todavía recuerdan los viejos. Dueño de un gen que alguien en el Bernabéu ya debería estar clonando.

Domingo, 5 de Abril

Se evitan desinfectando

"Tomad, comed: esto es mi cuerpo"

DOMINGO, 5 DE ABRIL
 
En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso: «¿Qué estáis dispuestos a darme, si os lo entrego?» Ellos se ajustaron con él en treinta monedas. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo. El primer día de los Ázimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron «¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?» Él contestó:

-Id a la ciudad, a casa de quien vosotros sabéis, y decidle: "El Maestro dice: Mi momento está cerca; deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos."
 
Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua. Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo:

-Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar.
 
Ellos, consternados, se pusieron a preguntarle uno tras otro:«¿Soy yo acaso, Señor?» Él respondió:
 
-El que ha mojado en la misma fuente que yo, ése me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él; pero, ¡ay del que va a entregar al Hijo del hombre!; más le valdría no haber nacido.
 
Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar: «¿Soy yo acaso, Maestro?» Él respondió:

-Tú lo has dicho.

Durante la cena, Jesús cogió pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:

-Tomad, comed: esto es mi cuerpo.
 
Y, cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias y se la dio diciendo:
 
-Bebed todos; porque ésta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos para el perdón de los pecados. Y os digo que no beberé más del fruto de la vid, hasta el día que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre.
 
Cantaron el salmo y salieron para el monte de los Olivos. Entonces Jesús les dijo:

-Esta noche vais a caer todos por mi causa, porque está escrito: "Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño." Pero cuando resucite, iré antes que vosotros a Galilea.
 
Pedro replicó: «Aunque todos caigan por tu causa, yo jamás caeré.» Jesús le dijo:

-Te aseguro que esta noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces.

Pedro le replicó: «Aunque tenga que morir contigo, no te negaré. » Y lo mismo decían los demás discípulos. Entonces Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y les dijo:

-Sentaos aquí, mientras voy allá a orar.

Y, llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a entristecerse y a angustiarse. Entonces dijo:

-Me muero de tristeza: quedaos aquí y velad conmigo.

Y, adelantándose un poco, cayó rostro en tierra y oraba diciendo:

-Padre mío, si es posible, que pase y se aleje de mí ese cáliz. Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres.

Y se acercó a los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro:

-¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu es decidido, pero la carne es débil.

De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo:

-Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad.

Y, viniendo otra vez, los encontró dormidos, porque tenían los ojos cargados. Dejándolos de nuevo, por tercera vez oraba, repitiendo las mismas palabras. Luego se acercó a sus discípulos y les dijo:

-Ya podéis dormir y descansar. Mirad, está cerca la hora, y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega.

Todavía estaba hablando, cuando apareció Judas, uno de los Doce, acompañado de un tropel de gente, con espadas y palos, mandado por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El traidor les había dado esta contraseña: «Al que yo bese, ése es; detenedlo.» Después se acercó a Jesús y le dijo: «¡Salve, Maestro!» Y lo besó. Pero Jesús le contestó:

-¿A qué vienes?

Entonces se acercaron a Jesús y le echaron mano para detenerlo. Uno de los que estaban con él agarró la espada, la desenvainó y de un tajo le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote. Jesús le dijo:

-Envaina la espada; quien usa espada, a espada morirá. ¿Piensas tú que no puedo acudir a mi Padre? Él me mandaría en seguida más de doce legiones de ángeles. Pero entonces no se cumpliría la Escritura, que dice que esto tiene que pasar.

Entonces dijo Jesús a la gente:

-¿Habéis salido a prenderme con espadas y palos, como a un bandido? A diario me sentaba en el templo a enseñar y, sin embargo, no me detuvisteis.

Todo esto ocurrió para que se cumpliera lo que escribieron los profetas. En aquel momento todos los discípulos lo abandonaron y huyeron. Los que detuvieron a Jesús lo llevaron a casa de Caifás, el sumo sacerdote, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro lo seguía de lejos, hasta el palacio del sumo sacerdote, y, entrando dentro, se sentó con los criados para ver en qué paraba aquello. Los sumos sacerdotes y el sanedrín en pleno buscaban un falso testimonio contra Jesús para condenarlo a muerte y no lo encontraban, a pesar de los muchos falsos testigos que comparecían. Finalmente, comparecieron dos, que dijeron: «Éste ha dicho: "Puedo destruir el templo de Dios y reconstruirlo en tres días."» El sumo sacerdote se puso en pie y le dijo: «¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que levantan contra ti?» Pero Jesús callaba. Y el sumo sacerdote le dijo: «Te conjuro por Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios.»Jesús le respondió:

-Tú lo has dicho. Más aún, yo os digo: Desde ahora veréis que el Hijo del hombre está sentado a la derecha del Todopoderoso y que viene sobre las nubes del cielo.

Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo:«Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué decidís?» Y ellos contestaron: «Es reo de muerte.» Entonces le escupieron a la cara y lo abofetearon; otros lo golpearon, diciendo: «Haz de profeta, Mesías; ¿quién te ha pegado?» Pedro estaba sentado fuera en el patio, y se le acercó una criada y le dijo: «También tú andabas con Jesús el Galileo.» Él lo negó delante de todos, diciendo: «No sé qué quieres decir.» Y, al salir al portal, lo vio otra y dijo a los que estaban allí: «Éste andaba con Jesús el Nazareno.» Otra vez negó él con juramento: «No conozco a ese hombre.» Poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro: «Seguro; tú también eres de ellos, te delata tu acento.» Entonces él se puso a echar maldiciones y a jurar, diciendo: «No conozco a ese hombre.» Y en seguida cantó un gallo. Pedro se acordó de aquellas palabras de Jesús: «Antes de que cante el gallo, me negarás tres veces.» Y, saliendo afuera, lloró amargamente. Al hacerse de día, todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron para preparar la condena a muerte de Jesús. Y, atándolo, lo llevaron y lo entregaron a Pilato, el gobernador. Entonces Judas, el traidor, al ver que habían condenado a Jesús, sintió remordimiento y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y ancianos, diciendo: «He pecado, he entregado a la muerte a un inocente.»Pero ellos dijeron: «¿Y   qué? ¡Allá tú!» Él, arrojando las monedas en el templo, se marchó; y fue y se ahorcó. Los sumos sacerdotes, recogiendo las monedas y dijeron: «No es lícito echarlas en el arca de las ofrendas, porque son precio de sangre.» Y, después de discutirlo, compraron con ellas el Campo del Alfarero para cementerio de forasteros. Por eso aquel campo se llama todavía «Campo de Sangre». Así se cumplió lo escrito por Jeremías, el profeta: «Y tomaron las treinta monedas de plata, el precio de uno que fue tasado, según la tasa de los hijos de Israel, y pagaron con ellas el Campo del Alfarero, como me lo había ordenado el Señor.» Jesús fue llevado ante el gobernador, y el gobernador le preguntó: «¿Eres tú el rey de los judíos?» Jesús respondió:

-Tú lo dices.

Y, mientras lo acusaban los sumos sacerdotes y los ancianos, no contestaba nada. Entonces Pilato le preguntó: «¿No oyes cuántos cargos presentan contra ti?» Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado. Por la fiesta, el gobernador solía soltar un preso, el que la gente quisiera. Había entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la gente acudió, les dijo Pilato: «¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías?» Pues sabía que se lo habían entregado por envidia. Y, mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir: «No te metas con ese justo, porque esta noche he sufrido mucho soñando con él.»Pero los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente que pidieran el indulto de Barrabás y la muerte de Jesús. El gobernador preguntó: «¿A cuál de los dos queréis que os suelte?» Ellos dijeron: «A Barrabás.» Pilato les preguntó: «¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?»Contestaron todos: «Que lo crucifiquen.» Pilato insistió:«Pues, ¿qué mal ha hecho?» Pero ellos gritaban más fuerte: «¡Que lo crucifiquen!» Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos en presencia de la multitud, diciendo: «Soy inocente de esta sangre. ¡Allá vosotros!» Y el pueblo entero contestó: «¡Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!» Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran. Los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la compañía; lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando ante él la rodilla, se burlaban de él, diciendo: «¡Salve, rey de los judíos!» Luego le escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza. Y, terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar. Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a que llevara la cruz. Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir: «La Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa, echándola a suertes, y luego se sentaron a custodiarlo. Encima de su cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Éste es Jesús, el rey de los judíos.» Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda. Los que pasaban lo injuriaban y decían, meneando la cabeza: «Tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz.» Los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaban también, diciendo: «A otros ha salvado, y él no se puede salvar. ¿No es el rey de Israel? Que baje ahora de la cruz, y le creeremos. ¿No ha confiado en Dios? Si tanto lo quiere Dios, que lo libre ahora. ¿No decía que era Hijo de Dios?» Hasta los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban. Desde el mediodía hasta la media tarde, vinieron tinieblas sobre toda aquella región. A media tarde, Jesús gritó:

-Elí, Elí, lamá sabaktaní. (Es decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»)

Al oírlo, algunos de los que estaban por allí dijeron: «A Elías llama éste.» Uno de ellos fue corriendo; en seguida, cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio a beber. Los demás decían: «Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo.» Jesús dio otro grito fuerte y exhaló el espíritu. Todos se arrodillan, y se hace una pausa Entonces, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se rajaron. Las tumbas se abrieron, y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron. Después que él resucitó, salieron de las tumbas, entraron en la Ciudad santa y se aparecieron a muchos. El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, el ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados: «Realmente éste era Hijo de Dios.» Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para atenderlo; entre ellas, María Magdalena y María, la madre de Santiago y José, y la madre de los Zebedeos. Al anochecer, llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era también discípulo de Jesús. Éste acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y Pilato mandó que se lo entregaran. José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en el sepulcro nuevo que se había excavado en una roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó. María Magdalena y la otra María se quedaron allí, sentadas enfrente del sepulcro. A la mañana siguiente, pasado el día de la Preparación, acudieron en grupo los sumos sacerdotes y los fariseos a Pilato y le dijeron: «Señor, nos hemos acordado que aquel impostor, estando en vida, anunció: "A los tres días resucitaré." Por eso, da orden de que vigilen el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vayan sus discípulos, roben el cuerpo y digan al pueblo: "Ha resucitado de entre los muertos." La última impostura sería peor que la primera.» Pilato contestó: «Ahí tenéis la guardia. Id vosotros y asegurad la vigilancia como sabéis. Ellos fueron, sellaron la piedra y con la guardia aseguraron la vigilancia del sepulcro.

Mateo (26, 14–27,66)

sábado, 4 de abril de 2020

En la muerte de Luis Eduardo Aute


TODO CINE
 
Al fin llegó
El día tan temido más allá del mar,
Previsto por los grises de Henri Decae;
Cuánta razón…

 

 No te fíes nunca de una mujer a la que le gusta el cine español, porque es lo que le va y tu vida será como una película española. Serás Antonio Resines.
(Tuit de Stalin, 2013)

Justo Juez






Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Al español, históricamente, eso de la libertad siempre le ha parecido lo que a Pablemos el teatro: “Una mariconada”.

    El 78 otorgó al español todas las libertades menos la de elegir a sus gobernantes. Pero las libertades otorgadas (no conquistadas), igual que te las dan, te las quitan. Basta con que el mando firme un papel de barba. Lo llaman “Estado de Derecho”, o Derecho que despacha el Estado que nos ha traído esta dictadura de Sánchez, apoteosis de una calabaza con la que en un Halloween vírico los comunistas juegan a truco o trato mientras la Nación vuelve a los tronchos de coles.
    
Justo y Divino Juez, oye mis súplicas, atiende a mis ruegos, escucha mis peticiones y dales favorable despacho –rezan los incautos, que creen que “cuando esto pase” un juez se hará cargo del dictador.
    
¿Cuándo, en nuestra Historia, un juez echó “la pata alante”? Un sindicato policial acude a un juez para pedir protección sanitaria y el juez los manda a freír gárgaras porque vienen a “desgastar al Gobierno en tan crítica situación”.

    Este juez tiene fama de “recurrir leyes anticonstitucionales”, que es jugar a juez americano (democracia política) en un país sin separación de poderes, cuestión que escapa a los jueces para la democracia ideológica.
   
Hay dos cosas que degradan la justicia –nos dejó escrito un gran jurista–. La no separación formal de poderes causa su dependencia. Fiarlo todo a la conciencia del juez causa su indignidad. La idea de basar la dignidad de la justicia en la conciencia de los jueces, y no en la independencia de su corporación, es una fantasía religiosa propia de la lógica del martirio.
    
Aquí los progres decidieron que el obstáculo para el progreso de la justicia no era la dependencia del gobierno, sino la mentalidad burguesa de los jueces, y sustituyeron su conciencia moral por la conciencia de clase.

    –Sorprende que no sean los sindicatos de clase los que planteen tales medidas –afea el juez al sindicato de policías.

    Y se creerá el juez Coke.

Desastre nacional

ABC


 La propaganda, como las cornadas, coge dos trayectorias: una inmediata, y otra peor



Evitemos la crítica política, dicen, mientras no paran de mentir sobre Johnson o Trump con toda intención ideológica

Desastre de Annual

El virus llegó a un país con una estructura, un sistema y unas elites, y aquí, como en un reservorio perfecto, se sintió bien para propagarse

VACANZE ROMANE (Sé de qué huyo pero ignoro lo que busco) Episodio 12

San Pedro


Jean Juan Palette-Cazajus

Hoy el consenso espontáneo orientará nuestros pasos hacia tierras vaticanas en modo moderato cantabile. Nuestro ritmo visitador ha sido hasta ahora bastante desenfrenado y ello tal vez a partir de un malentendido. Personalmente, uno llegó aquí con espíritu absolutamente diletante y dispuesto a una estancia relajada y contemplativa. Me temo que mis allegados, al tener que cargar con el seudointelectual de la familia, pensaran en cambio que si no manifestaban en todo momento una insaciable curiosidad artística, corrían el riesgo de verse estigmatizados en tanto que impresentables beocios. Finalmente, yo también quedé abducido por la Roma histórica y renuncié inconscientemente a la intención inicial de pasear, relajadamente atento al pulso de la ciudad. El próposito aparece ahora infantil. No hay un solo elemento social o económico de la Roma histórica que no esté pensado en función de la demanda turística. La sensación de ciudad-museo, de bellísimo fósil viviente, es incluso brutalmente superior a la que desprende París. «Todo es aquí decadencia -decía ya Stendhal, un día que tuvo malo-. Todo es recuerdo, todo está muerto.  Acabo de pasar cincuenta días admirando e indignándome». Y eso que la Roma de Stendhal todavía pertenecía a otro planeta.

Guardia Suiza

Uno tiene el sentimiento de que si bien están presentes los incontables «objetos» monumentales y culturales que amueblan la ciudad, la ciudad «en sí», hablando como Kant, parece haberse retirado de sí misma. Trip Advisor tiene decidido actualmente que son 2026  las «cosas que ver en Roma». En cambio nadie ya sabe bien dónde y cómo «ver Roma». Si queda alguna articulación entre el inacabable «repertorio» de esta Roma histórica y la sociedad romana actual es, me temo, puramente tangencial. Ayer, de camino entre el edificante «happening» de la Fontana di Trevi y el Panteón, dimos un mínimo rodeo para pasar delante de las contiguas fachadas barrocas de los palacios Chigi y de Montecitorio, sedes respectivamente de la Presidencia del Consejo de Ministros y del Parlamento italiano y me pregunté si todo el personal laboral que gravita forzosamente alrededor de esta clase de instituciones contribuiría a darle al «quartiere» alguna vida que no sea la de las excursiones agropecuarias detrás de la banderita. También el Senado italiano está a dos pasos, en el Palazzo Madama. De modo que llegué a preguntarme si a la incurable debilidad «dello Stato», en Italia, no contribuiría la contaminación, por la vieja Roma delicuescente, de las representaciones políticas que acoge en su corazón. Es posible que exagere un poco.

 San Pedro. Fachada

Nos apeamos en el Corso Vittorio Emmanuele II, solamente abierto en 1885, que parte en dos el meandro del Tiber. Hasta el río seguiremos andando ya que, a ambos lados, sobran «cosas que ver». Como la sobria fachada manierista de la Chiesa Nuova y la ondulante fachada barroca del Oratorio de San Filippo Neri, de Borromini, espectacularmente yuxtapuestas como si fuesen una ilustración didáctica de historia del arte. Menos de medio siglo separan la solemne piedra gris y el hieratismo de la primera, del cálido ladrillo popular y de la vibración de la segunda. En tan poco tiempo la visión del mundo también mudó paradigma. El Corso Vittorio Emmanuele II se prolonga en el puente homónimo y coetáneo. Nosotros, en tanto que seres conscientes de la historia que nos amasó, nos desviaremos a la derecha para ir a cruzar ritualmente por el Ponte Sant’Angelo que lleva en Roma desde el emperador Adriano y carga con todas las memorias de la ciudad. El puente es ahora una modesta vía peatonal y turística donde venden artesanía los senegaleses y algunos legionarios romanos de la cohorte golfante te proponen fotografías con ellos, para sacarte unos cuartos. Al menos se puede disfrutar tranquilamente de la calidad escultórica de los ángeles que puntuan ambos pretiles, debidos casi todos a excelentes discípulos de Bernini. Impresiona de cerca el Castel Sant’Angelo, e impresiona más todavía si uno recuerda que esencialmente no hizo sino aprovechar la mole cilíndrica del Mausoleo que Adriano estuvo erigiendo, anticipando y engrandeciendo la propia memoria. Decidimos visitarlo al regresar de San Pedro. Nos desviamos un poco para que mis familiares vean el curioso «passetto», el largo corredor fortificado que une los palacios vaticanos con el Castel Sant’Angelo y por donde escapó de los lansquenetes, en 1527, el papa Clemente VII. Lo han restaurado y luce recién estrenado.


 San Pedro. Nave mayor

Hay fotos del «passetto» antes de aquellas obras en un contexto urbano hoy totalmente desaparecido. Según nos vamos acercando a la Plaza de San Pedro el sentimiento de familiaridad y la falta de sorpresa son la nota dominante. Gajes de la civilización de la imagen, todo nos resulta hoy, literalmente, muy visto. Toca época de andamios alrededor del tambor de la cúpula y ciertamente le afean un poco  la cintura. Stendhal encontraba la fachada ridícula. Parece que el proyecto inicial de Miguel Angel era un inmenso pórtico de columnas exentas parecido al del Panteón. Impresionante desde luego, pero tal vez muy pagano para los papas. La fachada actual no es pagana sino sencillamente agnóstica y mucho más palaciega que religiosa, lo que lleva a interrogarse sobre el universo intelectual de las élites vaticanas que la encargaron. La pensó Carlo Maderno con la idea de levantar un campanario en cada extremo como se puede ver en un cuadro de Viviano Codazzi de 1630. Lo cual habría trivializado el señorío, necesariamente solitario, de la grandiosa cúpula. Ciertamente el ático le quita visibilidad a la cúpula desde la plaza de San Pedro. Pero sin el ático la fachada hubiese resultado chata y mezquina.  De cerca, solo vemos fachada; de lejos se advierte su inteligente proporcionalidad. La cola para acceder a la basílica es expedita. Hasta el punto de que dudamos si sacar billete para la Capilla Sixtina. Pero mi última experiencia, y de ello hace muchos años, fue tan gregaria y esperpéntica que me siento incapaz de correr ese riesgo.


 El baldaquino de Bernini

Primer contacto visual con la guardia suiza en cuyo uniforme jamás intervino Miguel Angel. Tiene poco más de un siglo, diseñado en 1914, por un señor suizo que fuera su comandante y se inspiró en algunos frescos de Rafael. Los colores amarillo, azul y rojo conmemoran las familias Della Rovere y Medici. Según accede uno al pórtico – con cierta gravedad y emoción, todo hay que decirlo - se va dando cuenta del carácter colosal de las columnas cuyo simple basamento excede, no solo la mía, sino aventajadas estaturas humanas. Al penetrar en la nave mayor la primera reacción es un sentimiento de majestuosa evidencia. Dos siglos después coincido totalmente con Stendhal: «Nada huele a esfuerzo en la arquitectura de san Pedro, todo parece grande de manera natural». Hay que recurrir a lo que sabemos previamente del edificio para hacerse cargo de sus excepcionales dimensiones. La razón es sin duda el perfecto equilibrio y armonía de las proporciones. No decae el poder de convocatoria de la «Pietà» miguelangelesca. Frente a ella, nuestra respuesta emocional lleva ya tanto tiempo programada y predeterminada que resulta desesperante la imposibilidad de la sorpresa y de una mirada limpia de polvos y pajas. Allá, a considerable distancia, se levanta el baldaquino de Bernini. Seguir viaje relajado y sereno por la nave central ayuda a entender cómo el artificio humano más grandioso puede volverse naturalidad canónica. Entretanto, el lejano baldaquino se va acercando y creciendo  progresivamente.

Algo más que de este mundo

Stendhal recuerda que es más alto que el propio palacio Farnese. Durante la fase de aproximación, llega el momento en que sus 29 metros de bronce terminan minimizándole a uno y este es el instante en que el propio baldaquino queda a su vez minimizado por la apabullante aspiración de la cúpula que se abre de repente sobre nuestras cabezas. Tocante a esta, el tropel de adjetivos previsibles retrocede intimidado en la garganta. Es la única manera de asombrarse sin ponerse rimbombante. Se cuelan por las ventanas del tambor unos rayos de luz tamizada que la hacen un poco flotante e irreal como una nave fantasma: es de este mundo pero hay algo más. Me da por pensar en los andamiajes y las cimbras, tan colosales como la propia cúpula, que hizo falta levantar para construirla. Aquello fue tan admirable como el propio resultado de la obra. ¿Cuántas personas se caerían desde las alturas vertiginosas? Me imagino que habrá datos en los documentos históricos. Las posibilidades y las consideraciones humanas han cambiado aquí de paradigma mental.


El baldaquino de Bernini

En otro sentido también hemos decidido hacerle caso a Stendhal: «Si el extranjero que entra en San Pedro decide verlo todo, le entrará un tremendo dolor de cabeza y pronto la saciedad y el dolor lo volverán incapaz de cualquier disfrute». Muy serios y convencidos, como millones de peregrinos antes que nosotros, hemos acudido a tocar el desgastado pie del San Pedro de Arnolfo di Cambio, en la base del pilar norte de la cúpula. Luego seguiremos deambulando apaciblemente, con algún alto especial y espacial, por ejemplo frente al enfático sepulcro de Alejandro VII donde Bernini introdujo un truculento esqueleto dorado – el que avisa no es traidor – que blande premonitorio un reloj de arena. Los barrocos, con aquel su clímax declamatorio, demostraron definitivamente que no hay palabra humana sobre la Muerte que no sea  desesperada pataleta retórica. Delante de nosotros un católico chino se dedica devota y metódicamente a rellenar botellitas con el agua bendita de una pila.


Anochece

Sábado, 4 de Abril


Regaliz, purgas y sangrías

viernes, 3 de abril de 2020

Veterano de 95 años vence al coronavirus: "I survived the foxholes of Guam, I can get through this bulls**t"


 
Un veterano de Oregón, de 95 años, se recuperó después de contratar COVID-19, y su nieta comparte su historia para inspirar a otros. Bill Kelly, quien vivió la Gran Depresión y sirvió en el Pacífico Sur durante la Segunda Guerra Mundial, peleó su última batalla hace dos semanas después de enfermarse por el coronavirus.

Recesión


Las uvasde la ira


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    En el periodismo,como en el mundo real, todas las pompas son fúnebres. El periodismo pomposo lo inventó Camba en la guerra turca, sólo que donde Ferreras le echa morro (“Este país necesita decencia”), Camba le echaba ingenio: si se retrasaba la nómina, él quitaba un cero a la cifra de muertos, el periódico bajaba en ventas y le giraba el dinero.

   A los muertos de la crisis hay que añadir hoy los parados, que son esos pobretes que van en el mismo sentido que el entierro.

    –Las cifras no son malas –se descojona (en lenguaje vicepresidencial) el jetáceo de la Seguridad Social por los 800.000 parados (¡justo los empleos prometidos por González en el 82!) de marzo.
  
“¿Y si esto fuera una película?”, se pregunta en América James Woods: “En esa película, un gobierno extranjero intenta desestabilizar la economía de otra nación en año electoral. Los guionistas investigan y ven que no es necesario usar bombas o armas en aerosol. Un buen asador viejo hará el trabajo muy bien...”
  
Fracasados todos los intentos de eliminar a Trump, los liberales americanos, con su Brunete mediática al frente, se pusieron a coquetear con una recesión económica para reconquistar la Casa Blanca.
  
La forma de deshacerse de Trump es una economía en quiebra. Así que, por favor, traigan una recesión –pedía en junio del 18 Bill Maher, el gagman de los millonarios que ya sobre los escolares católicos de Kentucky acusados de “burlarse” de un indio en el Lincoln Memorial chisteó: “No paso mucho tiempo con los niños de las escuelas católicas, pero no entiendo lo que los sacerdotes católicos ven en estos niños”.
  
El bicho chino llegó a América el 15 de enero, pero los demócratas estaban con el “impeachment” y llamaron racista a Trump por restringir vuelos. Ahora Bill Gates pide en el periódico de Bezos el cierre total de América.
  
La fornicación y el adulterio crearon el coronavirus –revela en “Le Point” el hermano de Tariq Ramadan, amigo de Cebrián.
  
Los progres han sido escuchados.

Viernes, 3 de Abril

Tal como éramos

jueves, 2 de abril de 2020

En la muerte de Goyo Benito



Francisco Javier Gómez Izquierdo
   
        Decíamos el día que murió Capón que lo malo de esta mortandad vírica es que todos los días pones cara a dos o tres de los que se lleva. Ayer, poco después de comer, llegó la hora de un tío de mi doña al que no va a poder despedir la familia, con lo que son las gentes de los montes de Toledo con los asuntos del cementerio. Hoy, poco antes de ponerse uno a la mesa, llega la noticia de la muerte de otro señor de Toledo. Un señor al que todos los toledanos, madrileños, bilbaínos, la España entera pone cara y bigote nada mas oír su nombre: Gregorio Benito Rubio.
       
Creo que Goyo Benito andaba tiempo delicado, pero estoy convencido de que este vendaval pestífero lo ha arrastrado inmisericorde para dejar constancia de su terrible poder y como diciendo “¡Aquí me tenéis, pringaos! Puedo hasta con los que creíais infranqueables.”
       
Los jóvenes aficionados al fútbol han oído hablar de Goyo Benito y de su temible presencia en el área, pero no se hacen a la idea de lo que suponía ser zaguero en los 60, 70 y parte de los 80. Ovejero, Goicoechea, Fernández, Aguirre Suárez, Gorriti, Dominichi, Barrachina,... saludaban la primera aproximación de los delanteros a “su” área con un “vamos a tener la tarde en paz. Ya sabes que éste es mi terrenito y cuanto menos asomes, mejor para todos”. A Los Cármenes de Granada lo llamaban los propios futbolistas Los Crímenes y había delanteros que preferían no viajar en ese partido. Altabix, el Calderón, San Mamés, La Condomina, el Carlos Tartiere y sus barros eran casi siempre más campos de minas que de juego y con  aquellas batallas aprendimos a polemizar sobre la intencionalidad, la mala uva y los defensas más leñeros. Empezábamos a discutir por una entrada intempestiva de, un poner, Giuliano, el del Hércules,  y a la hora acabábamos como siempre pasa. Con el Barça y el Madrid. Con Gallego y Benito. Y como este discutir era entretenimiento nacional siempre quedaba Benito como paradigma de leñador, obviando muchos otros nombres de mayores méritos. Para un servidor, ninguno como Aguirre Suárez, y eso que la maldición de Granada la arrastrará de por vida Fernández.
      
Benito era mucho más expeditivo que Gallego. Dudaba menos que el culé y cuando decidía salir del área no se le ponía nada por delante. Creo que ahí es donde pecaba, sobre todo al final de su carrera, cuando sus propios seguidores en el Bernabeú le pedían “el hacha”. “Saca el hacha, Benito”.  Quiero recordar un incidente con el Milonguita Heredia por ver quién los tenía más gordos que los que entienden y saben buscar bien en el internet harían un gran favor en rescatarlo si está archivado en algún sitio.
      
La prensa en general entendió que Goyo Benito era un central duro e intimidatorio, adjetivos que no vamos a podar porque en verdad caracterizaron al cinco del Madrid, pero yo creo que además de imponerse a los rivales y ganarles casi todos los saltos, choques y disputas de piernas y lengua, era un tío que dio seguridad a Betancort, Miguel Ángel, García Remón... y confianza a los defensas que se alinearon durante mas de una década alrededor suyo.
      
La impresión que nos quedó de Goyo Benito los que lo conocimos jugando tenía mucho que ver con la suficiencia y seguridad que transmitía incluso andando. En un tiempo en el que los defensas eran defensas, los medios, medios y los extremos, extremos, Benito era el defensa por antonomasia. Indiscutible en el Madrid y la Selección. Con el bigote preceptivo. Hasta la firma en este nº1 de Don Balón, parece decir: “Aparta que aquí estoy yo”.     
     
¡Quién le iba a decir que una mierda de bichito iba a achantarlo el mismo día de San Abundio que acabó con el gran Juan Gómez, "Juanito"!

      Descanse en paz.

BENITO, entre Guerini, Del Bosque, Andrés y Gª Remón
Roberto Martínez, Macanás, Sánchez Barrios y Solana

Respiradores


Duchamp

Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    No era la luz (“¡Luz, más luz!”, fue el grito de Goethe al morir), sino el aire. Al final lo que el coronavirus nos quita es el aire. La aireación (Luftung) en lugar del claro (Lichtung) propuso Luce Irigaray en “El olvido del aire en Heidegger”.

    –No es la luz lo que crea el claro; la luz sólo se abre paso hasta aquí, antes bien, gracias a la transparente ligereza del aire, presupone aire.
    
Eso se ve en los cuadros de Velázquez y en las ucis del Ifema. Por eso América promete ventiladores a Francia, Italia y España. Ahí hay justicia poética: Trump dando aire a tres de las sociedades cuyo periodismo de Estado más le insulta. Con que nos mande la mitad de respiradores que insultos le hemos dirigido, adiós pandemia.
    
Los vivos votan y los muertos vetan –nos dejó avisado Santayana.
    
Los flabelíferos del dictador afinan su forma de agitar el flabelo: “Sánchez no me gustaba, pero Covid le ha convertido en hombre de Estado”, tuitea Conthe, con fama de intelectual porque una vez leyó un artículo de Camba.

    Propiamente hablando, el “hombre de Estado” por antonomasia fue Mussolini. ¿Eso quieren los contheanos con Sánchez? Díganlo. El 78 fue la convergencia de los apasionados servidores del Estado y los apasionados enemigos del Estado, y produjo la esquizofrenia actual, ese chapoteo de Conthe en el lodo primordial: “Sánchez merece TODO el apoyo. Las críticas deben ser constructivas, con propuestas de mejora, sin mirar al pasado”.
    
Conthe es economista… del Estado fáunico, y habla como uno de esos teólogos… del Estado Providencia, paraíso de funcionarios, intelectuales y políticos del consenso, que llevamos oyendo más de ochenta años.

    Ochenta y cinco años observa Sloterdijk que transcurrieron entre la muerte de Goethe y la introducción de la expresión “desinfección de grandes espacios” en la lengua alemana.

    –El tiempo pasa sin más, pero no sabría cómo explicarle lo que hago… –decía Duchamp a un periodista en Nueva York allá por el año en que uno nació–. ¡Soy un respirador!

VACANZE ROMANE (Sé de qué huyo pero ignoro lo que busco) Episodio 11

 San Luis de los Franceses

Jean Juan Palette-Cazajus

La siguiente etapa se impone: San Luigi dei Francesi está a la vuelta de la esquina. Giacomo della Porta diseñó la iglesia. Dada mi predilección por este señor, me cuesta admitir que haya sido también el autor de la fachada, ancha, pesada y mal proporcionada. No me acordaba del interior que me produce muy grata impresión. Los estucos dorados y las bóvedas afrescadas en ningún momento alcanzan el peligroso límite de la saturación barroca. De las arquerías de la nave mayor, de las pilastras que alternan con ellas y de sus capiteles jónicos, brota un espíritu claramente renacentista, sin duda manierista, en el que quiero ver la mano acertada del diseñador, si bien quien la construyera fuese Domenico Fontana, diez años más joven, que tampoco era manco como ya hemos podido comprobar. Las naves laterales tienen una sobriedad casi florentina pero el barroco ya se suelta el pelo en las capillas adyacentes. Fue consagrada en tanto que iglesia nacional de los franceses en Roma en 1589, y como en la Trinità dei Monti, la información viene preferentemente en francés. Evidentemente no tardamos en encontrarnos delante de la capilla Contarelli que alberga los tres cuadros de Caravaggio. La luz es de pago y el tiempo dispensado por un euro, roñoso.

 Caravaggio. La Vocación de San Mateo

Siempre me irritó la tópica pregunta sobre el escritor preferido de uno, el filósofo preferido o el torero preferido. Esa clasificación «liguera» de las preferencias no vale fuera del futbol. Pero Caravaggio «podría» ser – si me apuran y me descuido - mi pintor preferido. Y en este momento me estoy quedando desconcertado. Recuerdo haber visto en Siena, hace muchos años, un gran cuadro del pintor manierista Domenico Beccafumi, recién restaurado. El lienzo lucía tan absolutamente nuevecito, que todavía recuerdo mi alto grado de perturbación. Tras la restauración, en 1994, del Juicio Final, en la Capilla Sixtina, se montó una bronca muy grande que nunca dejó de colear. Aquí, los tres cuadros de Caravaggio lucen también rutilantes y la sensación es muy desestabilizadora. Mi mirada se pierde un poco en la lisura ya impecable de las formas y de los colores. No sé bien que pensar. Prefiero no hacerlo. Tal vez porque, así y todo, comparados con el resto de las pinturas de la iglesia, en capillas y bóvedas, todas de primeros y renombrados pinceles, los cuadros de Caravaggio, incluso tan radicalmente «aggiornati», nos trasladan efectivamente a otro planeta. Tanto «la Vocación» como «el Martirio de San Mateo» reducen a entretenimiento decorativo la mayoría de la pintura que satura las iglesias de Roma. Aquí, los lienzos tienen una organicidad y un dramatismo lumínico que fagocitan al espectador. La vivencia narrativa de las descripciones palpita y traspasa los siglos como si fuera rayos X. El ángel macarrilla que habla con San Mateo y cuenta algo con los dedos es lo menos angelical que uno se pueda echar en cara y tan rotundamente físico que llega a metafísico. Llevo un rato largo alimentando generosamente el cepillo de los focos y ya está bien. Comunico a los varios y aprovechados circunstantes que pongo fin a la financiación de sus emociones estéticas. Alguno incluso se molesta.

 Caravaggio. El Martirio de San Mateo

Paseo por las distintas capillas con arreglo al protocolo elegido en este viaje: nada de tirarme dos horas ante un cuadro para captar las diferencias entre la pincelada de Jacopino del Conte y la de Siciolante da Sermoneta. En una capilla presidida por un Crucificado tardogótico, se expone, al pie de una bandera tricolor, el retrato del Padre Hamel, aquel sacerdote degollado hace dos años en Rouen por dos islamistas, mientras decía misa. Encuentro a mi hermana perpleja ante una gran lápida, colocada sobre una pilastra de la nave lateral derecha y dedicada, en francés, «A los soldados franceses muertos bajo los muros de Roma en MDCCCXLIX». «¿Qué hacían aquí en 1849?». Es complicado de explicar. 1848 es el año de la famosa «Primavera de los pueblos» y el 9 de febrero de 1849, una insurrección liberal proclama la República romana que despoja al papa Pío Nono de sus prerrogativas temporales. En Francia, el presidente electo es Louis-Napoleón Bonaparte que, por las bravas, se proclamará Napoleón III dos años más tarde. Se vota el envío de un cuerpo expedicionario a Roma. La izquierda piensa que para ayudar a los republicanos romanos y la derecha que para reponer el papa al frente de sus territorios. Louis-Napoléon dice que sí a todos.

 San Mateo y el Ángel

El 30 de abril de 1849, 5000 soldados franceses piensan que tomar la ciudad será un paseo y pierden 500 hombres. Louis-Napoleón humillado solo piensa en desquitarse, refuerza el cuerpo expedicionario, bombardea la ciudad y los franceses terminan entrando en Roma el 3 de julio de 1849 por el Trastévere así como por el Pincio y la Porta del Pópolo. Los combates destruirán la prestigiosa Villa Pamphili y dejarán seriamente tocados el convento e iglesia de San Pietro in Montorio, actualmente Academia de España, ahí donde está el famoso «tempietto» de Bramante. Los franceses reponen Pío IX a la cabeza de los Estados Pontificales. Diez años más tarde será el mismo Napoléon III el que dé el empujón decisivo a la unidad y la independencia italianas venciendo a los austriacos en Magenta y Solferino. Pero, necesitado del apoyo de los católicos franceses, siempre se opondrá a que la Roma papal sea capital de Italia y mantendrá una guarnición – los llamados «Zuavos pontificales» - hasta 1870 cuando se los llevará para la Guerra francoprusiana. Entenderá mejor la complejidad del contexto quien recuerde que el pontificado de Pío IX (1846-1878) fue a la vez el más largo de la historia y el de la publicación del famoso «Syllabus errorum...» que concluía negando toda posibilidad para la Iglesia de «reconciliarse  o transigir con el progreso, con el liberalismo y con la moderna civilización».

 Lápida a los soldados franceses de 1849

Tras echar un vistazo al escaparate de la librería Stendhal y dudar si tomar un café en el «Centre Saint Louis de France», ambos juntos a la iglesia, decidimos acercarcarnos a la Piazza Navona, a 80 metros escasos a ver si hoy Sant’Agnese está abierta. ¡Lo está! Hay mucha gente, tanto de pie como sentada, y suena gratamente una cantata de Bach. Efectivamente hay un coro, excelente,  en plena acción a la izquierda del Altar Mayor. Bach bien interpretado mientras contemplamos las suntuosas cornisas marmóreas y los frescos de la elegante cúpula  de Borromini no es el peor de los ratos posibles. Me pasan una hojita donde leo que hoy es el día de Santa Agnese y habrá misa cantada, concelebrada por el cardenal Gerhart Müller. Efectivamente al cabo de unos minutos vemos que viene procesionando un cortejo formado por buen número de caballeros mayores primorosamente peinados, con solemnes cuellos cerrados ribeteados de rojo y capote talar. Todos parecen  compartir una gran satisfacción de haberse conocido.

Sant' Agnese in Agone

A continuación, entre exhalaciones de aromático incienso, desfila con sobrepellices blancos una formación de lo que tal vez sean diáconos, jóvenes, altos y romanamente guapos, seguidos por un escuadrón de sacerdotes en orden jerárquicamente ascendente ya que, según van pasando, la solemne comitiva viene adquiriendo un color morado y finalmente ya purpúreo. Pronto se perfila la silueta de  un prelado imponente, aumentada su natural estatura por las amplias vestiduras litúrgicas y la aparatosa mitra. Mediante augusto ademán de la mano viene bendiciendo la asistencia con los preceptivos índice y dedo mayor, momento en que su mirada tropieza con la mía. Ya está casi encima de mí y su mirada sigue fija en la de este humilde pecador a quien viene impartiendo la bendición con expresión ciertamente bonachona. Lo único que se me ocurre es agachar la cabeza respetuosamente, gesto sin duda suficiente por parte de un descreído pertinaz pero relativamente educado. Posteriormente, lamentaré amargamente no haberme unido a la general aparatosidad hincando una rodilla en tierra, como Dios manda. «Cum Romae, ut Romani faciunt fac», dice la máxima: en Roma, haz como los romanos. La secuencia que acabamos de vivir pertenecía a una Roma que yo creía obsoleta.
 ¿Seré un bendito o un bendecido?

Tenemos una parada del 628 casi al pie de la fachada de Sant’Andrea della Valle, la iglesia donde transcurre el primer acto de la «Tosca» de Puccini. Sigue abierta porque hay un oficio en una capilla lateral. Aprovechamos para pasar un rato dentro de lo que es uno de los más grandes y majestuosos templos de Roma, algo posterior al Gesú. A media luz, solo iluminadas las bóvedas, la amplitud de los espacios marmóreos y casi desiertos sobrecoge. Considerando que los 43, 44 m de diámetro de la del Panteón militan en otra categoría técnica, Sant’Andrea della Valle es la segunda cúpula de Roma tras los 41,47 m de San Pedro. Diseñó la iglesia el gran Giacomo della Porta y levantó la cúpula Carlo Maderno. Las bóvedas, pintadas hacia 1625, son de lo mejorcito dentro de la tradición todavía manierista de las escenas enmarcadas. Faltan dos generaciones hasta la época de los grandes trampantojos barrocos que tapan y anulan la arquitectura. Han instalado en el suelo unos largos y espectaculares espejos en forma de semitubo que permiten apreciar las bóvedas con asombrosa nitidez y exquisito respeto por la salud de las cervicales. ¡Genial ocurrencia! Cenaremos, correcta y sencillamente, en Luccarelli, cerca de casa, alrededor de un Salento siciliano, varietal «neroamaro», que salió con cuerpo, soleado y afrutado.

 Sant' Andrea della Valle

Jueves, 2 de Abril

¿Qué influencias telúricas pueden invocarse?

miércoles, 1 de abril de 2020

La histeria del coronavirus

 Fotografía de Jairo Ruiz Sanabria

Fernando Vallejo

Propongo lo que sigue: Que salgan unos de esos que llaman "profesionales de la salud" con cien reactivos para detectar el virus y los prueben en cien personas que pasen por cualquier calle de Nueva York o de Milán a ver cuántos dan positivos. ¿Da 1 positivo? ¿O dan 10? ¿O 90? ¿O los 100? Yo sospecho que el resultado estará más cerca de los 100 que del 1. Pues bien, esos positivos son portadores sin síntomas del virus, o con síntomas leves, que han desarrollado inmunidad a él, tal vez porque su primer encuentro con él recibieron una leve carga viral, como la de una vacuna con virus vivos. Ellos quedaron vacunados por la naturaleza, si no es que por Dios mismo que no es tan malo como yo creía y se arrepintió de habernos mandado el coronavirus gracias a que el papa Francisco, que es tan bueno y tan efectivo, se lo pidió en una caminata por la piazza di San Petro en el Vaticano, desierta y bajo la niebla de un sombrío atardecer que él aprovechó para bendecir urbi et orbi a la multitud contagiadora pero ausente.

No se puede paralizar un país porque así lo aconsejan las estrellas del momento, los epidemiólogos, las alimañas más dañinas que le acaban de resultar a la humanidad, sin el dato esencial que les está faltando. Que el gobierno colombiano haga mañana las cien pruebas que digo en el Transmilenio de Bogotá. Si dan diez infectados, o sea diez portadores sanos, que levante la cuarentena pasado mañana porque en cuatro o cinco días alcanzaremos a Lombardía y a Nueva York. En tantos años de esfuerzo no habremos ganado la Copa Mundo, pero en esto del coronavirus nos vamos a poner al día como país de primera: con cien infectados por cada cien. Voy a volver a leer la Biblia, obra tan entretenida y de manga ancha e incestuosa para aprovechar este confinamiento forzoso. Me siento como Uribito el repatriado, encarcelado en su residencia particular, vencido y sin sueños de presidencia. Que escriba entonces sus Memorias de hijueputa, como yo.

Lealtades

Josiah Royce

    
Ignacio Ruiz Quintano
Abc

En el Estado de partidos todo es mentira menos lo malo:

    –Y como la mentira llega siempre la primera, la verdad no encuentra ya sitio –fue la explicación que adelantó Gracián.
    
Iván Redondo, el vendedor de crecepelo que entró calvo a La Moncloa y ahora luce una melena que parece el Cristo de Velázquez cabreado, ha puesto en marcha la consigna de “la Oposición desleal”.
    
Redondo no ha leído ni a Royce, el filósofo de la lealtad (¡colega harvardiano de Santayana!), ni a Unamuno, que define la lealtad como “la voluntad de creer en algo eterno”, como, según la sueña él, la dictadura de Sánchez.

    A Redondo la lealtad le suena del latiguillo inglés “Her Majesty’s Loyal Opposition”, que no sabe de dónde viene, aunque, como prograjo, debería sonarle, pues fue un progre, Walpole, inventor del “government by corruption” (el rey no habla inglés y Walpole le hace el trabajo: corrompe al Parlamento para dar a la mayoría la prerrogativa real de nombrar al primer ministro, y se carga la monarquía constitucional), quien lo inspiró.

    Con ese birlibirloque se tiró dos décadas en el cargo, y la gente acabó por identificarlo con la dinastía. Así surgió la especie propagandística de que oponerse al gobierno era oponerse a la Corona, razón por la cual la Oposición tuvo que aclarar su posición, y colgarse el cartel de “oposición leal” a su Majestad, no al gobierno.

    La deslealtad, pues, que denuncia Sánchez, ese león Rodolfo de Redondo y sus muñecos, es de índole tan torticera como la que Walpole agitó en su corrupción, pero la lealtad que ofrece Casado, perdido con los conceptos, no es la de Bolingbroke, el libertino tory que combatió al corrupto conde de Orford.
    
También está la lealtad jeffersoniana (el secreto de la democracia, según Jefferson), expuesta en el párrafo de la Independencia que dice: “Nos comprometemos mutuamente a sostener esta Declaración con nuestra vida, nuestros bienes y nuestro honor”. Pero ni la vida ni los bienes ni el honor tienen que ver hoy con lo nuestro.

Muertos "desde" coronavirus



Hughes
Abc
Se sigue escuchando en los medios la desconcertante expresión “muertos con coronavirus” en lugar de “por coronavirus”. Para completar esta aproximación preposicional al dato podríamos añadir el concepto “muerto desde coronavirus”, que nos ayudaría a recoger lo que se está viendo en algunas provincias.

La prensa soriana y albaceteña, por poner un ejemplo, informan estos días del incremento en el registro de muertes mensuales en 2020 respecto al 2019. Leyendo Diario Sanitario vemos los extraños datos de Albacete:

-Muertos oficiales por coronavirus: 101.

-Licencias de enterramientos expedidas del 1 al 25 de marzo:318.

-Defunciones en marzo de 2019 (INE): 101

Las muertes se han triplicado de un año al otro, pero de las 217 muertes, el coronavirus sólo explicaría 100.
Ya que tenemos las preposiciones a nuestro creativo servicio, podríamos decir que los 217 son “muertos desde coronavirus”. Y aun podríamos precisar más gracias a la preoposición “cabe”, cerca, junto a: muertos cabe coronavirus, que serían esos 100, los muertos por encima del año anterior (“se está muriendo gente que antes no se moría”) que no están dados como COVID. ¿Qué son? ¿Cómo denominarlos? Llamarlos “muertos cabe coronavirus” suena antiguo, pero es mejor que no llamarlos de ninguna manera.

De algo parecido informaba el Diario de Soria para la capital de la provincia:

-Muertos registrados mes: 186.

-Muertos marzo 2019: 59.

Como si volviéramos al cole, despleguemos todas nuestras preposiciones: “muertos desde coronavirus”: 127.

Miércoles,1 de Abril


La "influenza española"