JOSÉ RAMÓN MÁRQUEZ
Hay algunas corridas de toros que sirven para crear afición y otras muchas que no, y que acaso lo que consiguen es crear desafección. No lo digo por los sufridos aficionados curtidos en mil aventuras, sino por esos pobres extranjeros que se compran su entrada y se ponen a contemplar un espectáculo en el que tres tipos se abrazan y se intercambian diversos achiperres, sale un toro y, tras unas zalemas con la muleta, el señor que lo debe matar falla de una manera descomunal en administrarle el desacabello, andan por allí unos peones que se dedican a dar pasadas en falso y clavando una banderilla la vez que clavan, dejando el ruedo regado de palitroques, luego sale otro toro y de pronto todos se van y aparecen unos hermosos bueyes que se lo llevan más o menos por donde salió; luego sale otro toro y al cabo de un rato vuelven a salir los mismos bueyes que se vuelven a llevar a este segundo bicho, el público se encrespa contra un picador, condenado a salir una y otra vez a recibir la censura y la hostilidad del respetable, otro matador vuelve a fallar con el estoque y con el descabello... Esta sucesión incomprensible de variadas circunstancias es lo que relatarán a sus amigos y parientes, cuando vuelvan a Illinois, los miembros de una educada familia que se sentaron esta tarde en la Andanada, delante de nosotros, sin ser capaces de desentrañar nada de lo que allí ocurría.
Lo que ocurrió es que hoy se había programado el II Desafío Ganadero, entre las ganaderías de Partido de Resina y de Vega Teixeira. Los primeros precedidos del run-run acorde a la interesantísima corrida que lidiaron en el pasado San Isidro y del éxito ganadero de hace unos días en Cuéllar y los segundos con la curiosidad de ver a esta ganadería portuguesa que tan poco se ha prodigado en Madrid en los últimos lustros. Luego, a la hora de la verdad, la cosa resultó como la confrontación entre unos gentlemen educados en Eton y unos macarras de Villaverde, de cuando en Villaverde había macarras. Los Partido de Resina no defraudaron en lo principal, que es la presencia y el trapío, con un toro, Pañero, número 30, de cuerna veleta y descarada y con otro, Tijero, número 16, de capa negra, menos habitual en la casa que los característicos cárdenos. Los dos cárdenos, el Pañero y el Media Palo, número 19, fueron despedidos con palmas en el arrastre; al negro le acompañaron los sonidos del silencio. Los Vega se hicieron querer bastante menos. Sus salidas recelosas del chiquero y su desconfianza hacia los individuos que desde la atalaya de un penco guateado les esperaban para atizarles de lo lindo en los lomos con una acerada puya, no operaban a favor de obra. El primero de ellos, Pintor, número 905, se lastimó en el saludo de capa de Damián Castaño y fue sustituido por otro de la misma ganadería, Gallito, número 891, que entró sin convicción alguna al cite de Teo Caballero y al sentir el hierro en la espalda pegó un fuerte arreón y, como un Hércules, tardó menos de lo que se tarda en contarlo en echar al suelo al penco, a las faldillas, los manguitos, la hemeroteca del interior de las orejas y al propio Teo y su mal llamada «vara de detener». Ésa fue la tónica de los Vega, pero sin derribos: recelo máximo a entrar al cite del jockey y luego arreón. El tal Gallito puede decirse que se hizo el amo del ruedo durante el segundo tercio, poniendo en evidencia la falta de recursos o de valor, en cualquier caso de la mínima torería, de los peones encargados de clavarle los rehiletes, que dejaron el ruedo regado de dichos instrumentos como sembrados a voleo. Pero ahí estaba Damián Castaño, la firme convicción de Damián Castaño, que tras el esperpento protagonizado por sus peones no duda en ir decididamente al toro y hacerse con él desde el primero de sus muletazos, desengañando al animal y poniéndole al servicio de su muleta. Castaño, a despecho de las malhadadas condiciones del toro, es capaz de componer una valerosa faena en la que va prácticamente robando los pases al incierto animal: de pronto brilla un soberbio derechazo, largo y profundo y luego el salmantino se viene arriba en el toreo al natural donde consigue un ramillete de pases obtenidos a despecho de las intenciones del toro, a base de buena colocación y firmeza en la ejecución de los mismos. Su segundo fue Pañero, que protagonizó junto a Javier Martín lo único de la tarde a lo que se puede llamar «tercio de varas», acudiendo presto y alegra al cite del picador que colocó las tres varas arriba dosificando el castigo, acción por la que recibió sinceros aplausos del público, harto de ver la carnicería repugnante que cada día se perpetra desde lo alto de un jamelgo. Damián volvió a ofrecer su sinceridad frente al toro, optando por elegir la mano zurda para la parte más mollar de la faena, pues ya desde el recibo de capote se apercibió de que por ese pitón el toro entraba mucho mejor, como atestiguan las tres excelentes verónicas que le dejó por ese lado. Fue construyendo la faena a base de buena colocación, sin acabar de conseguir la ligazón entre los muletazos, quedando un poco por debajo de las condiciones del toro. No podemos decir que se le fue el toro, pero no es descabellado afirmar que Damián se encuentra más en su salsa en la pelea. En cualquier caso, gran tarde en Madrid la del bravo torero, que cuenta con el respeto de la plaza, ganado a pulso.
La cruz respecto a lo de las varas nos la dio Rubén Sánchez, cuya negligente actuación propició que se le sacase el pañuelo verde al segundo de los de Vega Teixeira, Esperado, número 917, toro violento y ofensivo que se volvió a la mazmorra acompañado por los bueyes, para que nos sacasen a un auténtico zambombo de 673 kilos que atendía por Zurdo, número 20, de Paloma Sánchez Rico, que también pasó a ser acompañado por los bueyes hacia el País de Nunca Jamás, posibilitando la irrupción en el ruedo de una auténtica birria anovillada, fea y destartalada de la ganadería de San Martín cuyo nombre era Jareño y su número el 24. Con estos tres y con el que hizo primero, el negro de Partido de Resina, se las vio el mejicano Fermín Rivera, que se vino a Las Ventas a confirmar la alternativa que le dio en 2005 Eulalio el Zotoluco. Bueno, pues ya ha confirmado el hombre y ya puede decir en San Luis Potosí que toreó en Madrid, donde cosechó dos silencios.
El tercero en discordia era Gómez del Pilar, del cual recordamos su actuación en el pasado San Isidro frente a la de José Escolar. Sorteó por delante a Media Palo de Partido de Resina, precioso ejemplar, con el que estuvo voluntarioso, como se decía antiguamente, llegando a soliviantar un poco a los más impacientes de los que sentaban en el tendido. Trató de desgranar su faena pase a pase y, aunque hubo alguno estimable, el conjunto quedó muy justito. Con su segundo, Pastor, número 918, de Vega Teixeira, se alargó en demasía cuando todo el mundo, tras tres horas menos cinco minutos de festejo, lo que quería era irse a casa o a tomar una caña. Se embarró en lo de la muerte, como le pasó con el de Escolar en junio, y le tocaron dos avisos.
Antes de que las mulas hubiesen enganchado al toro, las gentes huían de la plaza hacia otros puertos.
ANDREW MOORE























